Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 22: Fuera del tablero

Durante nuestro paseo por el mercado, me sentí por momentos como un ave que vuela sin rumbo ni prisa. El bullicio, los aromas de las especias y los colores vibrantes de las telas lograron, por instantes, sepultar los horrores de los días pasados. Mi padre me observaba con una sonrisa deslumbrante, la misma que me ofrecía cuando yo era niña y me levantaba tras una caída.

A ratos, mi entusiasmo me hacía olvidar su presencia y aceleraba el paso, hasta que mi momjong me recordaba con un susurro que debía caminar al ritmo de mi padre. Él, sin embargo, intervenía con una suavidad inusual: —Déjala, no te preocupes. Deja que disfrute del día.

Bajo aquel sol cálido y radiante, nos detuvimos frente a un grupo de hombres absortos en una partida de Baduk (el ajedrez coreano). Mi padre se quedó observándolos en silencio, con una paz que lo hacía lucir vulnerable y extrañamente feliz. Al verlo así, el recuerdo de la amenaza inminente regresó a mí como una marea negra. Mi rostro se ensombreció y sentí cómo mi corazón se hacía pequeño, apretado por una angustia que no me dejaba respirar.

Me acerqué a él lentamente y le susurré al oído: —¿Por qué no juegas una partida, padre?

Él negó suavemente con la cabeza, sin apartar la vista del tablero de madera. —No, hija. A veces es mejor observar las estrategias desde afuera, como un espectador, que entrar en el juego y cargar con el peso de tener que decidir cada movimiento.

Sus palabras me atravesaron como una flecha. En ese instante, tuve una revelación: necesitaba regresar al observatorio, pero no para ser una pieza más en el tablero de Min Seok-ryeon. Debía analizar el juego en el que estábamos sumergidos desde otra perspectiva. No como una jugadora asustada, sino como quien observa las estrategias de los demás para anticipar su próximo golpe.

Cuando la partida de Baduk terminó, mi padre reanudó la marcha. Caminaba con las manos entrelazadas a la espalda, sumido en un silencio que parecía pesarle más que los años. De pronto, se detuvo frente a un puesto donde las sedas y los adornos brillaban bajo el sol. Había hileras de Yeonji (pigmento rojo para labios y mejillas) y binyeos de todos los materiales imaginables.

—Hija, ¿cuál de estos te gusta más? —preguntó, rompiendo su mutismo.

—Este de jade, padre —respondí, sorprendida por su generosidad repentina.

Tomé la pieza y, con movimientos precisos, la deslicé en mi cabello para sostener el moño. El jade aportaba una sobriedad casi austera, como si incluso mis adornos obedecieran a la discreción que se me había enseñado desde la cuna. Me giré suavemente hacia él, buscando su aprobación.

—¿Cómo me queda?

—Muy lindo, Haneul —susurró él, con una mirada que parecía querer grabarme en su memoria para siempre.

Pero la calidez del momento se evaporó en un suspiro. Al alzar la vista por encima del hombro de mi padre, mi sangre se congeló. Entre el gentío, divisé a un hombre que no vestía armadura ni los colores del ejército. Llevaba un durumagi oscuro que caía sobre su cuerpo con la pesadez de un manto funerario. El pañuelo de seda azul ocultaba su rostro, pero sus ojos... sus ojos eran dos brasas de odio que me atravesaron desde la distancia.

Estiré el cuello, tratando de ver hacia dónde se dirigía tratando de reconocer si era aquel espectro de Min que husmeaba entre la gente común, pero se perdió entre la multitud tan rápido como una exhalación. El miedo regresó con una fuerza renovada: la cacería no había terminado, solo nos estaban dando una tregua antes del golpe final.

—¿Te pareció reconocer a alguien? —preguntó mi padre, notando mi distracción.

—No, padre. No fue nada —mentí, sintiendo cómo el frío del miedo se instalaba en mis huesos. Él miró hacia atrás, buscando lo que mis ojos habían visto, pero al no encontrar nada, volvió a sonreírme.

Al caer la tarde, con el sol tiñendo el cielo de un naranja sangriento, el cansancio venció a mi padre. Me sugirió que me quedara a disfrutar del mercado, pero la urgencia me quemaba por dentro: necesitaba ir al Cheomseongdae, necesitaba refugiarme entre mis mapas y las estrellas.

Me sugirió que me quedara a disfrutar del mercado, pero la urgencia me quemaba por dentro: necesitaba ir al Cheomseongdae, necesitaba refugiarme entre mis mapas y las estrellas

Al llegar a casa, me cambié de ropa con frenesí, pero al salir al pasillo, la figura de mi padre me cortó el paso.

—Haneul, ¿a dónde vas con tanta prisa?

—Al observatorio, padre. Debo organizar unos documentos.

Él me miró con una tristeza profunda y negó con la cabeza. —No te preocupes. Ya no tienes que ir más.

—¿A qué se refiere? —pregunté, sintiendo un vacío en el estómago.

—He decidido que, por un tiempo, es mejor que no pongas un pie en ese lugar. Yo me encargaré de todo de ahora en adelante.

—Pero, padre, ¡dígame por qué! —exclamé, buscando una explicación que él no estaba dispuesto a dar.

—Estoy cansado, Haneul. Hablaremos mañana.

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