Mi momjong, siempre atenta a las formas, se excusó de inmediato ante ellos: —Señorita, vayamos a sus aposentos para que tome un baño y podamos alistarla para el almuerzo.
Me quedé sin palabras, sintiendo todavía el rastro de su mirada sobre mí mientras caminaba hacia mis aposentos. No dije nada, pero por dentro mi mente era un caos. Iba a compartir la mesa con el hombre que protagonizaba mis pesadillas y mis anhelos, y esta vez, no habría lluvia que ocultara mis nervios. El agua caliente del baño fue un alivio para mis extremidades entumecidas, pero no logró calmar la agitación de mi mente. Mientras el vapor llenaba la estancia, mi Momjong frotaba mis hombros con una mezcla de hierbas aromáticas, regañándome entre dientes por mi imprudencia. Yo no la escuchaba. Solo podía pensar en que Kang-dae estaba a unos pocos metros de distancia, bajo mi mismo techo, compartiendo el calor de nuestro hogar.
—Debemos elegir algo que borre la imagen de la niña llena de lodo que vio hace un momento —dijo mi dama, sacando un hanbok de seda en tonos lavanda y crema.
Me dejé vestir en silencio. Cada capa de tela que me envolvía se sentía como una armadura. Me ajustaron el norigae a la cintura y peinaron mi cabello con una precisión casi dolorosa, asegurando cada mechón en un moño perfecto. Miré mis manos: ya no había rastro de tinta ni de barro, pero seguían temblando ligeramente.
No sabía si estaba lista para sentarme a la mesa. En el Cheomseongdae, frente a las estrellas, yo era la dueña de mi mundo; pero aquí, bajo las reglas de la etiqueta y frente a la mirada penetrante del subgeneral, me sentía expuesta.
—Ya está lista, joven ama —anunció mi dama.
Respiré hondo, tratando de recuperar esa compostura que mi padre tanto valoraba, y caminé hacia el comedor. Sabía que ese almuerzo no sería solo una comida, sino una batalla por ocultar lo que mi corazón ya no podía negar.
Al entrar en la estancia, presenté mis saludos de una manera tambaleante. Mi cuerpo y mi mente me jugaban una mala pasada, negándose a aceptar que lo tenía de nuevo así de cerca. Con la cabeza cabizbaja, sentí el impulso desesperado de entrelazar mi mirada con la suya, pero fue imposible; los estrictos estandartes de nuestra época me prohibían levantar la vista hacia el rostro de un subgeneral.
La conversación fluía de una manera extraña. Mi padre, con un fervor que nunca le había visto, no dejaba de preguntar sobre la guerra. Parecía que le importaban más las estrategias de batalla que sus propios mapas. Me costaba reconocerlo; el hombre que toda la vida solo había amado la tinta y el papel hablaba ahora de matanzas inhumanas, aunque necesarias para el Rey. Sus interrogantes hacia Kang-dae eran constantes, casi ansiosos, hasta que de pronto, el aire en la habitación se volvió pesado.
Llegó la pregunta que yo tanto temía.
—Y dígame… ¿qué hace su hija? —la voz de Kang-dae fue como un tajo seco en el aire.
Fue una pregunta letal. Mi padre enmudeció. La sonrisa del hombre interesado en arcos y espadas se borró de su rostro, dejando solo una máscara de preocupación. Se volvió hacia mí y, con un temblor en los dedos, sostuvo mi mano. Con palabras frágiles y quebrantadas, respondió:
—Es mi única hija, subgeneral. Como puede ver, su madre nos dejó cuando ella apenas nacía. Solo me conoce a mí y lo humilde que puedo ofrecerle en esta casa.
Me aferré con fuerza a la mano de mi padre, sintiendo cómo el miedo me recorría la columna. El silencio que siguió fue insoportable. Mientras tanto, Kang-dae seguía comiendo con una calma imperturbable, como si su pregunta no hubiera sido un balde de agua fría arrojado sobre nosotros. Me pregunté si él podía escuchar los latidos de mi corazón, que en ese momento golpeaban mi pecho con la fuerza de un tambor de guerra.
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