Haneul no se atrevió a levantarse del suelo. Permanecía de rodillas, con Jun-ho aún inconsciente en su regazo. El temblor de su cuerpo ya no era solo por el impacto de su colapso, sino por la adrenalina del momento. Con una mano temblorosa, retiró el cabello húmedo de la frente del Daesagan, y con la otra, comenzó a desabrochar con cuidado los botones de su túnica interior para exponer la herida.
Al descubrirla, contuvo el aliento. El tajo estaba inflamado, los bordes de la carne estaban enrojecidos y supuraban. Kang-dae no solo lo había herido; el acero de su espada, forjado en las batallas de la frontera, había introducido un veneno silencioso en su sangre aristocrática.
Haneul se levantó un momento para buscar el agua limpia y los ungüentos que Jun-ho guardaba en su botiquín de viaje. No podía arriesgarse a usar hierbas desconocidas; debía confiar en la medicina de la corte. Mojó un paño de seda y comenzó a limpiar la costra de sangre seca.
Fue entonces cuando los susurros empezaron.
—No… No dejen que se lo lleven —balbuceó Jun-ho, su cabeza moviéndose febrilmente de lado a lado—. El cielo… el cielo lo sabe. Los anales mienten.
Haneul se detuvo. Sus palabras, aunque rotas por la fiebre, tenían sentido. Él sabía algo sobre el Observatorio y los registros corruptos.
—Shh, descanse, Daesagan —susurró ella, acercando su rostro al de él para limpiar el sudor de su cuello.
—Haneul… —pronunció su nombre con una claridad aterradora. Sus ojos se abrieron, pero no había rastro de consciencia en ellos. Estaban nublados por el delirio.
Él sintió la respiración de Haneul; el aroma a tinta y a la seda que ella llevaba, un aroma que lo había perseguido desde que la vio por primera vez. En su estado de fiebre, su subconsciente tomó el control, borrando la jerarquía y el protocolo.
Con un movimiento repentino y cargado de una fuerza que no debería tener, Jun-ho levantó la mano y agarró a Haneul por la nuca. Antes de que ella pudiera reaccionar, la jaló hacia abajo.
Sus labios se encontraron con los de ella en un beso desesperado, torpe y abrasador por la fiebre. Haneul se quedó paralizada. No había dulzura en ese contacto, solo la urgencia de un hombre aferrándose a la vida y a una imagen que solo él podía ver en sus visiones febriles. El calor de su cuerpo parecía transferirse a ella en ese instante.
Duró apenas unos segundos. Justo cuando Haneul lograba reponerse del shock y empujarlo suavemente hacia atrás, Jun-ho soltó su nuca y cerró los ojos, cayendo de nuevo en una inconsciencia profunda. Sus labios quedaron entreabiertos, pero ya no decían nada.
Haneul retrocedió, llevándose la mano a la boca. Su corazón latía con una fuerza que le dolía en el pecho. ¿Qué acababa de pasar? ¿Él la había besado a ella… o a la visión de alguien más en su delirio?
Limpió la herida con manos temblorosas, aplicó el ungüento y volvió a vendarlo. Cuando el pulso de Jun-ho se estabilizó un poco, Haneul se sentó a su lado, observando el rostro del hombre que acababa de salvar su vida y que, en su debilidad, le había robado algo que ella creía que pertenecía solo a Kang-dae.
Bajo el mismo cielo pálido, a leguas de allí, otro hombre se enfrentaba a su propio destino.
Mientras tanto, en la frontera norte, la noche no era una tumba silenciosa, sino un caldero de viento helado y tensión.
Kang-dae había cabalgado sin descanso, cambiando de caballo en los puestos de avanzada usando el nombre de su general y el miedo que este inspiraba. Había cruzado ríos helados y rodeado puestos de control enemigos. Su cuerpo era puro agotamiento, pero su mente era un bucle infinito que repetía una sola imagen: Haneul abrazando al Daesagan.
Faltaban minutos para el amanecer cuando vio los estandartes del campamento militar ondeando bajo la luna pálida. El sonido de los cascos de su caballo alertó a los centinelas.
—¡Identifíquese! —gritó la voz de un guardia desde la torre de vigilancia, con el arco tensado.
—¡Bujang Kang-dae! —respondió él, con la voz ronca de polvo y desesperación—. ¡Abren las puertas!
Las puertas de madera se abrieron con un crujido pesado. Kang-dae desmontó y dejó que el semental, agotado hasta el límite, fuera llevado a los establos. Se sacudió el barro de la túnica militar y, sin detenerse, se dirigió a la tienda central. Sabía que cada segundo que pasaba sin ser visto en su puesto le sumaba años a su condena si era descubierto.
Entró en su tienda, esperando encontrarla vacía. Pero una silueta alta y robusta estaba de pie frente a su mapa táctico.
El general, su comandante, se giró lentamente. Sus ojos, curtidos por décadas de guerra, brillaron en la penumbra.
—Llegas tarde, Bujang —dijo el General, su voz era un trueno bajo—. Tus hombres dicen que saliste en una misión de exploración en solitario hace una noche. He revisado tus informes y no encuentro ninguna orden firmada.
Kang-dae se quedó quieto. El filo de la espada de Jun-ho había lacerado el pecho del Daesagan, pero el filo de las palabras de su general estaba a punto de lacerar su vida. Se arrodilló, no por respeto, sino por la estrategia.
—Fui a recoger inteligencia sobre el movimiento de las tropas enemigas, General —mintió, su voz sonando con una convicción que solo el amor por Haneul podía darle—. El Señor Min está moviendo al Rey y la frontera se volverá vulnerable. Necesitaba saber si estaban preparando un asalto.
El general lo observó en silencio durante un momento eterno. No había rastro de engaño en los ojos de Kang-dae, solo una ferocidad que el general conocía muy bien.
—Espero que esa información valga la cabeza que arriesgaste al desertar de tu puesto, Kang-dae —sentenció el General, dándose la vuelta—. Escribe el informe. Y reza para que el Señor Min no se entere de tu “misión de exploración”. O ni yo podré salvarte de la soga.
Kang-dae se levantó, su corazón latiendo con fuerza. Había salvado su vida en la frontera, pero sabía que la verdadera batalla por Joseon, y por el corazón de Haneul, apenas comenzaba en el palacio.
Editado: 20.04.2026