Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 24: Bajo un Rey Enfermo

Días después, la luna comenzó a perder su brillo, como si se desgastara ante la mirada de los hombres. Una enfermedad desconocida cayó sobre el palacio como una niebla espesa y letal. Las puertas de el palacio se cerraron con un estruendo metálico, los rituales de sanación se multiplicaron en los templos y el cielo, como si escuchara los murmullos de terror de los mortales, decidió responder con un silencio sepulcral.

En los pasillos del palacio solo se hablaba de una cosa: un mal presagio había tomado el control del cuerpo del monarca. Desde ese momento, nada ni nadie podía entrar o salir sin autorización. El miedo se filtraba por las rendijas de las casas, pues un Rey enfermo significaba un reino vulnerable. Las puertas de sus aposentos fueron selladas para eruditos, funcionarios e incluso para su propia familia.

Solo unos pocos elegidos tenían el privilegio —o la maldición— de cruzar ese umbral: el Naeui (médico real), el eunuco encargado de probar sus alimentos, y el señor Min Seok-ryeon.

Mientras el país contenía el aliento, yo sentía que la vigilancia sobre nosotros se aflojaba, pero no por misericordia. Min estaba ocupado en el corazón del poder, moviendo los hilos de un Rey que apenas podía sostener su corona. Sin embargo, mi padre no compartía mi alivio. Él miraba al cielo cada noche con el rostro desencajado, sabiendo que si el Rey moría bajo un cielo que nosotros habíamos cartografiado, nuestras cabezas serían las primeras en rodar para calmar la ira de los dioses.

Min Seok-ryeon convocó a una reunión clandestina con los eruditos más leales a su causa. Entre susurros y sombras, la conspiración comenzó a tomar forma bajo el pretexto de la enfermedad del monarca. Al día siguiente, mandó llamar a Kang-dae.

Ambos se reunieron en uno de los patios interiores del palacio. Mientras caminaban bajo los aleros de madera tallada, Min comenzó con preguntas triviales sobre las batallas en la frontera, pero de pronto, su tono cambió.

—¿Cómo se encuentra tu familia, Bujang? —preguntó con una falsa cordialidad.

A Kang-dae se le tensó la mandíbula. Aquella mención lo descolocó por completo; Min jamás se había interesado por sus asuntos personales. Era una señal clara de peligro.

—Tengo un encargo para ti —continuó el Consejero, manteniendo las manos entrelazadas a la espalda—. Necesito que vayas al observatorio y le entregues un recado de mi parte al jefe.

—Dígame, señor —replicó el joven, bajando la cabeza en un gesto de obediencia forzada.

—Necesito que seas mis ojos y mis oídos mientras el palacio permanezca cerrado —sentenció Min.

Kang-dae empuñó el pomo de su espada con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon. Sabía perfectamente lo que eso significaba: Min estaba preparando el terreno para culpar al padre de Haneul de la enfermedad del Rey, usando las estrellas como prueba de una supuesta maldición.

Con una mirada que ardía como fuego contenido, Kang-dae respondió: —Sí, señor. Me alistaré para salir de inmediato.

Min avanzó unos pasos, pero se detuvo y giró el rostro ligeramente, con una sonrisa gélida.

—Tú me mantendrás informado de todo lo que ocurra allá... y yo, mientras tanto, cuidaré de tu familia aquí en la capital.

La amenaza quedó flotando en el aire, pesada y letal. Kang-dae comprendió que estaba atrapado en una red de seda: si no reportaba cada movimiento de Haneul y su padre, su propia familia pagaría el precio. Su deber como soldado y su instinto de protección ahora estaban en guerra, y cualquier decisión que tomara podría costarle la vida a la persona que más deseaba salvar.

La llegada del joven Bujang no pasó desapercibida, aunque el destino decidió que se encontraran lejos de los ojos de los guardias. Haneul, como casi todas las noches, se había escabullido hacia el risco buscando respuestas en el silencio de las alturas. Al llegar a la cima, divisó la silueta de un hombre de espaldas, fundiéndose con el horizonte oscuro.

—¿Quién eres? —preguntó ella con voz extrañada, tensando el cuerpo—. ¿Qué haces aquí?

Sin darse la vuelta, el hombre respondió con un tono cargado de una ironía familiar: —¿Eres una criatura nocturna o qué? Te mueves como si fueras una ladrona.

Haneul sintió que el corazón le daba un vuelco. Aquel tono, aquella cadencia... —Esa voz... la conozco —susurró para sí misma, sintiendo cómo el miedo inicial se transformaba en algo más profundo.

Él dejó escapar un suspiro que fue casi un lamento antes de hablar de nuevo: —¿Acaso no te da miedo cruzar el bosque a oscuras?

Ella volvió a susurrar, con los ojos fijos en la espalda del guerrero: —Esa voz... —Luego, con una mezcla de alivio y sorpresa, exclamó—: ¡Eres tú, Kang-dae!

—¿Esperabas a alguien más? —replicó él, girándose por fin.

Haneul dio un paso hacia adelante, olvidando por un segundo las advertencias de su padre. —¿Qué haces aquí? Pensé que estarías custodiando al Rey, dado su estado. Dime... ¿ya saben qué es lo que tiene? ¿Qué sucede en el palacio?

Kang-dae la observó en silencio durante un segundo. A pesar de la presión de Min y la amenaza sobre su familia, no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara a sus labios ante la impetuosidad de la joven.

—¿Siempre eres así? —preguntó con suavidad—. Siempre disparando tantas preguntas...

Haneul frunció el ceño, molesta por su evasiva, y se acercó más a él. —¿Y tú por qué siempre apareces y desapareces a tu antojo? Nunca sabes avisar cuando llegas, simplemente surges de entre las sombras como si fueras parte de ellas.

En ese momento, la conversación fue interrumpida por el sonido de pasos rápidos sobre la hojarasca. Un soldado emergió de las sombras y se dirigió al Bujang con una reverencia urgente.

Un soldado emergió de las sombras y se dirigió al Bujang con una reverencia urgente




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