Al intentar salir con rapidez, su bota tropezó con un objeto decorativo que cayó al suelo con un estrépito metálico. El silencio al otro lado de la pared fue instantáneo y aterrador.
—¿Quién está ahí? —tronó la voz del señor Min, perdiendo toda su alegría.
Kang-dae no esperó a escuchar más. Salió corriendo por los pasillos en penumbra, consciente de que el sonido había alertado a los lobos. Ahora ya no solo era un espía que sabía demasiado; era una presa marcada en el corazón de su propio hogar.
El General se puso en pie con la rapidez de un depredador y abrió de golpe la puerta del aposento. Con un grito de mando, ordenó a sus guardias registrar cada rincón del palacio y dar caza al intruso. Mientras tanto, el señor Min permanecía en un silencio sepulcral, con la mirada fija en el techo y el rostro ensombrecido por una preocupación que no lograba articular.
Kang-dae, sin embargo, conocía los pasillos como la palma de su mano. Logró evadir la vigilancia y salió del palacio convertido en una sombra, cabalgando sin descanso hasta llegar a su casa donde vivían su madre y su hermano menor. Sus dos guardias de confianza, anticipándose a cualquier peligro, se desplegaron por los alrededores antes de que él siquiera tocara la puerta.
Cuando su madre abrió y lo vio allí, a tan altas horas de la noche, una punzada de angustia le atravesó el pecho. No era propio de él aparecer sin aviso, y menos con esa expresión que cargaba el peso de mil batallas.
—¿Estás bien, hijo mío? —preguntó ella con la voz quebrada.
Kang-dae no respondió con palabras. Se abalanzó sobre los hombros de su madre, hundiéndose en su abrazo como alguien que lo ha perdido todo y busca desesperadamente un ancla. Ella lo sostuvo con fuerza bajo la espesa noche, comprendiendo que el hombre que el reino llamaba Bujang, en ese momento, solo era un niño asustado por la maldad del mundo.
Poco después, mientras la madre preparaba algo de comer con manos temblorosas pero amorosas, Kang-dae salió al patio delantero. Allí, entre las sombras del jardín, comenzó a jugar con su hermano menor a ser soldados. El pequeño reía, imitando los movimientos de su héroe, mientras su madre los observaba desde la cocina con una mezcla de orgullo y tristeza. Ver a sus dos hijos juntos, unidos por el juego y la sangre, era el único milagro que necesitaba, aunque presentía que esa paz sería tan efímera como el rocío de la mañana.
Con el paso de los días, una calma tensa se instaló en el observatorio. Haneul recuperó la libertad de entrar y salir de las salas de estudio, aunque ahora sentía siempre la mirada vigilante y protectora de su padre sobre ella. Sin embargo, esa libertad sabía a ceniza. Sus jornadas transcurrían entre el estudio del firmamento y el trazado de mapas, pero sus ojos ya no buscaban estrellas, sino recuerdos.
El risco se convirtió en su santuario y su tortura; lo frecuentaba cada noche, allí donde el viento todavía parecía susurrar el nombre del joven Bujang. La felicidad que antes radiaba su rostro, incluso en los momentos de mayor peligro, se había evaporado. Su mirada se volvió opaca, perdiendo ese brillo chispeante que la caracterizaba.
Su padre observaba el declive de su hija en silencio. Como sabio y como padre, sabía perfectamente que el corazón de Haneul se había marchado con Kang-dae, pero prefería ignorar el asunto, esperando que el tiempo fuera el remedio para un mal que él mismo no sabía cómo sanar.
Incluso su momjong (criada personal) intentaba consolarla, leyéndole poemas de amor y naturaleza bajo la luz de las lámparas de aceite. Pero Haneul no escuchaba. Suspendida en un limbo emocional, parecía vivir entre otros mundos y otras constelaciones, habitando un universo donde el único habitante era el hombre que se había llevado su paz y su tinta.
Pero las sombras, persistentes y hambrientas, volvieron a acechar el observatorio. Una tarde, al entrar en su estudio, Haneul se detuvo en seco: el aire en la habitación se sentía diferente, profanado. Sus mapas y escritos, aquellos que custodiaba con tanto celo, estaban desparramados por el suelo como si una mano frenética hubiera hurgado entre ellos buscando un secreto oculto.
—Todo parece estar en su lugar... —susurró con voz agotada, tratando de convencerse a sí misma mientras recogía los pergaminos con dedos temblorosos.
Sin embargo, un instinto primario la obligó a mirar por la ventana. A lo lejos, recortado contra el horizonte, pudo divisar una figura que le heló la sangre: el hombre del pañuelo azul montado en su caballo, observando el edificio como un cuervo esperando su momento. Haneul se asomó desesperadamente para identificarlo con claridad, pero el espectro del señor Min, consciente de haber sido descubierto, espoleó a su montura y desapareció entre la espesura antes de que ella pudiera reaccionar.
El pánico se apoderó de ella. Corrió hacia el exterior del observatorio, buscando rastro de la figura, pero el camino estaba desierto. Sin pensarlo dos veces, montó su propio caballo y cabalgó a galope tendido hacia su casa, con el corazón en la garganta y la imagen de su padre siendo arrestado martilleando en su mente.
Al llegar, la imagen que la recibió fue el polo opuesto a su caos interno. Su padre estaba sentado en el patio, bebiendo su té con parsimonia mientras disfrutaba de la paz de un atardecer teñido de oro. Haneul soltó un sollozo ahogado, una mezcla de alivio y agotamiento, y caminó lentamente hacia él.