Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 38: Cuando el Cielo se Convierte en Arma

Mientras tanto, en el palacio, el poder rara vez se movía con ruido.

Se movía en silencio.

La llegada de Lord Yi Seong-jae había sido como una piedra arrojada a un lago inmóvil. Durante dos días, el impacto se sintió en cada rincón del palacio: en los corredores donde caminaban los funcionarios, en las cámaras de los eunucos, incluso en los patios donde los guardias susurraban mientras cambiaban de turno.

El viejo consejero no había levantado la voz.

No había acusado a nadie.

No había tomado ninguna posición visible en los asuntos del reino.

Y sin embargo, su sola presencia había alterado algo profundo en el corazón de la corte.

Por primera vez en mucho tiempo, algunos funcionarios comenzaron a recordar cómo se suponía que debía funcionar el reino.

Recordaron una época en la que las decisiones del gobierno no estaban dominadas por el miedo.

Recordaron un tiempo en el que el nombre Yi Seong-jae había sido sinónimo de equilibrio.

Min Seok-ryeon lo notó de inmediato.

No necesitaba escuchar los murmullos.

Podía sentirlos.

Los veía en la manera en que ciertos ministros evitaban su mirada. En la forma en que algunos documentos tardaban más en llegar a sus manos. En el cambio casi imperceptible en el tono de las conversaciones del consejo.

Nada abierto.

Nada que pudiera castigarse.

Pero suficiente para comprender que algo había cambiado.

Sin embargo, apenas dos días después, llegó la noticia que transformó esa inquietud en algo mucho más peligroso.

Lord Yi había abandonado el palacio.

Había partido hacia Cheomseongdae, el observatorio real.

La noticia recorrió los corredores como una corriente eléctrica.

Para algunos, fue una decepción.

Para otros, un misterio.

Pero para Min, fue una revelación.

Porque el viejo consejero no había regresado a su residencia.

Había ido directamente al observatorio.

Al lugar donde trabajaba Han Ji-won.

Min permaneció largo tiempo en silencio cuando recibió el informe.

Sentado en su sala privada, con las manos entrelazadas frente a él, contempló lentamente las implicaciones de aquel movimiento.

Lord Yi no había venido al palacio para recuperar poder.

Había venido para investigar algo.

Y si el viejo consejero estaba en Cheomseongdae... entonces significaba que su interés estaba relacionado con el mismo lugar que Min había estado observando durante meses.

El observatorio.

Los cálculos.

Los rumores.

Y el hombre que dirigía todo aquello.

Han Ji-won.

Una lenta sonrisa apareció en el rostro de Min.

Por primera vez desde la llegada del consejero, comprendió cuál debía ser su próximo movimiento.

No atacaría a Yi Seong-jae.

Eso sería un error.

El reino respetaba demasiado a ese hombre.

Pero sí podía atacar el lugar hacia el que el viejo consejero había decidido dirigir su atención.

Si el observatorio caía en desgracia...

Si el erudito que lo dirigía era acusado de traer desorden al reino...

Entonces incluso el respetado Yi Seong-jae quedaría atrapado en medio de la caída.

Y el prestigio del viejo consejero se convertiría en su propia debilidad.

Min se levantó lentamente.

—Llamen al General —ordenó con calma.

Su voz no tenía ira.

Solo cálculo.

—Ha llegado el momento de que la corte recuerde que los errores del cielo... siempre tienen consecuencias en la tierra.

La noticia del viaje de Lord Yi Seong-jae al observatorio no tardó en transformarse en un tema de discusión dentro del palacio.

Al principio fueron solo murmullos.

Pero en la corte de Joseon, los murmullos eran el primer paso hacia la guerra política.

Algunos ministros comenzaron a hablar con cautela sobre el regreso del antiguo Yeonguijeong, recordando en voz baja los años en los que el reino había sido gobernado con mayor equilibrio. Otros, más prudentes, preferían no pronunciar su nombre en presencia de Min Seok-ryeon.

Porque todos sabían que el poder del palacio se sostenía ahora sobre una balanza frágil.

Y la llegada de Yi Seong-jae había hecho que esa balanza se inclinara.

Min lo comprendió antes que nadie.

Desde su sala privada observaba cómo el ambiente del palacio cambiaba lentamente. Algunos funcionarios que antes lo apoyaban sin cuestionar comenzaron a mostrarse más reservados. Otros evitaban mirarlo directamente cuando pasaba por los corredores.

No era una rebelión.

Todavía no.

Pero era suficiente para que un hombre como Min comprendiera el peligro.

La presencia de Yi Seong-jae había recordado a la corte algo que Min había trabajado durante años para borrar.

La diferencia entre poder y legitimidad.

Y eso debía corregirse.

Esa misma noche mandó llamar al general.

Cuando el hombre llegó a sus aposentos privados, encontró a Min observando una serie de informes desplegados sobre la mesa.

No era la primera vez que hablaban de aquel asunto.

El general cerró la puerta detrás de sí.

—Entonces —dijo con calma—, el viejo consejero ya ha llegado al observatorio.

Min no levantó la mirada.

—Sí.

—Eso complica las cosas.

Min dejó escapar una leve sonrisa.

—Al contrario.

Ahora las simplifica.

El general lo observó en silencio. Conocía demasiado bien aquel tono.

—Todavía no tenemos pruebas contra Han Ji-won —dijo finalmente—




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