Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 14: No bajar la guardia

—¿A dónde vas con tanta prisa, Haneul? —Su voz, más profunda de lo que recordaba, rompió el hechizo—. ¿Crees que no lo notaría?

—No sé a qué se refiere. Suelte mi brazo, me lastima —respondí, tratando de mantener la voz firme a pesar del vuelco de mi corazón.

Kang-dae me sostuvo la mirada un segundo más antes de soltarme. La cuchara de madera golpeó la mesa con un sonido seco, definitivo.

—Siéntate. Quiero hablar contigo —ordenó con una autoridad que no admitía réplicas.

Le sostuve la mirada con desprecio, negándome a mostrar el miedo que me trepaba por la espalda. —No tenemos nada de qué hablar. Mi padre ya se retiró a sus aposentos y la cena ha terminado.

—Siéntate —repitió, esta vez más bajo, casi en un susurro peligroso—, o haré que te sienten.

El desafío en sus ojos era real. Con un gesto de desagrado, eché hacia atrás las faldas de mi hanbok y me senté de nuevo. Estaba dispuesta a no quedarme callada, a asumir cualquier consecuencia con tal de no bajar la guardia.

—Come —dijo él, señalando mi cuenco. —No tengo apetito. Dime qué quieres de una vez. Ya comiste y tus soldados están descansando; te puedes ir. —Aún no termino —replicó él, sin prisa, como si disfrutara de mi desesperación. —¿No te urge llevar los mapas al palacio? —le espeté, intentando que se marchara lo antes posible. —Tengo tiempo. Todo el tiempo del mundo.

—Recuerdo que hace unos años —empezó él, con una calma que me heló la sangre—, unas mujeres estuvieron husmeando en asuntos que solo corresponden a los hombres. Manipularon información que trajo muchos problemas… y el padre terminó exiliado. ¿Alguna vez habías escuchado sobre eso, Haneul?

Sentí un crujido en mi pecho. Le sostuve la mirada, aunque sentía que mis ojos se quebraban por dentro.

—No. No había escuchado nada sobre eso —mentí, mientras escondía mis manos bajo la tela suave de mi hanbok para ocultar la evidencia.

—Haneul… tus uñas están más oscuras que la última vez que te vi.

Me quedé gélida. Él no apartaba la vista de mis manos ocultas.

—Dime, ¿te gusta la astronomía? Nunca había conocido a una mujer a la que le gustara.

—¿Por qué asumes que me gusta? —le espeté, tratando de desviar el golpe.

—¿Acaso tu padre no es el astrólogo real?

La pregunta era una trampa. No podía retroceder más, así que decidí atacar.

—¿Acaso tu padre pertenece a los soldados del palacio? —le contesté con la misma moneda.

Kang-dae soltó un suspiro inesperado, casi una risa seca. Le sorprendía que, en lugar de temblar y confesar, yo le estuviera devolviendo los golpes con preguntas para evitar sus respuestas. En ese momento, el aire entre los dos ya no era solo de sospecha; era una declaración de guerra.

—Eres una insolente —sentenció él, con la voz cargada de una mezcla de asombro y advertencia.

—Y usted no conoce su lugar frente a una señorita —le espeté sin retroceder—. ¿Qué pensaría su General si supiera que se encuentra a solas conmigo, mientras mi padre convalece en su Sarangchae?

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