Haneul caminó hacia sus aposentos sin apresurar el paso, pero con una rigidez que hacía crujir el aire a su alrededor. No era debilidad lo que la sostenía erguida, sino orgullo herido. Cada tablón de madera bajo sus pies parecía marcar el final de una ilusión que ella misma había permitido crecer.
Al entrar, el vapor del baño la envolvió con suavidad. Se despojó del hanbok sin ayuda y descendió al agua caliente con una calma que no sentía. No buscaba limpieza. Buscaba silencio.
Su momjong vertía esencias de flores en la tina mientras hablaba con la ligereza habitual de las cocinas.
—Las sibi no dejan de comentar lo apuesto que es el joven Bujang. Dicen que los patios se sienten vacíos sin su presen—
—Basta.
No fue un grito. Fue una palabra firme, baja, pero afilada.
La criada se quedó inmóvil.
Haneul no levantó la voz. No la necesitaba.
—Ese nombre no volverá a pronunciarse en esta casa en mi presencia.
El agua apenas se movía alrededor de sus hombros. Sus manos descansaban sobre el borde de la tina, inmóviles.
—Si escucho un solo susurro más sobre él, asumiré que mis órdenes no son respetadas.
No había furia en su tono. Solo decisión.
La momjong inclinó la cabeza con rapidez.
—Sí, señorita.
Cuando quedaron solas, Haneul cerró los ojos y se hundió lentamente bajo el agua. El mundo se volvió distante, ahogado. Allí, en el fondo tibio, no existían el palacio, ni el Rey, ni el Bujang.
Al emerger, el aire le supo a hierro.
Se miró las manos. La tinta había desaparecido, pero la marca que él había dejado no.
Comprendió entonces algo que dolía más que cualquier traición: no había sido engañada por un enemigo. Había sido engañada por su propia esperanza.
El hombre que creyó protector era, ante todo, un hombre del palacio.
Y el palacio no protegía. Devoraba.
Haneul apoyó la espalda contra la cerámica y dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
No lloró.
No tembló.
Simplemente decidió.
El cielo volvería a ser suyo.
Pero esta vez, no lo miraría con ingenuidad, sino con cálculo.
Si el Bujang creía haberla descubierto, estaba equivocado.
La cacería no había terminado.
Apenas comenzaba.
A la mañana siguiente, antes de que el cielo anunciara el amanecer, Haneul ensilló su caballo en silencio y partió hacia el observatorio. El aire aún estaba frío y el mundo parecía suspendido entre la noche y el día, como si el tiempo mismo dudara en avanzar.
Al llegar, no perdió un instante. Cerró las puertas con firmeza y comenzó a reunir cada mapa, cada pergamino y cada anotación que pudiera comprometerla si caían en manos equivocadas. Con movimientos meticulosos, guardó los cálculos más delicados y ocultó los registros que revelaban su verdadera autoría.
Reordenó el estudio dejando únicamente los escritos ocasionales de su padre, aquellos que nadie cuestionaría. Borró cuidadosamente cualquier rastro de su presencia: limpió la tinta fresca, retiró los pinceles y cerró el tintero de meok como si clausurara una parte de sí misma.
Estaba más decidida que nunca a proteger el secreto. Y si para lograrlo debía apartar, aunque fuera por un tiempo, el pincel y la piedra de tinta que habían sido su refugio, estaba dispuesta a correr ese riesgo.
Su mente, entrenada para encontrar orden en el caos de las galaxias, empezó a trazar un plan. Si Min quería un secreto, ella le daría uno. Si Min quería un culpable, ella inventaría un monstruo. La mirada del palacio estaba clavada en el observatorio, y la única forma de arrancarla era provocando un incendio —físico o político— que obligara a los conspiradores a correr en la dirección opuesta."
Mientras Haneul reorganizaba el observatorio, ignoraba que en el palacio los acontecimientos ya se movían fuera de su control.
Kang-dae fue enviado a la frontera junto a su batallón. Partió con la tristeza clavada en los ojos, pero como todo Bujang llamado al campo de batalla, no tuvo derecho a titubear. El deber no admitía despedidas ni advertencias. Se marchó sin poder alertar a Haneul de lo que había descubierto en los aposentos del palacio, dejando tras de sí un silencio peligroso.
Una mañana gris, cuando la salud del monarca pendía de un hilo invisible, el Rey ordenó llamar a uno de los eruditos más antiguos y respetados del reino: Lord Yi Seong-jae, antiguo Yeonguijeong (Primer Consejero de Estado retirado).
Su familia había servido a Joseon por generaciones. Jamás participaron en purgas ni en conspiraciones, y su linaje era sinónimo de rectitud. El Rey lo apreciaba profundamente y, aun retirado, lo convocaba en ocasiones para asuntos delicados que requerían juicio moral y experiencia política.
Después de Min Seok-ryeon, era el único hombre cuya palabra aún pesaba ante el trono.