Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 13: La armadura de seda

El silencio que siguió a las palabras de mi padre no fue un vacío, sino una presencia física que pesaba sobre mis hombros. Podía escuchar el sonido metálico de los palillos de Kang-dae rozando el cuenco de cerámica, un ritmo lento y metódico que marcaba los segundos de mi agonía.

En mi mente, las preguntas se atropellaban.

¿Se habrá dado cuenta de que mi padre miente? ¿Habrá reconocido la firmeza de mi trazo en los mapas que ahora descansan en su carreta?

Sentía que el aire en el comedor se había vuelto demasiado denso para respirarlo. Bajé la mirada hacia la mesa, concentrándome en el grano de la madera, intentando que mi respiración no delatara el pánico que me subía por la garganta.

Me sentía como una de las estrellas que observaba por las noches: pequeña, distante y a merced de fuerzas mucho más grandes que yo. La mano de mi padre seguía apretando la mía, y a través de ese contacto podía sentir su miedo, un miedo que me recordaba que mi secreto no solo era mío, sino que era la soga que rodeaba el cuello de ambos.

Cualquier movimiento parecía peligroso. Temía que, si levantaba la vista, Kang-dae vería la verdad escrita en mis ojos, y que aquel almuerzo se convertiría en el final de la vida que conocíamos. El mundo se había reducido a ese pequeño espacio, al aroma del té caliente y a la mirada invisible, pero presente, de aquel hombre que comía como si no acabara de poner nuestra existencia en jaque.

De repente, un quejido rompió la tensión de la sala. No era un grito, sino un sonido extraño, casi como si alguien estuviera fingiendo un dolor repentino. Al mirar a mi padre, lo vi encorvarse sobre la mesa, sosteniendo su barriga con un gesto de agonía. Su guardia principal se acercó de inmediato e inclinó la cabeza; mi padre le susurró algo al oído con urgencia:

—Llévame a mis aposentos ahora. Que esta comida termine aquí.

La desesperación me invadió al creer que algo grave le ocurría. El guardia lo levantó con rapidez y, tras una breve inclinación de disculpa hacia el subgeneral, ambos se alejaron a toda prisa por el pasillo.

Me levanté del piso de madera, lista para correr tras él, pero algo me detuvo en seco. Unas manos rústicas y calientes atraparon la mía. Era un contacto que nunca antes había sentido en mi piel.

Incliné mi cabeza ligeramente hacia la derecha y allí estaba él. Vestía un cheollik oscuro, con las mangas largas cubriendo parcialmente sus manos y el cinturón de cuero ajustado con firmeza a su cintura. Aunque su espada descansaba a un lado, la rigidez de su armadura de guerra había sido reemplazada por la dignidad de la tela fina, haciéndolo lucir aún más imponente. Kang-dae sostenía mi mano de una manera diferente, con una firmeza que no era agresiva, sino deliberada.

En ese instante, una sospecha me recorrió el cuerpo: parecía que él hubiera provocado o esperado ese momento exacto solo para quedarse, finalmente, a solas conmigo. El silencio que dejó la partida de mi padre fue reemplazado por el sonido ensordecedor de mi propia sangre bombeando en mis sienes. No podía moverme. El calor de su mano atravesaba mi piel, recordándome que, a pesar de las estrellas y los mapas, yo era de carne y hueso. Me quedé allí, suspendida entre el miedo a ser descubierta y el deseo de no soltarme nunca, mientras la lluvia seguía golpeando el tejado, ajena a que, en ese rincón del mundo, mi destino acababa de cambiar de rumbo para siempre.

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