El eco de los golpes en la puerta principal y el clamor de los guardias de la Oficina de Censura rompió el trance de muerte en el estudio.
—¡Señor! ¡Daesagan! —gritó una voz desde el exterior—. ¡Hemos oído un estruendo! ¿Se encuentra bien?
Haneul sintió la vibración del pecho de Jun-ho contra su oído; su respiración era pesada, cargada de un dolor sordo. Se separó de él lo justo para ver la mancha roja que crecía en su túnica de seda clara. Miró a Kang-dae, quien permanecía allí, con la espada caída y el rostro desencajado, como un animal herido por la traición.
—Escóndete —le siseó Haneul a Kang-dae, su voz era un látigo de urgencia—. ¡Ahora! Si te ven aquí, no habrá perdón. Serás un desertor ejecutado antes del amanecer.
Kang-dae apretó la mandíbula, sus ojos saltando del rostro de Haneul a la mano de ella, que aún rozaba el brazo de Jun-ho. La rabia luchaba con su instinto de supervivencia.
—No me iré sin ti —gruñó él, con la voz ronca de polvo y celos.
—No me voy a ninguna parte —replicó ella, empujándolo físicamente hacia la sombra tras la estantería de los anales—. Pero si mueres hoy, mi padre morirá mañana. ¡Muévete!
Con un último vistazo cargado de promesas y amargura, Kang-dae se fundió con la oscuridad justo cuando los pasos alcanzaban el umbral.
Haneul se giró hacia Jun-ho. El Daesagan estaba pálido, presionando la herida con su mano derecha. Sus ojos se encontraron; en ese segundo, se selló un pacto de silencio. Haneul tomó una lámpara de aceite volcada, derramó un poco de líquido sobre la mesa y, con un movimiento rápido, arrojó la vela encendida sobre el papel manchado de tinta fresca.
La llama saltó al instante, creando una cortina de humo y luz justo cuando la puerta se abría de golpe.
—¡Atrás! —exclamó Jun-ho, su voz recuperando la autoridad de un noble, aunque con un deje de fatiga—. Ha habido un accidente con la lámpara. El estante ha cedido.
Los guardias entraron con las espadas desenvainadas, pero se detuvieron en seco. Vieron al Daesagan de pie, con la túnica rasgada y el pecho ensangrentado, y a la señorita Haneul intentando sofocar un pequeño fuego con una manta de seda.
—¡Señor! Está herido —dijo el capitán, avanzando para ayudarlo.
—Es solo un rasguño del borde astillado de la mesa —mintió Jun-ho, manteniendo su cuerpo entre los guardias y el rincón donde Kang-dae se ocultaba—. El estruendo fue el mueble al caer. Salgan y traigan agua para el fuego. Y que nadie entre sin mi orden. La señorita Haneul está… alterada por el susto.
Haneul bajó la cabeza, dejando que su cabello ocultara su rostro, fingiendo el temblor de una mujer asustada mientras sus ojos buscaban, entre las sombras de las estanterías, la silueta del hombre que lo había arriesgado todo por ella.
El Bujang estaba a salvo en las sombras, y el Daesagan acababa de mentirle a su propio ejército. Haneul comprendió, con una claridad aterradora, que ahora caminaba sobre un hilo de seda: a un lado, el guerrero que ella creía que la había abandonado; al otro, el político que necesitaba; y bajo ella, el abismo de la traición al reino.
El humo de la lámpara volcada todavía flotaba en jirones blanquecinos cuando la puerta se cerró, dejando a los tres en un silencio sepulcral. Haneul no perdió un segundo; rasgó una tira de su propia enagua de seda y se acercó a Jun-ho.
—Siéntese —ordenó ella, con una firmeza que no admitía réplicas.
Jun-ho se dejó caer en el banco de madera, su rostro pálido, pero sus ojos fijos en la oscuridad del rincón donde Kang-dae permanecía oculto. El Bujang salió de las sombras lentamente, con la espada aún en la mano, aunque la punta rozaba el suelo. Sus ojos ardían al ver las manos de Haneul desabrochando la túnica del Daesagan para limpiar la herida.
—No lo toques más de lo necesario —gruñó Kang-dae, su voz era un trueno contenido.
Haneul ni siquiera levantó la vista mientras presionaba la tela contra el pecho de Jun-ho. El noble soltó un suspiro entrecortado, pero no apartó la mirada del guerrero.
—Tu mano es rápida, Bujang, pero tu mente es lenta —dijo Jun-ho, con una sonrisa débil que no llegaba a sus ojos—. Has desertado de tu puesto, has atacado a un alto oficial de la corte y has puesto una soga al cuello de esta mujer. Todo en una sola noche. Es un récord impresionante, incluso para un hombre de acción.
—Hice lo que tú no podías —replicó Kang-dae, dando un paso adelante—. Vine a sacarla de aquí antes de que el señor Min la destruya. Tú solo eres un burócrata que juega con papeles mientras la sangre corre.
—Esta sangre —Jun-ho señaló con un gesto lánguido la herida que Haneul estaba vendando— es la única razón por la que mis guardias no están descuartizándote ahora mismo. Si yo muero, o si simplemente decido decir la verdad, tú serás ejecutado y Haneul será arrastrada al palacio como cómplice de un traidor.
Haneul apretó el nudo de la venda con más fuerza de la necesaria, haciendo que Jun-ho se tensara. Ella miró a Kang-dae, con los ojos empañados por una mezcla de alivio y rabia.
—Él tiene razón, Kang-dae —susurró ella—. Ya no eres un soldado del Rey. Eres un fantasma. No tienes nombre, no tienes rango y no tienes poder fuera de estas paredes.
Jun-ho se ajustó la túnica con dificultad, recuperando su aire de superioridad a pesar del dolor. Se puso en pie, quedando a la misma altura que el guerrero.
—Aquí está la realidad, Kang-dae —sentenció el Daesagan—. El señor Min controla el ejército y la justicia. Yo controlo la verdad y la censura. Si quieres que Haneul viva, si quieres que su padre regrese de mi oficina con vida, vas a tener que ser mi sombra. Harás lo que yo no puedo hacer: moverte donde la ley no llega, recoger la información que mis mensajeros no pueden ver y, sobre todo, obedecer cada una de mis órdenes sin cuestionarlas.
Kang-dae apretó tanto el puño que los nudillos le crujieron. —¿Quieres que sea tu perro faldero?
Editado: 20.04.2026