Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 36: La inquietud del señor Min

Cuando el sol comenzó a descender y el cielo se tiñó de tonos dorados y rojizos, Han Ji-won miró a su amigo con una sonrisa hospitalaria.

—Esta casa es también la tuya —dijo con calidez—. No permitiré que regreses al palacio después de tantos años sin habernos visto. Quédate aquí esta noche.

De inmediato ordenó a los sirvientes que prepararan el aposento de visitas.

El consejero Yi inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto.

—Si no es una molestia, me gustaría que mi hijo y yo nos quedáramos aquí algunos días.

Han Ji-won soltó una breve carcajada.

—¿Molestia? Al contrario. Puedes quedarte todo el tiempo que desees.

Acto seguido llamó a uno de sus eunucos.

—Prepara un pequeño banquete para nuestros invitados —ordenó con entusiasmo—. Que haya música esta noche. Quiero celebrar la visita de mi viejo amigo.

El consejero Yi sonrió con cortesía, aunque en su interior sabía que aún no le había revelado la verdadera razón de su visita.

Han Ji-won continuó dando instrucciones.

—Y avisa a las momjong de mi hija que hoy tendremos invitados muy especiales.

El consejero Yi levantó las cejas con curiosidad.

—No me habías dicho que tenías una hija.

Han Ji-won soltó una risa ligera.

—Disculpa, en medio de tantas historias olvidé mencionarlo. Esta noche tendrás la oportunidad de conocerla.

El consejero Yi intercambió una breve mirada con su hijo, intrigado por aquella revelación.

Sin saberlo, aquella noche no solo marcaría el reencuentro de dos viejos amigos...

sino también el inicio de un encuentro que podría cambiar el destino de todos los que habitaban bajo ese mismo cielo.

La noticia no tardó en expandirse por los pasillos del palacio.

Los funcionarios murmuraban en voz baja, los eunucos intercambiaban miradas inquietas y los rumores viajaban de un patio a otro como hojas arrastradas por el viento. Muy pronto, aquella información llegó a los oídos del hombre que menos deseaba escucharla.

La llegada del antiguo Yeonguijeong Yi Seong-jae cayó sobre Min como un balde de agua helada.

Era algo que no había previsto.

Sin perder tiempo, solicitó audiencia inmediata con el Rey, quien aún yacía enfermo en sus aposentos.

Cuando el nombre de Min fue anunciado, el monarca ordenó que lo dejaran pasar.

Min entró con la elegancia contenida de un hombre acostumbrado al poder. Se inclinó profundamente ante el lecho real.

—Espero que su majestad se encuentre mejor esta mañana.

El Rey, pálido y debilitado, lo observó en silencio antes de responder con una voz débil.

—Mi salud no ha mejorado... pero sigo respirando.

Min guardó silencio un instante antes de lanzar la pregunta que realmente lo había traído allí.

—He escuchado que el antiguo Primer Consejero de Estado, Yi Seong-jae, fue convocado al palacio por orden de vuestra majestad.

¿Todo se encuentra en orden?

El Rey acomodó lentamente su cuerpo sobre los cojines.

—Sí. Lo hice venir porque deseaba consultar con él algunos asuntos del reino. En mi estado actual... su experiencia puede ser de gran ayuda.

Min entrecerró los ojos.

—Majestad... ¿acaso cree que no puedo ser sus ojos y sus oídos dentro del palacio?

El Rey lo miró con una expresión más severa.

—¿Por qué haces esa pregunta?

Min inclinó ligeramente la cabeza, aunque la tensión en su voz era evidente.

—Hasta ahora le he servido con absoluta fidelidad. He llevado los asuntos del reino con la mayor diligencia.

No comprendo por qué vuestra majestad necesita recurrir a un consejero que ya se ha retirado de la corte.

El silencio que siguió fue pesado.

El Rey lo observó con una mirada que, pese a su enfermedad, aún conservaba autoridad.

—¿Estás cuestionando mis decisiones?

Min bajó la mirada de inmediato.

—Jamás me atrevería, majestad.

Pero el Rey continuó hablando.

—La familia Yi ha servido a este reino durante generaciones. Su consejo siempre ha sido valioso para la corona.

Min inclinó la cabeza aún más profundamente.

—Discúlpeme, majestad. No era mi intención cuestionar su voluntad.

Este humilde servidor solo desea lo mejor para el palacio.

Hizo una reverencia forzada, manteniendo la mirada clavada en el suelo.

—Le deseo una pronta recuperación, mi rey.

Sin esperar respuesta, Min se retiró de los aposentos.

Las puertas se cerraron tras él.

Mientras avanzaba por los pasillos del palacio, su rostro se endureció lentamente. La máscara de obediencia desapareció, dejando al descubierto la ira que hervía bajo la superficie.

La llegada de Yi Seong-jae no era una simple visita.

Era una amenaza.

Y Min sabía que, si aquel viejo consejero empezaba a mover piezas dentro de la corte, su dominio sobre el palacio podría comenzar a resquebrajarse.

Sus pasos resonaron con furia contenida sobre el suelo de piedra.

El juego político acababa de volverse mucho más peligroso.




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