Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 56: Mientras tanto...

El joven Daesagan, tras recibir la confirmación de que Kang-dae seguía con vida, tomó una decisión difícil: guardó silencio absoluto ante Haneul para evitarle una falsa esperanza o un peligro innecesario. En lugar de decírselo, puso en marcha un plan discreto pero efectivo. Convocó a un viejo herborista que ha servido a la familia Yi por décadas, un hombre que no solo conoce los secretos de las plantas, sino que posee el don de la curación.

Ju-ho organizó una ruta segura para que el anciano subiera a las montañas, cargado con suministros de alta calidad y medicinas que el Bujang y su soldado jamás podrían conseguir por su cuenta.

El encuentro en la montaña fue tenso. El soldado, siempre alerta, detectó la presencia del anciano mucho antes de que este llegara a la choza. Con la mano en la empuñadura de su espada y el rostro endurecido por meses de aislamiento, interceptó al herborista en un sendero estrecho.

—Un paso más y será el último —sentenció el soldado, con los ojos inyectados de sospecha.

El viejo herborista, sin inmutarse y manteniendo la calma que dan los años, dejó su pesada cesta de mimbre en el suelo.

—No vengo a buscar problemas, joven —dijo con voz pausada—. Vengo enviado por alguien que desea que el Bujang no solo sobreviva, sino que recupere la fuerza que Joseon necesita. En esta cesta hay raíces de ginseng rojo y ungüentos que no encontrarás en ningún mercado.

El soldado registró la cesta con brusquedad, pero al ver la calidad de las medicinas y notar que el anciano no portaba armas, bajó un poco la guardia, aunque no la desconfianza.

Dentro de la cabaña, el herborista encontró a un Kang-dae muy distinto al comandante que recordaba. Estaba sentado, limpiando una hoja de acero, con el torso vendado y la mirada perdida en el fuego. El herborista notó de inmediato que, aunque las heridas externas se cerraban, el cuerpo de Kang-dae estaba agotado por el sobreentrenamiento y la falta de nutrientes. “Si sigues forzando tus músculos antes de que la sangre se recupere, tu espada será lenta cuando más la necesites”, le advirtió el anciano mientras aplicaba un ungüento frío sobre las cicatrices. El Bujang no preguntó quién lo enviaba; en su mente, solo importaba que ese hombre era el puente hacia su recuperación total. Aceptó el tratamiento en silencio, permitiendo que el herborista hiciera su trabajo mientras él planeaba mentalmente su regreso.

El herborista cumplió su palabra y envió el primer mensaje al joven Daesagan. Jun-ho leyó la pequeña nota en secreto: “El tigre está sanando, pero sus garras aún son frágiles. Necesita tiempo y carne, no solo hierbas”.

Jun-ho quemó el papel de inmediato. Al salir al jardín, se encontró con Haneul. Ella estaba de pie, observando los mapas estelares bajo la luz de la tarde, ajena a que el destino de Kang-dae estaba siendo guiado por las manos de su aliado.

Jun-ho recolectó todo lo necesario para asegurar la supervivencia de Kang-dae y, movido por una mezcla de deber y una curiosidad que le quemaba el pecho, decidió ir él mismo a confrontar al Bujang. Le dijo a Haneul que debía visitar a una persona importante, pero que regresaría pronto; montó su caballo, cargó los suministros y partió acompañado únicamente por dos soldados de su entera confianza.

Al llegar a las faldas de la montaña, fue interceptado a mitad de camino por el bujang. Cada mañana, antes de que el sol lograra calentar las laderas, Kang-dae se ajustaba el Jige a la espalda, cargándolo con pesadas rocas de granito extraídas del río. El esfuerzo de subir la pendiente con aquel peso muerto obligaba a sus cicatrices a tensarse y a su corazón a bombear con una furia que no sentía desde la batalla. Sus piernas recuperaban la solidez del hierro mientras sus pies se hundían en la tierra húmeda; solo imaginaba que aquel peso era el entrenamiento necesario para que, cuando llegara el día, su espada no temblara al buscar el cuello del soldado del pañuelo azul y de su jefe, Min.

—¿Bujang, eres tú? —preguntó Jun-ho, deteniendo su caballo.

Kang-dae, con el pelo largo enmarañado y una mirada perdida, alzó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados de un cansancio salvaje.

—En verdad eres tú, ¡Kang-dae! —Jun-ho soltó una carcajada irónica mientras desmontaba—. No pensé que de verdad te vieras tan mal.

La respuesta de Kang-dae fue un relámpago de acero. Antes de que Jun-ho pudiera dar un paso, el Bujang desenvainó su espada con una rapidez inhumana y acercó el filo de su espada al cuello del Daesagan.

—Has vivido una buena vida durante mi ausencia —siseó Kang-dae, con una voz que sonaba a tierra y muerte—. Fuiste tú quien montó esa emboscada para mí, ¿verdad?

Los soldados de Jun-ho bajaron de sus caballos y corrieron con las espadas desenvainadas. Jun-ho, sintiendo el frío del metal presionando su tráquea, levantó las manos y giró la cabeza lo justo para darles una orden tajante:

—¡No hagan nada!

Volvió a mirar a Kang-dae, cuyos ojos reflejaban una locura contenida.

—No hice nada —dijo Jun-ho con calma tensa—. Solo te di la ubicación por donde ellos iban a pasar. Al parecer, la emboscada era para nosotros dos por igual.

Kang-dae no cedió; por el contrario, enterró la punta de la espada un poco más, provocando un jadeo en el joven.

—¡Querías desaparecerme para quedarte con ella! —le escupió a la cara—. Eres un hipócrita.

—Estás loco, yo no juego de esa manera —replicó el Daesagan, manteniendo la mirada—. No estás viendo las cosas con claridad. Si fuera así, yo mismo te habría entregado al General. No te habría ayudado la noche que me heriste en mis aposentos. Baja la espada; quiero proponerte algo.

Kang-dae sostuvo la presión unos segundos más, midiendo la vida de Jun-ho en un movimiento de muñeca, hasta que finalmente bajó el arma. Sin embargo, la furia seguía allí, cruda y palpitante. Dejó caer el Jige al suelo con un estruendo sordo y, sin mediar palabra, lanzó un puñetazo brutal que impactó de lleno en la mandíbula de Jun-ho.




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