Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 18: El Ojo de la Tormenta

Frente a ella no estaba el guerrero que habitaba sus sueños, sino una pesadilla encarnada. Era el guardia personal de Min Seok-ryeon, el ejecutor silencioso de sus voluntades más oscuras.

Su presencia era una mancha de sombra en la noche. Era un hombre imponente, de una estatura que obligaba a retroceder, coronada por un caminar pesado que parecía hacer vibrar la tierra bajo sus pies. Lo más perturbador era el pañuelo de seda azul oscuro que ocultaba todo su rostro, un enigma que el Consejero Min justificaba como secuelas de una guerra olvidada. Pero tras esa tela, lo único que se asomaba eran unos ojos donde parecía arder el mismísimo infierno; una mirada capaz de paralizar la sangre de cualquiera que se atreviera a sostenerla.

—Una misiva para el jefe del observatorio —dijo él.

Su voz no era humana; era un rugido profundo, un sonido que nacía de unas cuerdas vocales que parecían haber olvidado la compasión. Haneul, con los dedos temblorosos y el rostro marcado por la desilusión, recibió el documento. En ese momento comprendió que la visita no era una cortesía, sino un aviso: el ojo de la tormenta se había posado finalmente sobre su hogar.

Tras la partida del guardia, el aire pareció estancarse. A pesar de que el firmamento vibraba con la luz de miles de estrellas y la luna resplandecía sobre su cabeza, Haneul sintió un escalofrío que no pertenecía a la noche. Miró hacia la espesura de los árboles que rodeaban la propiedad; tenía la certeza de que unos ojos invisibles la observaban desde la oscuridad, como si ella fuera una presa marcada. Un nuevo soplo de viento trajo consigo un sonido áspero, una nota discordante que le recorrió la columna vertebral.

—Entremos —ordenó a su momjong, con la voz tensa—. Debo entregarle esto a mi padre de inmediato.

Recorrieron los pasillos en un silencio sepulcral, solo roto por el roce de sus faldas contra la madera. Detrás, dos sibi seguían sus pasos como sombras mudas. Su momjong, incapaz de contener la angustia, aceleró el paso hasta alcanzarla.

—Señorita, ¿se encuentra bien? ¿Sabe de qué trata ese mensaje? Ese hombre… no me gustó la forma en que la miró.

Haneul mantuvo la vista al frente, apretando el papel entre sus dedos. —No sé quién es realmente el señor Min Seok-ryeon, ni quién es ese espectro que le sirve de guardia. Mucho menos sé qué pretenden con mi padre —confesó con un nudo en la garganta—, pero mi instinto me dice que esto no traerá nada bueno.

Al llegar a los aposentos del astrónomo, el eunuco anunció su presencia. Tras la reverencia de rigor, Haneul entró junto a su acompañante, dejando a las criadas custodiando la entrada. Su padre la esperaba, con la luz de una vela vacilante alargando su sombra sobre las paredes.

—Padre, he recibido esta carta en tu nombre —dijo ella, extendiendo el sobre—. El guardia de Min Seok-ryeon la entregó hace un momento. Lo extraño es que no pidió verte personalmente para cumplir con el protocolo; simplemente la puso en mis manos y dijo que era un mensaje de su jefe.

El silencio que siguió a sus palabras fue más pesado que la propia noche. Haneul observó las manos temblorosas de su padre mientras tomaba el papel, sabiendo que, una vez abierto ese sello, el mundo que conocían podría desmoronarse.

Con una sonrisa que apenas lograba ocultar su cansancio, mi padre me miró con ternura.

—¿Has estado muy ocupada estos días, Haneul? Ya casi no vienes a saludar a este viejo —dijo, intentando aligerar el aire pesado de la habitación.

—Padre, discúlpeme —repliqué, con la voz quebrada mientras bajaba la cabeza, sintiendo el peso de mis propios secretos.

Él se acercó lentamente. Sus manos, nudosas y marcadas por años de sostener el pincel, se posaron con firmeza sobre mis hombros. Me obligó a mirarlo.

—Sabes que te amo más que a nada en este mundo —susurró, y por un segundo, su mirada pareció viajar a un lugar lejano—. Perdóname si no he sido el padre que merecías.

Sus palabras sonaron como una sentencia, como si estuviera cerrando un libro antes de tiempo. El miedo me atenazó la garganta.

—Padre, ¿por qué dices eso? —pregunté, buscando una respuesta que no llegó.

Él no contestó. En su lugar, giró la vista hacia mi momjong con una autoridad tranquila pero definitiva.

—Llévese a mi hija. Que prepare un baño con hierbas aromáticas para ella. Mañana… mañana la estaré esperando para que tomemos el té juntos.

—Sí, señor —replicó la mujer con una reverencia.

Me obligué a retroceder, aunque mis pies se sentían pesados como el plomo. Miré a mi padre por última vez esa noche; él permanecía allí, de pie, envuelto en las sombras de sus aposentos. Suspiré con una tristeza que me nacía del alma y me alejé por el pasillo, con un temor tan profundo que cada paso se sentía como una batalla contra el suelo.

Aún con la punzante sensación de ser observada, me dirigí a mis aposentos. Las sibi ya habían preparado el baño; el vapor de las hierbas aromáticas flotaba en el aire, pero mis pensamientos estaban a leguas de aquel lugar.

—Señorita, su baño está listo —anunció una de ellas.

Me sumergí en el agua caliente con la mirada perdida, hundiéndome hasta que solo mi frente quedó al descubierto, buscando refugio en el silencio del agua. Mi momjong, que me conocía mejor que nadie, se acercó con un susurro cargado de inquietud.

—Señorita… ¿la preocupa algo? Últimamente ha dejado de confiar en mí.

Emergí del agua de golpe, jadeando como si me estuviera ahogando en mis propios secretos.

—¿Puedes dejarme sola? No quiero hablar con nadie —repliqué, mi voz sonando más cortante de lo que pretendía.

—Como desee. Si necesita algo, estaré afuera —respondió ella, retrocediendo con evidente preocupación.

Me quedé a solas con el chisporroteo de las velas. De pronto, una voz apacible, casi un susurro fundido con el viento, pronunció mi nombre: ‘Haneul’.




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