Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 39: El Juego de la Sospecha

Durante unos instantes, Min Seok-ryeon permaneció en silencio.

Sus dedos tamborileaban suavemente sobre la mesa mientras observaba los mapas y reportes extendidos frente a él. No necesitaba leerlos. Aquellos documentos eran solo herramientas, piezas de un tablero mucho más grande.

El verdadero juego se movía fuera de los pergaminos.

Min levantó lentamente la mirada hacia uno de los eunucos que aguardaban junto a la puerta.

—Hazlo entrar.

El eunuco inclinó la cabeza y desapareció tras los paneles de madera.

Momentos después, una figura emergió desde la penumbra del corredor.

El hombre caminaba con pasos silenciosos, como alguien acostumbrado a existir en los márgenes del poder. Su rostro permanecía parcialmente oculto bajo la sombra de su sombrero, pero el pañuelo azul atado alrededor de su cuello era imposible de confundir.

Era el mismo hombre que había sido visto merodeando los alrededores del observatorio.

El mismo hombre que había desaparecido entre los árboles antes de que Haneul pudiera identificarlo.

Se detuvo frente a Min y realizó una reverencia breve.

—Mi señor.

Min lo observó con calma.

—Parece que tus habilidades para moverte entre las sombras siguen siendo útiles.

El hombre del pañuelo azul no respondió. Sabía que las palabras eran un lujo innecesario en presencia de alguien como Min.

—He recibido informes de tu visita al observatorio —continuó Min—. ¿Encontraste algo?

El espía levantó ligeramente la cabeza.

—Los mapas están siendo escritos allí… pero no por la mano que todos creen.

Min entrecerró los ojos.

—¿Estás seguro?

—No completamente, mi señor —respondió con cautela—. Pero algo no encaja. El erudito Han Ji-won no es quien trabaja las noches enteras sobre los pergaminos.

Min apoyó lentamente los codos sobre la mesa.

Aquella confirmación parcial era más valiosa que una certeza absoluta.

Porque en política, la duda era a menudo más poderosa que la verdad.

—Eso es suficiente —murmuró.

El espía guardó silencio.

—Escucha con atención —continuó Min con voz fría—. La corte pronto comenzará a cuestionar el trabajo del observatorio. Cuando eso ocurra… necesitaremos algo más que sospechas.

El hombre del pañuelo azul comprendió.

—¿Quiere pruebas?

Min negó suavemente.

—Quiero ruido.

Se levantó de su asiento y caminó lentamente hacia la ventana.

—Observa el observatorio.

Observa a Han Ji-won.

Y sobre todo…

Su voz se volvió más baja.

—Descubre quién es realmente la mano que escribe esos mapas.

El espía inclinó la cabeza.

—Sí, mi señor.

Min volvió a hablar antes de que el hombre se retirara.

—Y una cosa más.

El hombre se detuvo.

—El viejo consejero Yi Seong-jae está ahora en ese lugar.

Sus ojos se oscurecieron ligeramente.

—No te acerques demasiado a él.

Incluso en la sombra, hombres como ese siguen siendo peligrosos.

El espía hizo una última reverencia.

—Entendido.

Luego desapareció nuevamente en la oscuridad del corredor, como si nunca hubiera estado allí.

Min permaneció observando la noche a través de los paneles del palacio.

En el cielo, las estrellas brillaban con la indiferencia de siempre.

Pero Min ya no miraba las estrellas.

Miraba el poder que podía nacer de manipular la forma en que los hombres las interpretaban.

Y si el cielo debía convertirse en un arma política…

Aquella misma mañana, en el observatorio, Haneul comprendió que el problema ya no era esconderse.

El problema era el tiempo.

Había tardado varios días en aceptarlo con frialdad, pero ahora lo veía con una claridad casi brutal: si Min Seok-ryeon había empezado a mover piezas dentro del palacio, no lo haría buscando verdad. Lo haría buscando orden político. Y en Joseon, cuando el reino sufría, siempre había alguien a quien culpar.

La hambruna.

La enfermedad del Rey.

Los rumores.

La inquietud en la corte.

Todo podía unirse con facilidad si alguien decidía hacerlo.

Y Min era exactamente esa clase de hombre.

Haneul permanecía de pie frente a una mesa llena de pergaminos abiertos, repasando con la vista las anotaciones astronómicas de las últimas semanas. No leía los símbolos como una erudita distraída, sino como alguien que intenta anticipar un golpe antes de que ocurra.

Si Min atacaba al observatorio, no diría que los mapas eran falsos.

Diría algo peor.

Diría que habían sido malinterpretados.

Diría que el cielo había hablado y que quienes debían leerlo habían fallado al reino.

Era una acusación perfecta. No necesitaba demostrarse por completo. Solo necesitaba repetirse en la corte el tiempo suficiente para que echara raíces.

Haneul apretó la mandíbula.

Min no estaba buscando un culpable real.

Estaba fabricando uno útil.

Y su padre era el blanco más visible.

Eso la obligó a enfrentar una verdad incómoda: si no hacía algo pronto, Han Ji-won sería arrastrado a una caída que ni siquiera entendía por completo.

Su padre era un hombre brillante, pero seguía creyendo que la razón bastaba para defenderse. Seguía creyendo que, si explicaba bien los cálculos y mostraba los registros correctos, la verdad terminaría imponiéndose.

Haneul ya no pensaba así.

La verdad no bastaba dentro del palacio.

Nunca había bastado.

Tomó uno de los mapas recientes y lo extendió sobre la mesa. Luego otro. Después un tercero. Los fue comparando con rapidez, no para corregirlos, sino para identificar qué parte del trabajo podría ser usada en su contra si alguien decidía examinarlo con mala fe.

No tardó en encontrarlo.

Las variaciones de tinta.

Las diferencias en la presión del pincel.

Ciertos hábitos en la anotación marginal.




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