Unos días después, padre e hijo hicieron los preparativos necesarios y, tomando solo lo indispensable para el viaje, emprendieron camino hacia Cheomseongdae. No enviaron aviso alguno al erudito del observatorio; Lord Yi prefería llegar sin anunciarse, observar con sus propios ojos y escuchar con sus propios oídos antes de que las noticias del palacio alteraran el ambiente del lugar.
Durante el trayecto, mientras los caballos avanzaban por caminos cubiertos de polvo y viento, el viejo consejero se sumió en sus pensamientos. Fragmentos de su juventud regresaban a su memoria como ecos lejanos: noches de estudio bajo la luz tenue de las lámparas, discusiones interminables sobre filosofía y los misterios del firmamento, y la voz tranquila de Han Ji-won señalando las estrellas como si el cielo fuera un libro abierto ante sus ojos. Lord Yi Seong-jae y Han Ji-won habían compartido más que simples años de estudio en su juventud. Ambos crecieron bajo los mismos techos académicos, cuando todavía eran jóvenes eruditos que soñaban con servir al reino bajo el mismo cielo que ahora amenazaba con dividirlos.
En aquellos días, pasaban noches enteras estudiando los movimientos de las estrellas y discutiendo los principios de los clásicos confucianos, convencidos de que el conocimiento y la virtud podían sostener el destino de Joseon.
Pero el tiempo, como siempre, eligió caminos distintos para cada uno.
Yi Seong-jae decidió entrar en la política, creyendo que desde la corte podría proteger el orden del reino.
Han Ji-won, en cambio, eligió el camino del conocimiento puro, dedicando su vida al estudio del cielo y a la búsqueda de la verdad en los movimientos de los astros.
No hubo traición entre ellos.
Ni palabras amargas.
Solo el peso silencioso de decisiones distintas... y el orgullo de dos hombres que jamás retrocedieron de los caminos que habían elegido.
Sin embargo, los años no lograron borrar el respeto que una vez se tuvieron. Y ahora, en medio de un reino que parecía fracturarse bajo intrigas y ambiciones, el destino volvía a cruzar sus nombres bajo el mismo cielo que ambos habían jurado comprender.
El tiempo había llevado a cada uno por senderos distintos, pero ahora, muchos años después, esos dos caminos parecían dirigirse nuevamente hacia el mismo punto.
Y Lord Yi no estaba seguro de si aquel reencuentro traería respuestas... o problemas que ni siquiera las estrellas podrían explicar.
A su llegada, el señor Han Ji-won, al ser avisado de que los Yi habían llegado al observatorio, salió a recibirlos con paso ligero. No había olvidado a su viejo amigo, y la noticia de su presencia despertó en él una mezcla de sorpresa y alegría.
Cuando llegó al patio delantero, no pudo evitar sonreír al ver al consejero Yi Seong-jae caminando con las manos entrelazadas a la espalda, observándolo todo a su alrededor con la misma curiosidad de siempre. Tan absorto estaba examinando el lugar que no se percató de que el señor Han ya se encontraba justo frente a él.
—¡Por los cielos! —exclamó Yi, dando un pequeño sobresalto—. ¡Qué susto me has dado!
Han Ji-won soltó una risa tranquila.
—Sigues igual de curioso —respondió—. Siempre queriendo saber todo lo que ocurre a tu alrededor.
Ambos hombres estallaron en una carcajada que rompió la calma del patio.
—¿Y bien? —dijo el consejero Yi, aún sonriendo—. ¿No piensas ofrecerle una taza de té a este viejo amigo?
Han Ji-won negó con la cabeza, todavía sorprendido por la visita.
—Disculpa mi falta de modales —contestó—. Aún no puedo creer que estés aquí.
Mientras intercambiaban aquellas palabras de bienvenida, Yi Jun-ho, el hijo del consejero, permanecía varios pasos detrás de su padre. En silencio observaba la escena: dos hombres marcados por los años, riendo como si el tiempo no hubiera pasado, celebrando el simple milagro de volver a encontrarse.
Por un instante, el joven Daesagan comprendió que entre aquellos dos hombres existía una historia mucho más profunda de lo que había imaginado.
Mientras caminaban hacia el interior para tomar el té, el consejero Yi se detuvo de repente. Giró ligeramente la cabeza hacia atrás, como si acabara de recordar algo importante.
Entonces soltó una pequeña risa avergonzada y se inclinó ligeramente hacia su amigo.
—Disculpa mi torpeza —dijo con cordialidad—. En la emoción de volver a verte olvidé presentarte a mi hijo.
Agitó la mano con rapidez, indicándole que se acercara.
Yi Jun-ho avanzó unos pasos con calma.
El viejo consejero colocó una mano sobre el hombro del joven con evidente orgullo.
—Este es mi hijo, Yi Jun-ho. Actualmente sirve como Daesagan, jefe de la Oficina de Censura, el Saganwon.
El joven dio un paso al frente e inclinó la cabeza en una reverencia respetuosa.
—Es un honor conocerlo, señor Han.
Han Ji-won observó al muchacho por un momento, evaluándolo con la mirada tranquila de un erudito acostumbrado a leer más allá de las palabras. Luego sonrió con calidez.
—Qué hijo tan educado tienes —dijo con aprobación—. Se parece mucho a ti cuando eras joven.
El consejero Yi soltó una pequeña carcajada.
—Así es. Mi hijo es un joven dedicado a sus deberes.
Jun-ho, ligeramente sonrojado por los elogios, inclinó la cabeza con modestia.