La momjong fue enviada a los aposentos de Haneul para informarle que aquella noche habría invitados y que su padre celebraría un banquete en honor a su visita.
Cuando la sirvienta entró en la habitación, Haneul estaba sentada junto a la ventana, observando el cielo con una expresión ausente.
—Señorita —anunció con una ligera reverencia—, su padre ha ordenado preparar un banquete esta noche. Ha llegado un viejo amigo suyo junto a su hijo, y desean celebrar su visita.
Haneul ni siquiera giró la cabeza.
—No asistiré —respondió con calma.
La momjong parpadeó, sorprendida.
—¿Se encuentra bien, señorita?
—Prefiero quedarme en mis aposentos esta noche.
La mujer dudó un instante antes de insistir.
—El invitado es un amigo de la infancia de su padre. Ha venido acompañado de su hijo, el Daesagan del Saganwon. Se quedarán algunos días en la residencia.
Haneul suspiró con cansancio.
—Aun así no asistiré.
Si puedes, ofrece mis disculpas a mi padre y a los invitados de mi parte.
La momjong la observó con atención. La conocía desde que ambas eran niñas, y algo en el semblante de la joven la inquietaba profundamente.
—Señorita… —dijo con cautela—. Lleva mucho tiempo actuando de una manera distinta. Su rostro ya no es el mismo. Antes disfrutaba cada amanecer y cada atardecer como si fueran un regalo del cielo.
Pero ahora… siempre la encuentro pensativa.
Hizo una pausa antes de preguntar con suavidad:
—¿Por qué ha cambiado tanto?
Haneul finalmente giró el rostro hacia ella. Sus ojos estaban serios, más fríos de lo habitual.
—¿No crees que esa pregunta va más allá de tus labores?
La momjong bajó la mirada de inmediato.
—Ve —continuó Haneul con firmeza— y dile a mi padre lo que te he ordenado.
La mujer se inclinó con rapidez, como quien teme haber cometido una ofensa.
—Disculpe mi atrevimiento, señorita.
Se retiró en silencio.
Mientras caminaba por el pasillo, murmuró para sí misma:
—Definitivamente algo le sucede a la señorita…
El mensaje fue transmitido de inmediato al eunuco de la casa.
Poco después, su presencia fue anunciada en el salón donde el padre de Haneul se encontraba con sus invitados. Cuando entró, avanzó con discreción hasta situarse a una distancia tan cercana que solo su señor podía escucharlo.
Inclinándose ligeramente, susurró:
—Mi señor… la señorita Haneul se encuentra indispuesta y no podrá asistir al banquete de esta noche.
El padre de Haneul escuchó en silencio.
Luego hizo un leve gesto con la mano, indicando al eunuco que podía retirarse.
Cuando el eunuco salió de la sala, Han Ji-won permaneció unos segundos en silencio. Había escuchado entre líneas lo que el mensajero acababa de decir, y aunque su rostro no lo mostraba, una leve preocupación se instaló en su interior.
Aun así, se volvió hacia sus invitados con una sonrisa cortés.
—Les pido disculpas —dijo con calma—. Mi hija no podrá acompañarnos esta noche; parece no encontrarse bien.
El consejero Yi Seong-jae agitó la mano con naturalidad.
—No te preocupes por eso, viejo amigo. Déjala descansar. Mañana tendremos tiempo de conocerla.
La velada continuó sin mayores interrupciones.
La noche se fue cerrando lentamente sobre la residencia, y entre risas, anécdotas y tazas de té, los viejos amigos parecían haber regresado a los días de su juventud.
Hacía mucho tiempo que Han Ji-won no sonreía de aquella manera, ni que su casa resonaba con la alegría de un pequeño festejo.
Sin embargo, lejos de aquella atmósfera cálida, Haneul se encontraba sumida en un torbellino de pensamientos.
La inquietud en su pecho se había vuelto insoportable, y finalmente decidió abandonar sus aposentos para tomar aire.
Salió hacia el patio trasero con pasos lentos.
Ya no subía al risco como antes.
Para ella, aquel lugar se había convertido en un territorio prohibido, un espacio sellado por recuerdos que aún dolían demasiado.
Mientras tanto, en el interior de la casa, Yi Jun-ho observaba la velada con discreta cortesía. Tras un rato, decidió retirarse, dejando que su padre y su anfitrión continuaran disfrutando de su conversación.
Caminó hacia el pasillo que conducía a los aposentos de huéspedes.
Pero antes de llegar, algo llamó su atención.
A lo lejos, una silueta femenina cruzaba el patio trasero.
Jun-ho se detuvo.
Sin hacer ruido, siguió aquella figura con pasos tan ligeros como una pluma.
En el patio, Haneul se detuvo bajo el cielo nocturno. Levantó el rostro hacia las estrellas, buscando en ellas la única paz que aún era capaz de encontrar.
La noche estaba tranquila, y el firmamento se extendía sobre ella como un manto infinito.
Desde la distancia, Yi Jun-ho, sin saber aún quién era aquella mujer, la observó en silencio.
Había algo en su forma de contemplar el cielo que lo dejó inmóvil.
No parecía mirar las estrellas como alguien que simplemente las admira…
sino como alguien que las comprende.
Y por primera vez desde su llegada al observatorio, la curiosidad del joven Daesagan hacia esa joven comenzó a despertar.

A la mañana siguiente, Haneul acudió al desayuno junto a su padre y los invitados que habían llegado la noche anterior.
Al entrar en el salón, realizó una reverencia respetuosa. Su rostro era difícil de descifrar: en él se mezclaban la tristeza y una incertidumbre silenciosa que parecía pesarle en los hombros.
Han Ji-won lo notó de inmediato.
Su hija caminó hasta su asiento sin levantar la mirada. Con la cabeza ligeramente inclinada, evitaba encontrarse con los ojos de los presentes.
Editado: 20.04.2026