Con una rapidez y una agitación casi brutas, Kang-dae me sujetó de los hombros y me apartó de él, como si el contacto físico lo hubiera quemado. En su mirada cruzó un destello de arrepentimiento, recordando que aquel abrazo, por necesario que fuera para salvar mi vida, jamás debió ocurrir. Inclinó el torso en una reverencia rígida, recuperando su máscara de oficial.
—Discúlpeme, señorita —dijo con la voz tensa— Fue un exceso de mi parte. No volverá a suceder.
Me quedé allí, temblando por el frío repentino que dejó su ausencia. Recuperando mi orgullo, le hablé con una dureza que ocultaba mi confusión.
—¿Por qué me has sacado de mis aposentos a estas horas de la noche? ¿Acaso has perdido el juicio?
Kang-dae me miró directamente a los ojos. Esta vez su voz no era furiosa, sino tranquila, con una solemnidad que me heló la sangre.
—¿Cuánto tiempo más crees que podrás guardar ese secreto, Haneul? El Consejero Min planea visitar el observatorio personalmente. Tiene serias dudas de que tu padre sea quien está trazando los reportes y los mapas celestes.
—¿Y quién es él para dudar? —repliqué con altivez, aunque por dentro me desmoronaba—. ¿Acaso mi padre le ha hecho algún mal?
—El señor Min no es alguien a quien quieras tener como enemigo —me advirtió, dando un paso hacia mí—.
Sus métodos son... extremos. Ha enviado hasta aquí a su ejecutor solo para avisar a tu padre de su llegada. Lo hizo de una manera aterradora para que comprendan que no hay escapatoria. El rostro del hombre del pañuelo azul cruzó mi mente en ese momento. Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Entonces... ¿ese hombre no es un guardia real? —pregunté, con la voz apenas en un susurro.
—No, no lo es —respondió Kang-dae, bajando la voz como si las sombras pudieran escucharlo—. Él es el espectro de Min. Su sombra más oscura.
Con la mirada empañada por una tristeza repentina, le aseguré que debía volver a mis aposentos antes de que mi ausencia fuera descubierta.
—Mis soldados te escoltarán —ordenó el joven Bujang de inmediato.
—No, estoy bien —repliqué, agitando las manos con nerviosismo—. Conozco estos
bosques como la palma de mi mano, nada me sucederá.
—Podría haber algún guardia del señor Min husmeando entre la maleza —insistió él, su voz no admitía réplicas—. Es mejor que mis hombres te aseguren el camino.
Emitió un silbido suave, un sonido que imitaba el canto de un pájaro nocturno, y de entre las sombras surgieron los tres soldados. Tras recibir la orden de escoltarme sin ser vistos, me alejé de Kang-dae con una reverencia rígida, sintiendo su mirada clavada en mi espalda hasta que la espesura me ocultó.
Durante el trayecto de regreso, mi mente era un torbellino. No lograba comprender cómo aquellos mapas, que para mí representaban el orden del universo, se habían convertido en una sentencia de muerte para mi padre y para mí. Logré entrar en mi alcoba sin ser detectada. Allí, en la penumbra, comencé a despojarme de mis ropas con una lentitud agónica, como si cada capa de tela pesara una tonelada.
Al hundir la cabeza entre las sedas del lecho, sobre el suelo cálido por el ondol, el recuerdo de mi confesión me golpeó como una bofetada.
—¿Cómo pude ser tan imprudente? —susurré, cubriéndome el rostro con las manos mientras me incorporaba de golpe—. ¿Cómo fui capaz de admitirle que yo soy la mano detrás de esos reportes?
Sacudí la cabeza, atormentada por las dudas. ¿Cómo lo supo él? ¿Qué clase de subgeneral era aquel que, en lugar de fijarse solo en la espada y el arco que empuñaba, se detenía a escudriñar las manos de una señorita? La sospecha comenzó a echar raíces en mi pecho: ¿Por qué querría ayudarme? ¿Acaso todo esto era una trampa y yo acababa de caer por mi propia boca?
Con un suspiro cargado de angustia, volví a dejar caer mi cabeza sobre la seda, mirando al techo mientras el silencio de la habitación parecía burlarse de mi error.
A la mañana siguiente, el canto de los pájaros me despertó con una alegría que contrastaba cruelmente con el peso en mi pecho; sonaban tan cerca que parecía que estaban dentro de mis aposentos. Escuché el murmullo de mis sibi preparando el agua, cumpliendo la orden que mi padre había dado la noche anterior. Tras asearme y vestirme con cuidado, me dirigí al jardín.
Allí estaba él, esperándome. Mi padre radiaba una calma y una paz que nunca le había visto; su sonrisa parecía incluso más brillante que el sol que comenzaba a bañarlo todo.
—Hija, toma asiento —dijo con voz suave.
Extrañada por su semblante, me senté de prisa mientras nos servían el té. No pude contenerme. —Padre... ¿leíste la carta?
Él no respondió de inmediato. Miró el jardín y luego me miró a mí con una ternura infinita. —Hoy es un día hermoso, Haneul. ¿Te gustaría pasarlo entero con tu viejo padre?
—Pero, padre... —intenté protestar, pero me interrumpió con un gesto amable.
—Hoy quiero que vayamos al mercado. Quiero comprarte algo hermoso; hace mucho que no salimos juntos de estas paredes.
Un nudo se me formó en la garganta. Solo pude suspirar, comprendiendo que aquel entusiasmo no era más que el velo de algo grave que estaba por suceder. —Sí, padre. Iremos a donde quieras —repliqué, rindiéndome a su deseo sin pedir más explicaciones.
A pesar de que en la mesa había mis frutas favoritas, el hambre me había abandonado. Me limité a observarlo comer con una alegría tan genuina que, por un momento, ver su satisfacción me bastó para sentirme saciada. Sin embargo, la culpa me corroía por dentro. Me sentía responsable de la sombra que se aproximaba y, sobre todo, me quemaba el secreto de mi encuentro nocturno con Kang-dae. No me atrevía a confesarle que el joven oficial ya sabía la verdad sobre los mapas; no podía arrebatare esa frágil paz que lo envolvía.