El Rey sabía que Lord Yi desconfiaba de Min y de la forma en que manejaba ciertos asuntos dentro de la corte. Por eso lo mandó a buscar en secreto: deseaba consultarle personalmente sobre rituales, equilibrios celestes y decisiones morales que podrían definir el destino del reino.
Cuando Lord Yi recibió el mensaje real, no dudó en acudir de inmediato. Hacía tiempo que no veía al monarca, y la solicitud era más que un honor: era una señal de que el Rey aún buscaba consejo fuera de la sombra de Min.
Además, la visita le brindaría la oportunidad de ver a su hijo, Yi Jun-ho, quien servía como Daesagan, Jefe de la Oficina de Censura (Saganwon), una de las instituciones más poderosas y peligrosas del palacio.
Consciente del estado médico del Rey, Lord Yi no acudió con las manos vacías. Mandó llamar a un Yakcho-ui, un herbolario experto, para preparar mezclas aromáticas y medicinales dignas del monarca. No eran simples hierbas: eran un gesto de lealtad antigua, un recordatorio silencioso de que aún existían hombres que servían al trono y no a la ambición.
Mientras el palacio se cerraba sobre sí mismo como una flor marchita, una vieja alianza comenzaba a despertar.
Bajo el cielo pálido de la mañana, Lord Yi Seong-jae cruzó las puertas del palacio como un árbol antiguo que vuelve a erguirse en medio de una tormenta.
Cuando su nombre fue anunciado en los corredores, incluso el murmullo constante de los funcionarios se apagó, como si la propia corte recordara, de pronto, el peso de la palabra rectitud.
Desde el interior de los aposentos reales, una voz debilitada pero aún autoritaria ordenó su entrada.
Lord Yi avanzó con paso firme y, al llegar ante el lecho del monarca, realizó una reverencia profunda, inclinándose con el respeto que solo los años de lealtad sincera pueden sostener.
—¿Cómo se encuentra Su Majestad? —preguntó con serenidad—. He escuchado que su salud no ha sido favorable. Me permití traerle algunas hierbas preparadas por un Yakcho-ui de mi entera confianza. Quizás puedan aliviar sus dolencias.
Tomó el cofre de manos de su escolta y lo sostuvo frente al Rey con solemnidad.
El monarca, pálido y visiblemente debilitado, alzó una mano temblorosa y señaló a uno de sus sibi, indicándole que recogiera el cofre y lo entregara al Naeui, el Médico Real.
Luego, con un leve gesto de los dedos, ordenó que todos abandonaran la estancia.
Las puertas se cerraron.
El silencio que quedó fue más pesado que el incienso que aún ardía en los pebeteros.
—Siéntate, Consejero Yi —murmuró el Rey.
Lord Yi obedeció.
El monarca lo observó durante unos segundos, como si buscara en su rostro la estabilidad que el reino había perdido.
—Gracias por venir a verme con tanta prontitud.
—Me alegra saber que Su Majestad aún me considera necesario —respondió Yi con humildad—. Y me preocupa profundamente su estado.
El Rey exhaló con dificultad.
—Como bien sabes... no estoy bien. Los médicos no logran determinar la naturaleza de mi mal. Mi cuerpo se debilita, y con él... el reino.
Hubo una pausa. El viento golpeó suavemente los paneles de papel.
—Hay asuntos que debo dejar resueltos... en caso de que el Cielo decida llamarme antes de lo previsto.
La expresión de Lord Yi se ensombreció.
—Majestad, no hable así...
—Escúchame, Yi Seong-jae —interrumpió el Rey con firmeza inesperada—. Necesito saber si aún puedo confiar en lo que veo en mi propia corte.
El silencio se volvió más denso.
—Dime —continuó el monarca—, ¿qué opinas del rumbo que ha tomado el reino... y de quienes dicen protegerlo?
Lord Yi comprendió.
Aquella no era una conversación sobre salud.
Era una confesión velada.
Con el rostro grave y el corazón cargado de presagios, respondió:
—Majestad... dígame cómo puedo servirle. Y hablaré con la verdad que siempre he sostenido, incluso si esa verdad resulta incómoda.
El Rey permaneció en silencio unos instantes antes de hablar. Su voz, aunque delgada por la enfermedad, conservaba la gravedad de quien ha gobernado un reino entero.
—Los murmullos recorren los pasillos del palacio... y lo que se susurra dentro de estas murallas ha llegado también hasta mis oídos. Se dicen demasiadas cosas, Yi Seong-jae. El reino se está dividiendo... y no alcanzo a distinguir quién ha sembrado esta fractura.
Hizo una pausa para recuperar el aliento.
—He escuchado que mi pueblo muere de hambre. Que las aldeas se vacían. Que los hombres venden sus tierras y las madres lloran en silencio. Y lo que más me atormenta... es que también he escuchado que el pueblo ya no me mira con respeto, sino con resentimiento.
Sus dedos temblaron levemente sobre las mantas de seda.
—Entre conspiraciones a mis espaldas, ya no sé a quién acudir. Mi propia corte parece inclinarse hacia intereses que no me pertenecen. La balanza del poder se inclina... y no es a mi favor.
Sus ojos, debilitados pero aún penetrantes, se clavaron en Lord Yi.
—Necesito que seas mis ojos y mis oídos. Dentro y fuera del palacio. Necesito saber quién sirve al reino... y quién sirve a sí mismo. El orden debe restablecerse. No por mi nombre, sino por Joseon.
El silencio posterior fue pesado, casi sagrado.
Lord Yi inclinó la cabeza profundamente.
—Majestad, mientras me quede aliento, mi lealtad será para el trono y para el Cielo que lo sostiene.
El Rey asintió apenas, agotado.
La conversación había terminado.
Lord Yi se levantó con solemnidad, realizó una reverencia profunda y se retiró en silencio, dejando al monarca descansar bajo el peso invisible de la corona.