El calor del agua se evaporó de mi piel en un instante, reemplazado por un frío eléctrico que me erizó el vello de los brazos. Me puse en pie de un salto, sin esperar a que las sibi regresaran, y busqué con manos torpes mi hanbok de colores oscuros, aquel que solía usar para fundirme con las sombras del observatorio. Mis dedos temblaban tanto que los lazos de la seda se sentían como nudos imposibles de desatar.
—Téngalo por seguro, Bujang… esto es una locura —susurré al aire vacío, mientras me ajustaba la falda con brusquedad.
Me acerqué a la puerta con el oído pegado a la madera. Afuera, el murmullo de mi momjong conversando con las criadas era el único obstáculo entre mi seguridad y el abismo. No podía salir por la puerta principal; el eunuco daría la alarma antes de que mis pies tocaran la hierba.
Mis ojos se fijaron en la pequeña ventana lateral que daba al jardín trasero, aquel que se perdía en la maleza antes de llegar al sendero del risco. Con el corazón golpeando mi pecho como un tambor de guerra, busqué apresuradamente varios cojines y mantas para acomodarlos bajo las colchas. Con manos hábiles, logré darles la forma de una silueta humana, como si yo estuviera allí, sumergida en un sueño profundo. Acto seguido, bajé las pesadas cortinas de la alcoba para que nadie pudiera divisar la cama vacía desde la entrada.
—¡Ya no las necesito más! —exclamé hacia la puerta, forzando una voz que esperaba no sonara tan trémula como mis manos—. Me voy a dormir ahora mismo.
—Señorita, permítanos ayudarla a cambiarse —insistió mi momjong desde el otro lado.
—¡He dicho que no! —repliqué con firmeza, cortando cualquier otra protesta—. Estoy agotada y solo quiero descansar. No entren a molestarme.
El silencio que siguió me indicó que, aunque confundidas, se habían retirado. Sin perder un segundo, apagué las velas de un soplido, dejando que la oscuridad me envolviera por completo. Sabía que estaba cruzando una línea sin retorno. Si me descubrían, no habría explicación que salvara mi honor, ni el de mi padre; seríamos tachados de traidores o algo peor. Pero si no iba, sabía que el misterio de la voz de Kang-dae me perseguiría hasta el fin de mis días.
Con un movimiento ágil, me deslicé por la ventana. El aire frío de la noche me golpeó el rostro, recordándome que ya no era la protegida hija de un astrónomo, sino una sombra huyendo hacia lo desconocido.
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