Mientras esperaba en la cima del risco, el joven Bujang vigilaba cada sombra con una atención minuciosa. Sabía que la escapada de Haneul era una apuesta suicida; si alguien descubría que sus aposentos estaban vacíos, las consecuencias serían devastadoras. No solo la acusarían de conspirar con un oficial del ejército, sino que su reputación como señorita quedaría hecha jirones, arrastrando el honor de su padre al fango. Un error esa noche causaría estragos imposibles de reparar.
Sin embargo, él no estaba desprotegido. Tres soldados de su absoluta confianza patrullaban el perímetro en silencio, ocultos entre la maleza. Eran hombres que le debían la vida y que ahora tenían la misión de asegurar que ningún espía del Consejero Min rondara el bosque. Para Kang-dae, la seguridad de la joven era ahora tan vital como la suya propia.
Al mismo tiempo, Haneul corría hacia el risco sintiendo que los pulmones le ardían. Con cada paso sobre el suelo riscoso, miles de preguntas golpeaban su mente:
¿Por qué la había citado allí?
¿Por qué arriesgarse tanto a pesar de que su último encuentro había estado lleno de desprecio e insolencias?
El miedo y la curiosidad libraban una batalla en su pecho, pero sus pies no se detuvieron. Necesitaba respuestas que solo el hombre que la esperaba en las alturas podía darle.
Kang-dae mantenía la mirada fija en el vacío del precipicio cuando Haneul llegó. Ella se detuvo a pocos pasos, en silencio, observando la firmeza con la que él empuñaba su espada.
—¿Cuánto tiempo más piensas quedarte ahí parada? —preguntó él, sin ni siquiera girarse.
Haneul se sobresaltó; no comprendía cómo podía haber sentido su presencia. Con un rastro de vergüenza, dio varios pasos hasta posicionarse a su lado izquierdo. Durante un instante, el silencio fue absoluto, solo fue roto por el viento cálido que sacudía las copas de los árboles bajo sus pies.
De repente, con un movimiento drástico, él giró su cuerpo hacia ella. Sus ojos ardían con una intensidad aterradora.
—Tú y tu padre están en peligro —sentenció.
A Haneul se le escapó el aliento. El corazón le latía con tal fuerza que sentía que le saldría del pecho. —¿Qué? —replicó ella, fingiendo una confusión que ya no podía sostener.
—¿Acaso no entiendes la gravedad del problema en el que estás metida? —Kang-dae dio un paso hacia ella, su voz cargada de una desesperación contenida—. Esos mapas… ¿quién los hizo realmente?
La presión del momento, el miedo y la cercanía de él quebraron sus defensas. Antes de que su mente pudiera detener el impulso, sus labios confesaron la verdad que tanto la atormentaba.
—Fui yo… yo los hice —susurró. Inmediatamente, se cubrió la boca con las manos, horrorizada por lo que acababa de admitir.
El rostro de Kang-dae se transformó en una máscara de furia y asombro. —¿Acaso no sabes lavarte las manos correctamente? —le gritó, perdiendo la compostura—.
¡¿Cómo osas decirme que tú trazaste esos mapas y escribiste los Cheonmun-do?! ¡¿Has perdido el juicio?!
Aturdida por sus gritos, Haneul retrocedió instintivamente. Sus pies buscaron suelo firme, pero solo encontraron el vacío de la orilla del risco. Perdió el equilibrio y el aire se le escapó de los pulmones.
En un reflejo relampagueante, Kang-dae estiró el brazo. Su mano se cerró con fuerza en el cuello de las ropas de ella y, de un solo tirón violento, la jaló hacia sí. El impacto fue seco: Haneul terminó chocando contra su pecho, mientras los brazos del guerrero se entrelazaban alrededor de su cuerpo para evitar que cayera.
En el momento en que sus brazos rodearon mi espalda, el universo entero pareció detenerse. El viento, que hacía un segundo rugía con furia, se quedó en suspenso; el sonido del bosque se apagó y hasta el mismo aire dejó de circular, como si el tiempo hubiera decidido congelarse solo para nosotros.
Sentí el peso de sus manos, firmes y protectoras, anclándome a la tierra cuando apenas un instante antes me sentía caer al abismo. Nunca había experimentado algo así. Era una calidez que no quemaba, sino que me envolvía en una seguridad que jamás creí posible encontrar en un extraño.
Mientras él me sostenía, con mi rostro hundido en la aspereza de su armadura y el calor de su aliento rozando mi cabello, una pregunta comenzó a martillear en mi mente, nublando cualquier rastro de lógica:
¿Quién es este hombre?
¿Quién es este guerrero que, con un solo gesto, es capaz de estremecer cada rincón de mi cuerpo y perturbar la paz de mi mente de una manera que ni las estrellas han logrado jamás?
En ese silencio compartido, comprendí con terror y fascinación que mi mayor peligro no era el risco, ni los secretos de mi padre, ni el Consejero Min. Mi mayor peligro era el latido desbocado de mi propio corazón, respondiendo al suyo bajo la luz de la luna.
El mundo seguía mudo, pero dentro de mi pecho algo despertaba con una fuerza salvaje. Mientras su corazón golpeaba contra el mío, una sensación extraña y abrumadora me invadió: era como si ya nos hubiéramos conocido antes, en otra vida, bajo otro cielo. Sentía que una parte de mi alma no me pertenecía, sino que estaba atada a él por un nudo que el tiempo no había logrado desatar.
Cerré los ojos un segundo, embriagada por la cercanía. Sus latidos que ahora resonaban en mi oído… yo ya los había escuchado. Eran un ritmo familiar, una canción antigua que mi sangre reconocía, aunque mi mente fuera incapaz de encajar las piezas del rompecabezas.
¿Dónde nos habíamos encontrado?
¿En qué sueño o en qué existencia pasada sus brazos me habían sostenido así?
No era solo el alivio de no haber caído al vacío lo que me hacía temblar; era el terror de comprender que, sin saberlo, lo había estado esperando desde siempre. En ese abrazo, Kang-dae dejó de ser el Bujang frío y distante para convertirse en el espejo de un recuerdo que mi memoria no lograba alcanzar, pero que mi corazón ya no podía negar.