Bajo el Cielo de Joseon

Capítulo 30: La Noche en que se Rompió la Lealtad

Kang-dae y sus hombres peinaron cada rincón del área, rastreando huellas entre la maleza y las sombras de los muros del observatorio. Sin embargo, en el fondo de su alma, el Bujang sabía que no buscaban a un simple ladrón. Sabía que el señor Min había empezado a desconfiar y que, probablemente, aquel intruso era el espectro de su señor, enviado para obtener la información que él estaba ocultando.

Entendió con una amargura fría que sus mensajes cortos y evasivos ya no tendrían impacto. El tiempo de las palabras se había agotado; ahora, tenía que actuar antes de que el mundo que intentaba proteger se viniera abajo.

Al entrar en sus aposentos esa misma noche, Kang-dae tomó una decisión suicida: iría él mismo al palacio. No enviaría a otro mensajero. Cruzaría los umbrales de la corte para entregar el informe en persona. Quería mirar a los ojos al señor Min, sentir el peso de su ambición y descifrar, entre los pliegues de su cortesía falsa, cuáles serían sus siguientes movimientos.

Preparó su caballo bajo el manto de la madrugada, usando como pretexto la urgencia de entregar el informe y el deber de informarse sobre la salud declinante del monarca. Pero en el fondo, Kang-dae sabía que se dirigía al epicentro de la tormenta, donde un solo paso en falso revelaría que el soldado más fiel del reino se había convertido en el protector de la mayor traición.

Habían pasado varias noches de viaje antes de que las imponentes puertas del palacio se alzaran frente a Kang-dae. Dentro de aquellos muros, el aire era denso y ponzoñoso; en ese mismo instante, el señor Min se encontraba reunido con su cónclave más cercano, conspirando contra la corona entre sorbos de té y promesas de poder.

Bajo un cielo blanqueado y carente de estrellas —como si el firmamento mismo se negara a presenciar la traición—, el joven Bujang cruzó el umbral principal acompañado por dos de sus hombres de confianza. Sin embargo, su verdadera ventaja lo esperaba en la penumbra del patio trasero.

Allí, oculto entre las sombras de las caballerizas, su tercer soldado leal aguardaba para informarle de cada movimiento que Min había realizado en su ausencia. Porque Kang-dae no era ingenuo: sabía que, a pesar del afecto mutuo que ambos fingían profesar, su relación era un campo de minas. Tenía claro que el día en que dejara de ser útil a los propósitos de Min, su cabeza rodaría por el suelo sin vacilación.

Por eso, antes de partir hacia el observatorio, había dejado atrás a su hombre más sagaz, alguien cuya lealtad era tan absoluta que preferiría la muerte antes que revelar el nombre de su señor. Mientras Min creía tener el control total, Kang-dae ya había plantado sus propios ojos en el corazón de la red de la araña. El juego ya no era de uno solo; ahora, los dos depredadores estaban en el mismo terreno.

—Subgeneral, recibí su mensaje. Me alegra que haya llegado con bien —exclamó el soldado con un hilo de voz, emergiendo de las sombras del patio.

Kang-dae no necesitó hablar. Giró levemente la cabeza hacia los dos hombres que lo escoltaban; ellos, entendiendo la orden silenciosa, se dispersaron de inmediato para vigilar el perímetro, dejando a los dos hombres en una privacidad tensa.

—¿Cómo están las cosas aquí? —preguntó el joven Bujang, con la mandíbula apretada.

—Todo es un caos, señor. El señor Min gana fuerza cada día; tiene el favor de la corte y, lo que es peor, el del mismo Rey. Desde su partida, las puertas del palacio permanecen cerradas y en los pasillos solo se murmura que una desgracia irreversible ha caído sobre Joseon.

El soldado hizo una pausa, tragando saliva antes de continuar con amargura: —Afuera, la hambruna se expande como una plaga por todas las comunidades. El señor Min finge que le importa, pero en privado solo se burla del sufrimiento del pueblo. Ahora mismo, él es el único con acceso a los aposentos del Rey. Está reunido en secreto con su grupo de ladrones...

Al notar la mirada gélida de Kang-dae, el soldado bajó la cabeza rápidamente. —Disculpe mi imprudencia, señor. Me refiero a que está reunido con eruditos y nobles de las casas más poderosas de la región.

Kang-dae no respondió de inmediato. Sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de su espada con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La rabia le quemaba las venas, no solo por la traición al trono, sino por la hipocresía de Min. Puso una mano firme sobre el hombro de su subordinado, un gesto de gratitud y camaradería.

—Gracias por la información y por mantenerte firme en tu puesto —dijo Kang-dae, su voz ahora era un susurro letal—. Vamos a esos aposentos. Es hora de verle la cara a la traición.

Con el acero de su espada listo y el corazón endurecido, el Bujang avanzó hacia el corazón del palacio, decidido a interrumpir la reunión que definiría el futuro del reino.

Con el acero de su espada listo y el corazón endurecido, el Bujang avanzó hacia el corazón del palacio, decidido a interrumpir la reunión que definiría el futuro del reino

Kang-dae llegó a los aposentos, pero no entró por la puerta principal. Se deslizó en una estancia contigua, separada de la reunión apenas por un fino panel de madera y papel. Al otro lado, el sonido de las risas y el tintineo de las tazas de porcelana le revolvió el estómago. Las jerarquías más poderosas del reino carcajeaban sobre la agonía del Rey y brindaban té amargo por un plan que marchaba a la perfección.

Las jerarquías más poderosas del reino carcajeaban sobre la agonía del Rey y brindaban por un plan que marchaba a la perfección.




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