Antes de que pudiera protestar, se acercó a mí. Me dio un beso en la mejilla, un gesto tan tierno y definitivo que me dejó paralizada. Se retiró hacia su Sarangchae sin mirar atrás, dejándome sola con mis preguntas.
Despedí a mi monjong y a las sibi; sus voces me resultaban insoportables. Necesitaba aire, necesitaba gritar. Me escapé hacia el risco, el único lugar donde mi llanto no sería juzgado. La noche era gélida, con las estrellas dispuestas en el firmamento como testigos mudos de mi dolor. Los sonidos de las aves nocturnas me daban escalofríos y la oscuridad se sentía tan densa que parecía que podía tocarse con las manos.
Me dejé caer de rodillas sobre la roca fría, permitiendo que el llanto fluyera sin control. El peso de la prohibición de mi padre y el beso en mi mejilla se sentían como una despedida definitiva. Pero el silencio de la noche se rompió no con un consuelo, sino con el crujido de una bota sobre la piedra
Mientras las lágrimas empapaban mi rostro, un crujido entre las ramas me hizo contener el aliento. Pensé que sería Kang-dae, pero el aroma que trajo el viento no era el de él. Era el olor a sándalo caro y a incienso de palacio.
De entre las sombras del bosque, no salió el Bujang, sino el guardia del pañuelo azul. Se detuvo a unos metros, y con su voz de ultratumba, soltó una frase que me dejó el corazón muerto: —Es inútil que llores, jovencita. Las estrellas no pueden cambiar lo que ya está escrito en la tierra.
Me puse en pie de un salto, limpiando mis lágrimas con furia. Frente a mí, envuelto en su manto oscuro, el guardia del pañuelo azul me observaba con esa mirada que parecía quemar la oscuridad. No había rastro de Kang-dae; solo estaba este espectro.
—¿Qué haces aquí? —logré articular, con la voz temblorosa.
Él dio un paso lento hacia mí, sin desenvainar su espada, lo cual resultaba aún más aterrador. Su voz profunda resonó en el vacío del risco:
—He venido a decirte que disfrutes de la vista por última vez.
El aire se escapó de mis pulmones. No mencionó los mapas ni mi secreto, pero sus palabras quedaron suspendidas en el aire como una soga alrededor de mi cuello. El guardia se dio la vuelta y desapareció en la maleza, dejándome sola con un terror nuevo: Min no venía a inspeccionar el observatorio, venía a buscar al autor de los informes. Y lo que más me dolió no fue el miedo a la muerte, sino comprender que mi padre me había prohibido volver al estudio porque él ya sabía que el verdugo venía por mí.
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