Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 47: La fiebre del Daesagan

La luz de la mañana se filtraba por las celosías de papel, bañando los aposentos del Daesagan con una claridad que contrastaba con el caos de la noche anterior. Haneul fue escoltada por los pasillos en silencio, sintiendo el peso de cada mirada de los guardias. Jun-ho había solicitado que el desayuno fuera servido en su estancia privada, un gesto que, aunque parecía una cortesía, no dejaba de ser una forma de mantenerla bajo su vigilancia directa.

—La señorita Haneul ha llegado —anunció el guardia desde el exterior.

—Que pase —ordenó la voz de Jun-ho, manteniendo su habitual tono sereno.

Haneul entró acompañada de su monjong. Ambas realizaron una reverencia profunda, el roce de sus sedas siendo el único sonido en la habitación. Jun-ho, vestido con una túnica de descanso más ligera pero igualmente elegante, les hizo un gesto hacia la mesa baja cargada de cuencos humeantes.

—Siéntense. Deben comer antes de que el día avance —dijo él.

Haneul se sentó con los hombros tensos y la mirada fija en sus manos entrelazadas sobre el regazo. El aroma del caldo y el arroz no lograba despertar sus sentidos; su mente seguía atrapada en la imagen de Kang-dae desapareciendo en la oscuridad.

—Lo siento —murmuró Haneul, con la voz cabizbaja—. No tengo apetito.

Jun-ho dejó sus palillos a un lado y la observó. A pesar de la palidez de su rostro, sus ojos seguían siendo tan agudos como siempre.

—Hoy tendremos un día agotador, señorita —respondió él con suavidad, pero con una firmeza ineludible—. El palacio no es lugar para los débiles de espíritu ni de cuerpo. Coma, para que pueda mantenerse en pie cuando la presión aumente.

Haneul levantó la vista sutilmente, deteniéndose en el pecho del noble, allí donde la venda se ocultaba bajo las capas de tela.

—¿Cómo se encuentra su herida? —preguntó en un susurro apenas audible.

—Estoy bien —contestó Jun-ho de inmediato, forzando una sonrisa ligera—. Amanecí mucho mejor, apenas es una molestia.

A su lado, el eunuco personal de Jun-ho bajó la vista para ocultar un destello de escepticismo. Él, que había servido al Daesagan durante años, sabía que su señor estaba mintiendo. El Saganwon era un lugar de pinceles y sellos, no de espadas; los años de burocracia le habían arrebatado a Jun-ho la práctica de la esgrima, y el tajo de Kang-dae, aunque superficial, palpitaba con una fiebre que el noble intentaba ignorar a toda costa.

Haneul, sin embargo, captó la rigidez en los hombros de Jun-ho. Comprendió que, en ese juego de apariencias, la salud del Daesagan era ahora tan secreta como sus propios mapas.

Jun-ho hizo un gesto breve pero imperativo con la mano, indicando que todos debían abandonar la estancia. Su eunuco y la momjong de Haneul obedecieron, cerrando las puertas tras de sí. En cuanto el último rastro de compañía se desvaneció, el silencio se volvió pesado.

Haneul, que no le había quitado la vista de encima, notó cómo el color abandonaba el rostro del Daesagan. Su piel, antes de un tono marfil saludable, se tornaba de una palidez cenicienta que delataba el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo por mantenerse erguido.

—No estás bien —dijo ella, con una nota de alarma vibrando en su voz.

Sin esperar permiso, se acercó a él con la intención de comprobar su temperatura. Sin embargo, en cuanto Jun-ho vio que la mano de Haneul se extendía hacia él, retrocedió con un movimiento brusco, evitando el contacto como si el roce de ella fuera un peligro mayor que la propia herida.

—Estoy bien —replicó él, aunque su voz sonó más débil que antes—. No tienes de qué preocuparte.

Haneul no se dejó intimidar por su rechazo. Dio un paso firme, invadiendo su espacio personal, y esta vez no le dio tiempo a reaccionar. Colocó su mano con decisión sobre la frente del noble. El calor que emanaba de su piel la hizo estremecer.

—Ardes en fiebre —sentenció, dejando su mano allí un segundo más de lo protocolario.

Jun-ho reaccionó de inmediato. Su mano, fría y temblorosa, atrapó la muñeca de Haneul para apartarla de su rostro. Sus ojos, nublados por el malestar, buscaron los de ella con una mezcla de indignación y sorpresa.

—¿Cómo osas tocarme sin mi permiso? —siseó él, intentando recuperar esa voz de autoridad que el cuerpo le estaba negando.

Haneul no bajó la mirada. Sostuvo el silencio durante unos segundos que parecieron eternos, dejando que la tensión entre sus manos unidas hablara por ambos. Finalmente, con una mezcla de rabia y compasión, le respondió:

—Tienes fiebre y tu herida está sangrando de nuevo. ¿Cómo osas mentir de esa manera en contra de tu propia salud?

Por un instante, el Daesagan no supo qué responder. La lógica del burócrata se desmoronaba ante la cruda verdad de la mujer que tenía enfrente. Ella no veía al alto oficial de la corte; veía a un hombre que se desangraba. Haneul permanecía de rodillas frente a él, con la palma de su mano aún presionada contra la frente ardiente del Daesagan. Jun-ho no la había soltado; sus dedos seguían rodeando la muñeca de ella con una fuerza que pretendía ser autoritaria, pero que ahora se sentía como el agarre de un hombre que intenta no ahogarse.

La pregunta de Haneul sobre su salud quedó suspendida en el aire, pero la respuesta nunca llegó. Los ojos de Jun-ho, que hasta hace un segundo luchaban por mantener la compostura, se pusieron en blanco. Sus dedos perdieron la fuerza sobre la muñeca de Haneul y su cuerpo se ladeó pesadamente hacia adelante.

Haneul soltó un grito ahogado y extendió ambos brazos para recibir el impacto. El Daesagan se desplomó sobre ella, hundiendo su rostro en el hombro de la joven. El calor que emanaba de su piel era alarmante, una brasa que amenazaba con consumirlo. Terminaron en una posición desesperada sobre el suelo, con Haneul sosteniéndolo contra su pecho mientras sentía la humedad de la sangre fresca empezando a empapar su propia túnica.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.