Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 59: El Duelo en el Salón del Trono

El agotamiento de Jun-ho era tal que la farsa del sueño terminó convirtiéndose en una entrega absoluta a la inconsciencia, dejando su cabeza reposar en el regazo de Haneul durante horas que parecieron suspendidas en el tiempo. Ella, movida por una mezcla de ternura y sospecha, no se atrevió a despertarlo; ver sus facciones relajadas, despojadas de la rigidez del Daesagan, le confirmaba que su caballero ocultaba un cansancio nacido de batallas que ella aún no lograba comprender.

Bajo los techos artesonados del gran salón, el Consejero Yi dio un paso al frente, haciendo que el roce de su túnica oficial sobre el suelo de madera resonara en el silencio expectante. Con una inclinación medida y la voz proyectada con una autoridad serena, lanzó su estocada política:

—“La salud de Su Majestad no es solo una cuestión de medicina, sino un reflejo del equilibrio entre el Cielo y la Tierra en nuestro reino —declaró Yi, recorriendo con la mirada a los ministros—. Propongo formalmente que la Corte autorice la celebración inmediata del Sandaenori. No es meramente un festejo; es un rito de purificación necesario para expulsar las sombras que asfixian el palacio y restaurar el flujo espiritual de Joseon.”

El aire pareció espesarse. Los murmullos estallaron de inmediato, dividiendo la sala entre el asombro y la sospecha. Min Seok-ryeon, con la elegancia de un depredador que observa a su presa desde lo alto, entornó los ojos.

—“El Consejero Yi muestra una devoción conmovedora —replicó Min con una sonrisa gélida y cargada de veneno—, pero ¿no es acaso imprudente agitar la paz del palacio con tambores y máscaras mientras el Rey lucha por su aliento? Un movimiento en falso podría interpretarse como una falta de piedad filial.”

Los eruditos leales a Min asintieron con una sincronía ensayada, pero el bloque de Yi respondió de inmediato, defendiendo la legitimidad del ritual como un mandato ancestral. Min observaba el caos dialéctico con un placer casi lascivo; se deleitaba al ver cómo un solo hilo movido por el viejo consejero hacía bailar a toda la corte. Poseía la voluntad de la mayoría y ver la “desesperación” de Yi por un ritual le resultaba entretenido.

Sin embargo, el Consejero Yi, cuya sabiduría se había refinado en el fuego de mil intrigas, no se dejó amedrentar. Con la calma que solo otorga la edad, se limitó a observar la arrogancia de Min. Sabía que la soberbia del usurpador era su mayor debilidad; Min estaba tan ocupado disfrutando de su poder que no veía que, tras la propuesta de las máscaras, se ocultaba el filo que cortaría sus hilos para siempre.

Jun-ho abrió los ojos lentamente, encontrando el techo de madera de su habitación bañado por la luz del día, y tardó un segundo en procesar que el suave refugio donde descansaba su cabeza no era su almohada, sino las piernas de Haneul. Estirándose con una pereza que solo la paz verdadera permite, murmuró con voz ronca: “Qué cómodo está mi yo, dormí muy bien”.

Haneul, rompiendo la tensión con una carcajada cristalina pero cargada de cansancio, le replicó: “¿Acaso no ves que ya no puedo sentir mis piernas por dejar tu cabeza ahí?”.

Jun-ho se incorporó con rapidez, la sorpresa borrando el rastro del sueño de sus ojos. “¡¿Acaso yo te dije que la dejaras ahí?! Debiste haberme quitado”, exclamó, tratando de ocultar su propia turbación con un tono defensivo.

—”¿Eres tonto o qué?” —le espetó ella, entre divertida e indignada—. “Estabas exhausto, ¿y así agradeces lo que hice por ti?”.

Jun-ho soltó una carcajada teñida de ironía, pero pronto su semblante se volvió serio, casi severo. Se inclinó hacia ella, fijando sus ojos en los de la joven.

—“Si algo te molesta, dilo. Si no están siendo justos contigo, solo dilo; no tienes por qué aguantar lo que no quieres. ¿Acaso tus sentimientos no tienen el mismo valor que los de los demás? Te desvelaste toda una noche por mi culpa, me dejaste dormir en tus piernas y aguantaste el dolor sin decir nada… ¿Acaso te hice yo algo malo para que ahora me hagas sentir tan culpable?”

Haneul lo miró con asombro, desarmada por la intensidad de sus palabras. Bajó la mirada, sintiendo el peso de la soledad que la acompañaba desde la desaparición de su padre.

—“Desde que llegaste a esta casa, solo me has ayudado. No quiero darle más problemas, discúlpeme, joven Daesagan… no volverá a pasar. Anoche, al verlo irse sin decir nada, pensé que algo terrible había ocurrido con mi padre. No pude dormir y quise esperarlo fuera de sus aposentos hasta que llegara, pero el sueño me venció”.

Con la cabeza gacha y los hombros temblando, Haneul dejó escapar lo que llevaba guardado: “No quiero ser una carga para usted. Sé que ahora que mi padre no está, usted ha asumido el control de esta casa y de todos los problemas que azotan a mi familia”.

El llanto, desconsolado y puro, rompió el silencio de la habitación. Al verla así, la arrogancia y la vergüenza de Jun-ho se evaporaron instantáneamente. Sintiendo un nudo en la garganta, se acercó a ella y, con una ternura que nunca se había permitido mostrar, la tomó de la cabeza y la atrajo con suavidad hacia su pecho, dejándola llorar hasta que el dolor encontró descanso en el latido de su corazón.

El silencio compartido tras el llanto se vio interrumpido por el sonido rítmico de unos golpes en la puerta. El eunuco de Jun-ho, tras anunciar su entrada, deslizó los paneles solo para encontrarse con una escena que no esperaba: los dos jóvenes estaban unidos en un abrazo que desbordaba una intimidad dolorosa y tierna a la vez. Para disolver el momento sin causar una ofensa mayor, el sirviente fingió una tos seca y prolongada, logrando que ambos se separaran con la urgencia de quienes han sido sorprendidos en un secreto prohibido.

—Joven amo, vuestro padre, el Consejero Yi, acaba de enviar un mensaje urgente —anunció el eunuco con la vista fija en el suelo.




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