Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 17: La telaraña del Consejero

Desde que Kang-dae fue ascendido a Bujang, el Consejero notó su potencial. Observó su destreza en el campo de batalla y cómo la tropa le obedecía con una lealtad que superaba a la del mismo general. Min, astuto en el arte de la manipulación, se ganó su respeto otorgándole favores familiares y mostrándose inusualmente amable. Aunque el joven oficial no siempre comulgaba con la moral del consejero, lo consideraba un mentor necesario.

Min lo veía como una pieza útil en su tablero, alguien a quien debía moldear. Por ello, a menudo le compartía consejos cargados de cinismo, siendo el más frecuente aquel que dictaba que ‘los sentimientos solo sirven para debilitar la espada’.

Una vez finalizada la reunión real, el subgeneral fue convocado a los aposentos privados de Min. El aire se sentía más frío tras esas puertas; Kang-dae sabía que, cuando el Gran Consejero llamaba, no era para intercambiar cortesías, sino para exigir resultados.

El anuncio de la llegada del joven rompió el silencio de los aposentos. Min Seok-ryeon se encontraba tomando el té, con la parsimonia de quien acaba de salir de una sesión con el Rey y aún saborea el poder. Tras una reverencia cargada de suspicacia, el Consejero le hizo una seña para que se acercara.

—¿Cómo está todo por el Cheomseongdae? —preguntó Min, yendo directo al grano.

—Todo en orden —respondió el joven, sosteniendo la taza de té con una calma ensayada.

—¿Nada que debas reportar? —insistió el Consejero, fijando sus ojos intimidantes en él, como si buscara una grieta en su armadura.

—No, mi señor —replicó con firmeza.

Min dejó la taza sobre la mesa y se inclinó hacia adelante. —Me resulta curioso… ¿Acaso esos trazos, dibujados con tanta delicadeza, pertenecen realmente al erudito jefe? ¿Seguro que no viste nada fuera de lugar en ese observatorio?

—No, señor. Aquel lugar está lleno de ancianos. No hay nada que deba ser reportado —aseguró, aunque por dentro recordaba la mancha de tinta en las uñas de Haneul.

—Es increíble pensar que ese viejo siga trazando mapas con el vigor de sus primeros años —susurró Min con voz decepcionada, casi como si lamentara que el padre de Haneul aún fuera útil—. Pronto habrá cambios. Necesito que tengas a las tropas de tu lado; te daré nuevas órdenes sobre tu próximo acuartelamiento. Las cosas aquí van a cambiar, y muy pronto.

El semblante malicioso del Consejero hizo que un escalofrío recorriera la espalda del joven oficial. —¿Señor, todo está bien? ¿El Janggun (General) sabe de esta decisión?

La mirada de Min se volvió gélida. —¿Acaso tengo que informarle a él de cada uno de mis movimientos?

El silencio que siguió fue tenso. El joven subgeneral comprendió que estaba pisando terreno peligroso. —Disculpe, señor. Si no tiene más preguntas, iré a preparar a los soldados para recibir sus nuevas órdenes.

El Bujang abandonó la estancia con la cabeza baja y los nudillos blancos de tanto apretar la empuñadura de su espada. El peso de la sospecha era ahora una certeza: el secreto que unía a los tres estaba a punto de ser desgarrado. Mientras atravesaba los pasillos del palacio, su mente intentaba descifrar los hilos que el Consejero Min movía en las sombras para seguir acumulando poder a espaldas del Rey.

La estrategia de Min era tan efectiva como despiadada: se infiltraba en las venas de cada familia noble, arrancando secretos ocultos o forjando alianzas con la fuerza de un grillete. Sin embargo, el jefe del observatorio representaba una anomalía en su sistema. El padre de Haneul poseía algo que Min despreciaba por encima de todo: una integridad que contaba con el respeto y afecto directo del Trono. Esa pureza moral no se rodeaba ni se esquivaba… se debía demoler.

El joven oficial sintió el peso del tiempo sobre sus hombros. El Consejero aguardaba el momento exacto para soltar la guadaña sobre el astrónomo, y él se encontraba atrapado entre la obediencia y la traición. Cada paso fuera de los aposentos de Min lo convertía en custodio de un secreto capaz de salvar o destruir a la familia de Haneul. Ocultar la verdad sobre los mapas ya no era compasión: era un acto de rebelión silenciosa.

Esa noche, bajo un manto de sombras, Min convocó a un círculo selecto de súbditos de alto rango. La sala estaba vacía de guardias, pero saturada de intenciones. Cada palabra pronunciada pesaba como un filo: no se hablaba de lealtad, sino de expansión, de territorios a conquistar sin la mirada del rey. Los mapas celestes eran ahora piezas de un tablero que solo él entendía.

Min alzó la voz con calma mortal: “Debemos permitir que la tormenta del este pase por nuestro suelo… y aprovechar la calma que seguirá”. Sus ojos brillaban al contemplar el plan: redibujar rutas donde antes había montañas y ríos, trazar caminos invisibles que solo los iniciados podrían comprender. Joseon se convertiría en un puente de cristal: hermoso, impecable… y destinado a quebrarse bajo la ambición del hombre que pocos podían sospechar.

Mientras Min hablaba, la sombra de la traición se extendía como niebla sobre los pasillos del palacio. Kang-dae y Haneul, inconscientes del complot, ya estaban atrapados en la telaraña tejida por el Consejero. Cada mapa, cada trazo de tinta, cada mirada calculada, acercaba el reino a un destino que ni el rey podía prever.

Los días se desgranaban en una espera asfixiante. El silencio del palacio pesaba sobre los hombros de Haneul, alimentando una inquietud que no lograba apagar ni con el estudio de los astros. Cada vez que el viento soplaba, ella creía escuchar la voz del joven Bujang, pero solo encontraba el vacío.

Una noche, el sonido rítmico de cascos golpeando el suelo húmedo rompió la calma. Su momjong irrumpió en los aposentos, sin aliento, anunciando que una escolta se aproximaba a la propiedad. Con el corazón galopando contra sus costillas y una esperanza ilusa brillando en sus ojos, Haneul corrió hacia las puertas principales. Esperaba encontrarse con la mirada severa pero humana de Kang-dae; sin embargo, el destino tenía preparada una decepción amarga.




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