Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 16: Ella no sabía que estaba siendo observada

En Joseon, el conocimiento era poder… y el poder siempre exigía sangre o silencio.

Haneul continuó su camino hacia los aposentos de su padre. Al entrar, lo encontró recostado, con el rostro marcado por un cansancio que parecía ir más allá de lo físico. Él, que había estado esperando somnoliento el sonido de sus pasos, se incorporó ligeramente y agitó la mano con rapidez.

—Hija, ven, siéntate —le urgió—. Cuéntame, ¿cómo acabó todo?

Haneul se acercó, sintiendo que sus ojos se nublaban por la mezcla de rabia y miedo que aún recorría su cuerpo.

—Padre, ¿te encuentras bien? —preguntó ella, evadiendo la cuestión—. ¿Ya viste al Ui-won (médico) para que cure tu dolor?

El anciano, ignorando su propia salud en su afán por saber qué había ocurrido, insistió con prisa: —Dime, ¿ya se fueron el subgeneral y sus soldados?

—Sí, padre —respondió ella, forzando una calma que no sentía—. Él ya se ha ido. Pero dime, ¿estás mejor? Disculpa por no haber venido de inmediato, pero el protocolo exigía que despidiera al subgeneral como es debido.

Mentía. Cada palabra era un escudo para ocultar el violento altercado que acababa de vivir.

—¿Acaso él te preguntó algo? —inquirió el padre, escudriñando el rostro de su hija.

—No, padre. Nada importante.

Él guardó silencio. Una expresión de curiosidad mezclada con sorpresa cruzó su semblante mientras apoyaba la mano derecha bajo su barbilla, clavando la mirada en el suelo. Parecía que, al igual que Haneul, él también estaba atrapado en sus propios pensamientos, analizando el peligro que acababa de salir por la puerta de su casa.

El trote rítmico de su caballo hacia el palacio no lograba calmar la tormenta de pensamientos en la mente de Kang-dae. Mientras el lodo salpicaba sus botas, su memoria lo arrastró a lo que había sucedido tiempo antes de su primera llegada oficial.

Como era de costumbre, y a pesar de la estrecha amistad entre el general y el padre de Haneul, Kang-dae había acudido al lugar por adelantado. Su deber como subgeneral era supervisar el terreno sin ser visto, asegurando que el sitio donde su superior descansaría fuera seguro. Fue durante esa vigilancia silenciosa, oculto entre las sombras de los corredores exteriores, cuando la vio por primera vez.

Haneul no sabía que estaba siendo observada. Kang-dae se había quedado estático al verla apoyar el meok sobre el byeoru (la piedra de tinta). Se quedó hipnotizado por el ritual lento y casi sagrado de la molienda. Un mechón de su cabello oscuro caía peligrosamente cerca del envase, rozando la superficie mientras ella movía su mano con una destreza que gritaba años de práctica oculta. No era el movimiento torpe de una aficionada; era la precisión de una experta que conocía el peso exacto de la tinta y el alma del papel.

En aquel momento, Kang-dae sintió un impacto que no pudo explicar. No era solo la técnica lo que lo detuvo, sino la belleza cruda y natural que ella irradiaba. Parecía una de esas flores silvestres que crecen con colores vibrantes entre los montes más profundos: hermosa, vibrante, pero condenada a no ser admirada por nadie, oculta del mundo por las leyes de los hombres.

Ahora, con los mapas golpeando contra el costado de su caballo, Kang-dae comprendía que esa flor silvestre era mucho más peligrosa de lo que imaginó. Ella no solo miraba las estrellas; ella las ponía sobre el papel.

Los mapas celestes fueron llevados al Gyeongyeon, donde el Rey los examinó bajo la atenta mirada de los eruditos más respetados del reino. Entre ellos destacaba Min Seok-ryeon, el Gran Consejero de Estado de la dinastía Joseon. Encargado de las decisiones militares, los exilio y la censura de documentos, Min era un hombre de carácter gélido y calculador. Jamás lanzaba una amenaza directa; prefería usar a otros como herramientas para realizar el trabajo sucio.

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