Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 26: La Insignia Sobre el Mapa

—Ve a dormir, Haneul —respondió finalmente con una voz rota que ella no reconoció—.

Haneul no añadió ni una sola palabra. Simplemente lo miró una última vez, y en el fondo de sus pupilas Kang-dae creyó leer un grito silencioso, desesperado, que suplicaba una sola cosa: ¡Sálvame!.

Sin esperar respuesta, ella se giró y se retiró hacia sus aposentos, moviéndose con cautela entre las columnas, desapareciendo entre las sombras como una ladrona que huye en la noche tras haber robado un pedazo de su alma. Kang-dae se quedó allí, estático en el centro del patio, contemplando el vacío que ella dejaba tras de sí. El peso de su espada nunca se había sentido tan insoportable, ni el silencio de la noche tan parecido a una condena.

A la mañana siguiente, Haneul ya aguardaba en el patio. Sabía que, ante la presencia del Bujang, su padre no se atrevería a prohibirle la entrada al observatorio.

Desde la penumbra del pasillo, Kang-dae se detuvo en seco al divisar a la joven. Ella se ajustaba el binyeo de jade con una delicadeza que lo dejó trastornado. El sol de la mañana se reflejaba en su rostro, bañando su piel tersa con una luz dorada que la hacía lucir como una deidad descendida de las estrellas. Vestía un hanbok azul celeste con detalles en un rosado pálido, y su larga trenza, adornada con una cinta blanca, caía con elegancia sobre su hombro. Sus labios, del color de las flores silvestres, completaban una imagen de belleza tan pura que Kang-dae sintió un extraño recorrido por todo su cuerpo, algo que no sabía nombrar pero que distorsionaba todos sus pensamientos.

Estaba perdido, absorto en la contemplación de aquella mujer que parecía más una diosa que una mortal.

—¿Qué haces, Kang-dae? —se reprendió a sí mismo en un susurro, sacudiendo la cabeza con brusquedad—. Estás aquí para informar al señor Min, no para admirar la belleza de ninguna mujer.

—Mi hija es hermosa —una voz baja y serena resonó justo detrás de él, sobresaltándolo—. Es como las flores silvestres; solo necesita ser encontrada por alguien que sepa admirar su belleza.

Kang-dae se quedó petrificado, incapaz de responder o de ocultar su turbación ante el padre de Haneul. En ese instante, la joven giró la vista hacia el pasillo y, al verlos, dedicó una sonrisa radiante a su padre y al oficial. Sin pensarlo, en un acto automático y casi torpe, Kang-dae levantó la mano y la agitó para corresponder al saludo.

Al percatarse de lo que estaba haciendo —y de que le estaba devolviendo la sonrisa como un niño distraído—, su rostro se tornó serio de golpe. Bajó la mano con brusquedad, ocultándola tras su espalda mientras fingía una tos forzada para recuperar la compostura.

La escena provocó una carcajada vibrante en el padre de Haneul, quien, divertido por la evidente confusión del joven soldado, caminó hacia su hija riendo de buena gana, dejando a un Kang-dae avergonzado y confundido tras de sí.

—¿Vendrás con nosotros o te quedarás ahí parado? —preguntó mi padre, con el rastro de la risa aún en su voz.

Kang-dae apresuró el paso, tratando de recuperar su dignidad militar, y juntos nos encaminamos hacia el observatorio. Al llegar, no pude contener mi impaciencia y entré al Cheomseongdae casi antes de que ellos cruzaran el umbral.

Nada más entrar, el corazón se me encogió. El lugar estaba sumido en un abandono imperdonable; al ser un espacio donde solo trabajaban hombres, el descuido era evidente. Las mesas estaban cubiertas por una fina capa de polvo y los instrumentos de medición no descansaban en sus estantes.

—¡Este lugar es un desastre! —exclamé, olvidando por completo la prudencia—. ¿Es que nadie se da cuenta de la importancia de su rol? ¿O del valor que tienen el hanji (papel tradicional) y el sago (archivos históricos)? ¡Nada está en su lugar! ¿Qué les sucede?

Mi padre, visiblemente avergonzado frente al Bujang, me miró con fijeza. —Hija... ¿qué estás haciendo? Ven aquí.

Al notar la expresión de reproche de mi padre y la mirada penetrante de Kang-dae, comprendí que mi arrebato me había expuesto demasiado. Traté de suavizar mis palabras con una sonrisa forzada, intentando ocultar mi frustración bajo una capa de deber doméstico.

Traté de suavizar mis palabras con una sonrisa forzada, intentando ocultar mi frustración bajo una capa de deber doméstico

—Padre, eres demasiado descuidado —dije, fingiendo una reprimenda de hija abnegada—. Si no fuera porque traigo a las mujeres a limpiar de vez en cuando, usted no se preocuparía por nada. Tienen que tener más cuidado, padre. El conocimiento no puede florecer entre el desorden.

Mi padre suspiró, aliviado por mi cambio de tono, pero Kang-dae no apartaba los ojos de las mesas. Él observaba cómo mis manos buscaban instintivamente los pinceles y el papel, y supe que mi "coartada" de hija preocupada por la limpieza no lo estaba convenciendo del todo. Él veía más allá de la superficie.

Dentro del Cheomseongdae, el aire era diferente. No era solo el aroma a tinta vieja y papel seco; era la lealtad. Todos los eruditos de confianza, aquellos que habían envejecido bajo la tutela de mi padre, conocían la verdad: yo era quien trazaba los mapas que se enviaban al palacio. Eran mis cómplices silenciosos, unidos por un respeto profundo hacia mi padre y un afecto casi familiar hacia mí. En ese lugar, mi secreto no era una carga, sino un tesoro protegido por muchos.

Uno de los eruditos se acercó a saludarnos con una reverencia exagerada, distrayendo a Kang-dae con preguntas técnicas sobre el palacio. Aproveché la escena perfecta para escabullirme. Mi padre siempre mantenía mis utensilios en el mismo rincón de su oficina privada, respetando mi espacio incluso cuando yo no estaba.




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