Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 15: Tinta que no puede borrarse

El rostro de Kang-dae se tensó, una sombra de algo parecido al terror o a la furia cruzó sus ojos. Pero antes de que pudiera replicar, el sonido de las botas contra la madera interrumpió el duelo. Un soldado entró, realizó una reverencia apresurada y anunció:

—Señor, ya estamos listos para partir.

—Espérenme afuera. Salimos de inmediato —replicó él con una voz firme que no dejaba rastro de la tensión anterior.

Me puse en pie, manteniendo la distancia. —¿Algo más que me quiera decir, Subgeneral? Si no es así, me retiraré a mis labores.

Él se quedó inmóvil, observándome como si intentara descifrar un código sagrado. Luego, bajó la voz hasta convertirla en un susurro que solo yo podía escuchar: —¿Incluso con el but (pincel) y el meok (tinta) en tus manos?

Me quedé sin aliento, pero él no se detuvo. —¿Puedes decirle algo a tu padre de mi parte? —continuó.

—Dígame —contesté, tratando de ocultar el temblor de mi voz, bajo una máscara de indignación.

Él se acercó lo suficiente para que su sombra me cubriera por completo. —Dile que nunca había visto los mapas de un anciano trazados con tanta delicadeza y esmero. Sus letras tienen la elegancia con la que una señorita admira las flores. No son los trazos de un hombre que ha visto mil inviernos, sino de alguien que mira el cielo con ojos nuevos.

Haneul, con un movimiento brusco, le indicó a su cortejo que se retirara de inmediato. Mientras ella empezaba a caminar con pasos rápidos y decididos, uno de los trabajadores de la casa se acercó a Kang-dae.

—Venga, señor, lo acompaño hacia donde están sus soldados —dijo el hombre con una reverencia.

El subgeneral no se movió de inmediato. Se quedó estático, con la mirada clavada en la espalda de Haneul, observando cómo se alejaba envuelta en su orgullo.

Ella, ajena a la mirada que la seguía, sentía que la sangre le hervía. Caminaba por los corredores pensando en voz alta, sin importarle quién pudiera escucharla:

—¿Qué derecho tiene para hablarme así? ¿Acaso no le enseñaron modales en el palacio? —exclamó con rabia contenida—. ¿O es que cree que un anciano, por su edad, ya no es digno de su trabajo?

Sus palabras eran dardos lanzados al aire, un intento desesperado por convencerse de que él solo estaba siendo arrogante y no que había descubierto su verdad. Al llegar a las pesadas puertas del Sarangchae, Haneul se detuvo en seco. El corazón le pedía mirar una última vez.

Se giró lentamente y miró hacia la distancia, más allá de los muros de la propiedad. A lo lejos, entre la bruma que dejaba la lluvia, vio la figura imponente de Kang-dae subiendo a su caballo. El animal relinchó y, en un instante, él y sus subalternos emprendieron la marcha. Los vio desvanecerse en el camino, llevándose con ellos no solo los mapas de su padre, sino también la tranquilidad de su secreto.

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