Detrás de mí, sobre la mesa, la placa oficial del observatorio brillaba con una frialdad casi ritual con una frialdad acusadora, pero yo solo podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Kang-dae. Él avanzó con la determinación de un cazador, acortando la distancia hasta que me vi obligada a retroceder, chocando contra el borde de madera de mi escritorio.
Me tenía acorralada.
Se acercó tanto que nuestras respiraciones se mezclaron en un solo suspiro errático. Sus ojos, oscuros y cargados de una tormenta que no lograba descifrar, buscaban en los míos una confesión que yo no me atrevía a pronunciar. En un arranque de nerviosismo, mi mirada traicionera descendió de sus ojos a sus labios, trazando la línea firme de su boca.
Él lo notó. Vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo inclinaba el rostro, acercando sus labios a los míos con una lentitud tortuosa que me robaba el aliento. Estábamos tan cerca que el más mínimo movimiento borraría el espacio entre nosotros, y la electricidad en el aire era tan intensa que podía saborearla. Mis manos, apoyadas en la mesa a mis costados, buscaron un punto de apoyo, pero la madera estaba resbaladiza por el barniz y la urgencia de mi pulso.
En un acto instintivo de retroceder, mis manos resbalaron. Perdí el equilibrio por un segundo. Y en ese instante, en lugar de dejarme caer, sus manos me sujetaron con la rapidez de un rayo, atrayéndome hacia él. Nuestros cuerpos se tensaron, y entonces, ocurrió.
Sus labios apenas rozaron los míos. Fue un contacto sutil, casi etéreo, pero que incendió cada fibra de mi piel. Pude sentir la suavidad inesperada, la calidez de su aliento mezclándose con el mío, el cosquilleo eléctrico que recorría cada nervio. No fue un choque, sino una caricia incierta, un juramento a medias. Mi mente se vació de todo, excepto de la increíble, prohibida, deliciosa sensación de su boca sobre la mía. Fue un roce que duró una eternidad y un instante, prometiendo un abismo de deseo que estaba prohibido explorar.
En ese rincón oscuro del observatorio, el mundo exterior desapareció. No había reyes enfermos, ni conspiraciones de seda, ni la placa de bronce. Solo existía el temblor de su boca contra la mía, un delicado, peligroso y dulce roce que nos dejaba suspendidos en el filo de lo imposible.
"Kang-dae se retiró de golpe, como si lo hubiera quemado un rayo. Su rostro, antes cargado de deseo, era ahora una máscara de confusión y urgencia mientras trataba de recuperar el aliento.
—Señorita, discúlpeme —balbuceó, evitando su mirada—. Solo... solo intentaba alcanzar la placa de bronce que está detrás de ti. No fue mi intención.
Haneul se giró lentamente hacia la mesa, apoyando una mano sobre la madera para no tambalearse mientras intentaba recomponer su compostura y alisar su hanbok. Su corazón latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo.
—Joven Bujang, debió preguntarme —respondió ella, con la voz todavía un poco quebrada—. Yo misma se la habría entregado.
—No pensé que fueras tan torpe como para resbalarte —le reclamó él, tratando de usar su tono de mando para ocultar lo mucho que le temblaban las manos.
Haneul soltó una risa nerviosa, girándose para enfrentarlo con un fuego renovado en los ojos. —¡Oh! ¿Así que ahora es mi culpa que tus labios hayan tocado los míos?
En ese preciso instante, el pesado chirrido de la puerta de madera los congeló. El padre de Haneul entró en la oficina, deteniéndose en seco al ver la estrecha distancia que aún separaba a su hija del soldado.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el hombre, entornando los ojos y fingiendo un enojo que ocultaba una profunda sospecha.
Kang-dae se puso rígido como una piedra. Dio una reverencia tan profunda que casi golpea el suelo. —¡Discúlpeme! Tengo que retirarme de inmediato. Debo enviar un mensaje al señor Min para informarle que... que todo está en orden por aquí.
Sin esperar respuesta, el Bujang salió de la habitación a zancadas, huyendo de la atmósfera eléctrica que acababa de crear. Haneul se quedó allí, pasando un mechón de pelo tras su oreja con dedos temblorosos.
—Estás loca, Haneul... —susurró para sí misma, sintiendo aún el calor del roce en sus labios.
Su padre se acercó lentamente, observando la descompostura de su hija con una mezcla de preocupación y sabiduría. —¿Todo está bien con el joven Bujang, Haneul?
Ella lo miró con los ojos muy abiertos, sosteniendo la placa de bronce contra su pecho como si fuera un escudo. —Sí, padre... todo está bien."
Kang-dae se alejó del observatorio a paso rápido, pero su mente se había quedado atrapada en aquella oficina. Durante todo el camino, el recuerdo del roce de los labios de Haneul lo perseguía como una sombra. Inconscientemente, llevó una mano a su pecho; bajo la palma, su corazón golpeaba con una fuerza violenta, rítmica y frenética, como el redoble de los tambores de guerra antes de una carga.
De pronto, se detuvo en seco en mitad del sendero. El silencio del bosque acentuaba el estruendo en sus oídos. Se quedó allí, inmóvil, escuchando ese latido desbocado que parecía querer romperle las costillas. No podía creerlo. Había besado a la señorita Haneul.
—¿Qué es este sentimiento tan extraño? —susurró para sí mismo, su voz apenas un hilo de aire—. Ni siquiera cuando he estado a las puertas de la muerte, mi corazón se había alborotado de esta manera.
Un escalofrío repentino recorrió su columna, haciéndolo estremecer. Exhaló un suspiro tan delicado que el aire pareció acariciar su propio rostro, el cual se había teñido de un rojo profundo que no podía ocultar. En un intento desesperado por recuperar su orgullo de guerrero, sacudió la cabeza y apretó los dientes.