Al llegar a su aposento, Kang-dae preparó los utensilios con la rigidez de un autómata. Debía redactar el informe para el señor Min, confirmando que ya estaba establecido y detallando la situación en el observatorio. Pero al tomar el pincel, la firmeza que lo caracterizaba en el campo de batalla lo abandonó; su mano empezó a temblar de forma incontrolable.
De pronto, el recuerdo del beso cruzó su mente como un relámpago, quemando su concentración. Sacudió la cabeza con rapidez, tratando de desterrar la sensación de los labios de Haneul, y volvió a apoyar el pincel contra el papel hanji. Sin embargo, la superficie blanca se convirtió en un espejo: allí, entre las fibras del papel, visualizó con una claridad dolorosa el rostro de Haneul y el gesto delicado de su mano deslizando el cabello tras su oreja.
Frustrado y asustado, arrugó el papel con furia, convirtiéndolo en una bola que lanzó al piso con desprecio.
—Vamos, Kang-dae... ¡concéntrate! —Se ordenó a sí mismo en un gruñido.
Tomó un nuevo pliego, sumergió el pincel en la tinta y, justo cuando iba a trazar el primer carácter, una gota negra cayó, manchando el papel inmaculado como una mancha de culpa. Se quedó observando el borrón que se expandía lentamente, igual que el caos en su interior.
—¿Qué voy a hacer ahora? —susurró al aire, sintiendo que las paredes de su lealtad se derrumbaban.
Soltó el pincel, dejando que rodara sobre la mesa, y se dejó caer hacia atrás. El golpe seco de su espalda contra la madera fría del suelo fue lo único que lo ancló a la realidad. Allí, mirando el techo en penumbra, comprendió que ya no podía escribir la verdad, porque la verdad lo destruiría a él y a la mujer que acababa de besar.
Mientras Haneul limpiaba el espacio que su padre le había asignado dentro de la oficina, sus movimientos eran mecánicos, pero su mente estaba a leguas de allí. Cada vez que cerraba los ojos, sentía de nuevo el roce eléctrico de los labios del joven Bujang. No podía creer que algo así hubiera sucedido en el corazón del observatorio. Una sonrisa involuntaria iluminaba su rostro mientras pasaba el paño, perdida en un ensimismamiento que no pasó inadvertido.
Su padre, observándola desde su escritorio, notó de inmediato la extraña alegría de su hija. De repente, el estrépito de algo cayendo rompió el silencio: Haneul había dejado caer el meok (la barra de tinta sólida).
—¿Estás bien, hija? —preguntó su padre, levantándose de la silla con preocupación.
—¡Disculpa, padre! —exclamó ella, sobresaltada.
—¿Por qué estás tan despistada hoy? —insistió él, caminando hacia ella.
Haneul se agachó rápidamente para recoger la tinta, tratando de ocultar el rubor de sus mejillas. —Discúlpame, padre... no vi el meok, fue un descuido.
El anciano, que conocía bien los silencios de su hija y sospechaba lo que había ocurrido antes de su entrada, cruzó los brazos. —Desde que el joven Bujang llegó a esta casa, andas muy nerviosa. ¿Acaso ocurre algo que deba saber?
Haneul agitó las manos con rapidez, en un gesto de negación exagerada. —¡No, padre! Solo me distraigo al ver tanto polvo acumulado. ¿Por qué no habías mandado a limpiar aquí? Todo está sucio y fuera de su lugar. Tienes que ser más cuidadoso con los hanji y los sagos de tu oficina. No podemos permitir este desorden.
—¿Segura de que es solo eso? —replicó el padre con una sonrisa cómplice que Haneul no se atrevió a mirar. Sin decir más, caminó hacia la salida, dejándola a solas con sus pensamientos.
Mientras tanto, en sus aposentos, la atmósfera para Kang-dae era mucho más sombría. La puerta se abrió y un soldado entró, rompiendo su momento de debilidad. El hombre hizo una reverencia profunda y permaneció en silencio. Kang-dae, con el corazón todavía pesado y la mano firme a la fuerza, le entregó una nota sellada.
—Lleva esto de inmediato al señor Min —ordenó con voz gélida.
El soldado tomó la misiva dirigida al hombre más peligroso del palacio.
El estado del monarca empeoraba con cada amanecer. En los pasillos herméticos del palacio, el aire estaba viciado por un susurro sobre su extraña enfermedad, mientras el señor Min devoraba terreno político, sumando aliados como un depredador hambriento. Los rumores ya no se limitaban a la corte; habían cruzado los muros, sembrando el miedo en el pueblo: se decía que una anomalía fatal se ocultaba en los trazos del Cheonsang Yeolcha Bunya Jido.
Para los eruditos, el mensaje era claro y aterrador. El desequilibrio cósmico no era un error de cálculo, sino un castigo; los cielos reflejaban la pérdida de virtud del Rey y la corrupción que supuraba en el palacio. Mientras unos se unían a la causa de Min por ambición o miedo, una pequeña comitiva permanecía fiel a la corona, resistiendo en las sombras. Min, sin embargo, ya tenía su telaraña tejida. Su última carta estaba lista: tomar el control del Cheomseongdae y derrocar al padre de Haneul.
Un soldado del joven Bujang llegó al palacio con el mensaje de Kang-dae. Con una reverencia cargada de respeto, entregó la misiva y se retiró con la rapidez de quien sabe que transporta fuego. Al abrirla a solas, el rostro del señor Min se contrajo en un gesto de profunda preocupación.
—Dile a mi espectro que me vea en el lugar de siempre al caer la noche —ordenó a su guardia más cercano.
Bajo el manto de una oscuridad total, en una aldea casi desierta, el encuentro tuvo lugar. Min, con el rostro oculto, llegó a una casa abandonada donde solo el guardia del pañuelo azul lo esperaba. El silencio era absoluto, roto únicamente por el crujido de la madera vieja. Dentro de la cabaña, la única luz era la que se filtraba por las ranuras del techo roto: fragmentos de luna y estrellas que caían sobre ellos como juicios divinos.