El día había sido un maratón de angustia y silencio. Haneul no se había movido del lado de Jun-ho, combatiendo la fiebre con paños de agua fría y ungüentos que él mismo guardaba en su botiquín. La noche ya había extendido su manto negro sobre la propiedad de los Han, y el cansancio empezaba a pasarle factura a la joven astrónoma. Sentada a su lado, su cabeza se tambaleaba rítmicamente, de arriba abajo, en una lucha desesperada contra el sueño que amenazaba con vencerla.
Fue entonces cuando Jun-ho, tras horas de oscuridad, abrió los ojos.
Al principio, su mirada estaba perdida, fija en el techo de madera, tratando de ubicar dónde se encontraba. El techo no era el de sus aposentos en el palacio, ni el de la Oficina de Censura. Tardó unos segundos en recordar el ataque, el dolor, y el rostro de la mujer que lo había sostenido.
Giró la cabeza lentamente hacia la derecha. Allí estaba ella, con la figura recortada por la luz tenue de la lámpara de aceite, cabeceando por el agotamiento puro de haberlo cuidado sin descanso.
Haneul, sintiendo un cambio en la atmósfera, se sobresaltó y parpadeó repetidamente hasta que sus ojos se encontraron con los de él. La consciencia había regresado.
—¿Se encuentra bien, joven Daesagan? —preguntó ella, acercándose instintivamente, con la voz teñida de una preocupación genuina que no pudo ocultar.
Jun-ho se quedó en silencio, observándola. Intentó incorporarse, apoyando los codos en el colchón, pero un grito ahogado escapó de sus labios cuando el dolor de la herida le atravesó el pecho como un estilete helado. Cayó de espaldas, respirando entrecortadamente.
—Está muy débil —le advirtió Haneul, poniendo una mano suave pero firme en su hombro para impedirle otro movimiento—. Debe seguir descansando, joven. La fiebre lo ha consumido.
—¿Qué… qué me pasó? —logró articular él, con la voz ronca por la falta de uso y la deshidratación.
—Perdió el conocimiento. La infección de la herida le provocó una fiebre altísima que casi lo consumió —explicó ella, mientras humedecía un paño para limpiarle la frente una vez más.
Jun-ho la miró fijamente, con una intensidad que la hizo sentir incómoda. —¿Y qué haces aquí? ¿Acaso cuidaste de mí todo este tiempo? —preguntó, con un matiz de incredulidad en su voz.
—Sí, joven —respondió Haneul, bajando la mirada—. No quise que nadie más entrara y lo viera en ese estado. Estaba muy débil y… y decía cosas sin sentido. Era mejor mantener el secreto de su condición.
Jun-ho guardó silencio, procesando sus palabras. El secreto. Ella lo estaba protegiendo, no solo a él, sino al secreto de quién lo había herido. A pesar de la advertencia, intentó sentarse de nuevo, terco como solo un noble acostumbrado a mandar podía serlo.
Esta vez, Haneul no usó solo palabras. Puso ambas manos en su pecho, justo por encima de la venda, y lo empujó suavemente pero con determinación hacia los cojines.
—Descanse, por favor. Está demasiado débil para sostenerse —le ordenó, con una firmeza que lo sorprendió—. Ordenaré a mi momjong que le traiga algo de comer. Necesita recuperar fuerzas. Le prepararán una sopa de Jatjuk (sopa de piñones), es ligera y nutritiva, perfecta para convalecientes como usted joven.
Jun-ho la observó mientras ella se recomponía, notando las ojeras profundas bajo sus ojos y la palidez de su rostro. Una sonrisa débil, casi imperceptible, asomó a sus labios.
—Te ves más desgastada que yo, Haneul —dijo, usando su nombre de pila por segunda vez, pero esta vez con una entonación diferente—. Vaya a descansar.
—No, estoy bien —mintió ella, enderezando la espalda para demostrar una fuerza que no tenía.
Jun-ho la miró con una chispa de ese sarcasmo que usaba como armadura en la corte. —¿Ah, sí? Entonces… —estiró su mano sana hacia ella, atrapando su muñeca antes de que pudiera reaccionar— …ven y duérmete a mi lado.
Haneul no tuvo tiempo de procesar la propuesta. Con un tirón repentino y cargado de una fuerza sorprendente para alguien en su estado, Jun-ho la jaló hacia él. El equilibrio de ella, ya precario por el cansancio, se rompió por completo.
Cayó de bruces sobre su pecho.
Su rostro quedó a centímetros del de él, y su mano libre terminó descansando directamente sobre su abdomen la cual aun seguía caliente. La expresión en el rostro de Haneul fue de pura sorpresa; sus ojos abiertos de par en par, su respiración detenida, y el calor del cuerpo del Daesagan transfiriéndose al suyo en un instante de intimidad abrumadora y prohibida.

El tiempo pareció detenerse. Haneul, con el rostro ardiendo en una mezcla de vergüenza y conmoción, intentó levantarse de inmediato. Sus manos buscaron apoyo en los cojines para separarse de su pecho, pero los dedos de Jun-ho se cerraron con una fuerza sorprendente alrededor de su cintura, sosteniéndola un momento más contra él. No dijo nada, pero sus ojos, aún pesados por la fiebre, se clavaron en los de ella con una intensidad que la obligó a mirarlo, grabando ese instante de intimidad prohibida en su memoria.
El hechizo se rompió bruscamente con el sonido de la voz del guardia anunciando a la momjong.
—¡Señorita Haneul! He traído la sopa de Jatjuk para el Daesagan —anunció la voz de su monjong desde el otro lado de la puerta.
El pánico se apoderó de Haneul. Se separaron con violencia, Jun-ho soltando su cintura y ella recomponiéndose la túnica y el cabello con manos temblorosas, retrocediendo hasta quedar arrodillada a una distancia prudencial. Se aseguró de que la expresión de su rostro fuera una máscara de neutralidad antes de hablar.
—Adelante —dijo Haneul, con una voz que, milagrosamente, sonó firme—. Y que entre también el eunuco del Daesagan. Su señor ha despertado y necesita ayuda para comer y cambiarse a ropas limpias.
Editado: 20.04.2026