Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 46: Esto ya no tiene vuelta atrás

El padre de Haneul permaneció pensativo por un largo momento. Sus ojos, cansados por años de escudriñar la inmensidad del firmamento, se desviaron hacia la pequeña ventana de la celda. Al mirar el cielo, dejó escapar un suspiro cargado de resignación y solo dijo:

—¿Cuándo empezará mi interrogatorio?

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier confesión. Han sabía que no podía revelar nada; una sola palabra fuera de lugar pondría la vida de Haneul en una balanza mortal. En ese instante de paranoia y sombras, ni siquiera la vieja amistad con el antiguo consejero parecía un refugio seguro. ¿Podía confiar en Yi, o era el consejero solo otra pieza en el tablero de la corte?

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Lord Yi solo bajó la cabeza, ocultando la tristeza en sus ojos. Comprendió que su amigo no hablaría, no por falta de confianza, sino por exceso de amor. Sin decir una palabra más, hizo una señal a uno de los guardias para que abriera la puerta. Salió de allí sin mirar atrás, con el paso firme pero el corazón inquieto, dirigiéndose finalmente a los aposentos del Rey, donde la verdadera tormenta estaba a punto de estallar.

Al llegar a los aposentos reales, el antiguo consejero Yi Seong-jae se detuvo en seco. Los rostros que custodiaban la puerta no eran los de la guardia personal del monarca, sino hombres bajo el mando directo del Señor Min. El vacío dejado por los soldados del rey era una señal alarmante que Yi no pasó por alto.

Cuando solicitó ser anunciado, el eunuco real, con la mirada esquiva y el cuerpo tenso, le denegó la entrada.

—¿Bajo qué pretexto se me impide el paso? —preguntó Yi, cuya extrañeza empezaba a transformarse en sospecha.

Uno de los soldados de Min dio un paso al frente, interponiéndose con brusquedad. —Nadie tiene permitido entrar a los aposentos de Su Majestad.

—¿Nadie? —replicó el consejero con una calma gélida—. ¿Desde cuándo se le prohíbe a un consejero de la corona ser anunciado ante su soberano?

—Por órdenes directas del Señor Min —respondió el guardia sin vacilar—, el acceso está restringido.

La voz de Yi Seong-jae recuperó el peso de la autoridad que lo había hecho temido y respetado durante décadas. —¿Acaso no sabes quién soy, soldado? Tengo asuntos urgentes que tratar con el Rey. Hazte a un lado.

En ese momento, el crujido de la seda sobre el suelo anunció la llegada del Señor Min. Con un gesto indolente, ordenó al guardia volver a su puesto y clavó sus ojos en el anciano.

—Cuánto tiempo sin verlo por aquí, consejero Yi Seong-jae —dijo Min, con una cortesía que ocultaba un veneno mortal—. ¿Qué es lo que atrae su visita al palacio después de tanto tiempo?

Yi, consciente de que se enfrentaba a una serpiente, realizó una reverencia medida. —Los asuntos del reino siguen siendo de mi interés, Señor Min.

Min esbozó una sonrisa despectiva. —Ha pasado mucho tiempo desde que usted fue consejero oficial.

—Aun así, el Rey sigue incluyéndome en sus designios —respondió Yi con una sonrisa rígida—. Dado que su salud no goza de la divinidad del cielo, requiere de alguien que lo asesore con sabiduría antigua. ¿O es que mi presencia resulta… incómoda para la corte?

El rostro de Min se volvió una máscara de hielo, luchando por ocultar un enojo que le tensaba la mandíbula. —Para la corte siempre es grato tenerlo entre nosotros. Sin embargo, Su Majestad no se ha sentido bien hoy y ha pedido no ser molestado mientras descansa.

El consejero Yi miró por encima del hombro de Min, buscando la cara del eunuco real. En la expresión aterrorizada del sirviente encontró la respuesta que buscaba: el Rey no estaba descansando, estaba prisionero en su propio lecho.

—Lo dejaré descansar por esta noche —concedió Yi, dando un paso hacia atrás—. Pero he decidido que permaneceré en el palacio por un tiempo prolongado, así que nos veremos muy seguido de ahora en adelante.

Al pasar junto al Señor Min, Yi se detuvo apenas un segundo. Con las manos entrelazadas a la espalda, se inclinó hacia él y le dirigió un susurro que sonó como una profecía de muerte:

—Pronto veremos… si es realmente el cielo quien predice el destino, o la ambición de los hombres.

Sin esperar respuesta, el antiguo consejero se alejó por el pasillo, dejando a Min con la palabra en la boca y la sombra de la duda bailando en sus ojos.

El Señor Min permaneció inmóvil en el pasillo, observando cómo la silueta del viejo consejero se perdía en las sombras de las columnas.

—Que lo sigan —ordenó Min sin mirar a sus guardias, con una voz que era apenas un siseo—. No dejen que hable con nadie. Si el consejero Yi cree que el cielo todavía tiene voz en este palacio, tendré que encargarme de que la tierra se trague la suya antes del amanecer.

El eunuco del Rey, al fondo, bajó la mirada mientras temblaba. La tormenta que Lord Yi había vaticinado no estaba en las estrellas; acababa de entrar por las puertas del palacio.

A leguas de allí, fuera de la casa de los Han, la noche se había convertido en una tumba fría. Kang-dae montó su caballo, sintiendo que el tajo que le había causado al Daesagan le quemaba más a él que al propio Jun-ho. Antes de espolear al animal hacia la frontera, miró por última vez hacia la ventana iluminada del estudio.

Sabía que allí dentro, Haneul estaba limpiando la sangre de otro hombre. Sabía que su propio nombre ahora era sinónimo de peligro, mientras que el de Jun-ho representaba la única salvación legal. Con el alma rota y la marca de la traición quemándole la frente, Kang-dae desapareció en la oscuridad del bosque, dejando atrás su corazón en manos de quien ahora llamaba su aliado, pero que seguía sintiendo como su mayor enemigo.

Mientras tanto, en el estudio, el silencio regresó tras la partida del guerrero. Haneul terminó de asegurar la venda de Jun-ho, pero sus ojos no estaban en la herida, sino en las cenizas del mapa falso que aún humeaban en el suelo. El Daesagan la observaba en silencio, consciente de que acababa de salvar a un lobo solo porque ella se lo había pedido.




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