Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 10: El Rostro en la Luna

Cada observación que realizaba la anotaba con cuidado en los hanji, mientras estudiaba los sago de los eruditos que habían ocupado este lugar antes que yo durante un largo tiempo. Con el paso de los días, las montañas de archivos leídos y papeles escritos crecían, y junto a ellas, mi ilusión de descifrar los secretos que se escondían más allá del firmamento.

Una noche cálida, mientras observaba la Luna, una imagen vaga del rostro de Kang-dae cruzó mi mente como un meteoro fugaz. Sacudí la cabeza con rapidez de un lado a otro, intentando borrarla. Pero entonces, su nombre empezó a resonar en mi cabeza como el eco de un sonido que ha recorrido una distancia infinita.

—Kang-dae —susurré sin darme cuenta.

Volví a sacudir la cabeza con más rudeza, obligándome a mirar de nuevo hacia la Luna, que brillaba en su máximo esplendor. Pero esa fue mi perdición. Allí, entre los cráteres y la luz plateada, estaba su rostro otra vez. No podía creer que, a pesar de mis esfuerzos, él regresara a mí de esa manera. Alcé mis manos hacia el cielo oscuro, estirando los dedos con la absurda esperanza de acariciar su mejilla, pero solo encontré el roce del viento cálido de la noche. Estaba sola, pero él lo llenaba todo.

Una mañana de lluvia, el sonido de las pisadas de los caballos hundiéndose en el lodo me puso en alerta. Desde la distancia, también escuché el crujir de una carreta acercándose a las afueras de nuestra propiedad. Entonces, una voz gruesa anunció lo que mi corazón ya esperaba: la llegada del subgeneral. Venía a buscar el Cheonmun-do y los hanjiterminados para llevarlos a la corte del palacio del Rey.

El pánico y la emoción se mezclaron en mi pecho. Con desesperación, llamé a mi momjong. Necesitaba que me ayudara a cambiarme de inmediato; tenía la esperanza de verlo nuevamente, aunque fuera desde lejos mientras salía. Sabía que no se me permitía estar en los aposentos de mi padre cuando él atendía las Hoeui (reuniones oficiales), pero no podía quedarme de brazos cruzados. Mientras me ajustaban el hanbok, mis manos temblaban, no de frío por la lluvia, sino por la posibilidad de volver a cruzarme con esa mirada que me había perseguido durante todas estas noches.

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