Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 60: Volví a vivir

Haneul fue anunciada fuera de los aposentos del Daesagan, donde él estaba ya esperándola, cuando el eunuco la anunció el tardío para responder ya que dentro él no dejaba de ver sus hanbok de seda, y cuando estuvo seguro de que lucía bien en la segunda llamada, pidió que la joven pasara, Haneul apenas prestó atención a las ropas del Daesagan. Permaneció inmóvil junto a su momjong mientras él la observaba en silencio, él le pidió que los dejaran solos y que solo avisaran cuando fuera a entrar la cena. el contemplando su cabello se acerco a ella y tomo unas mecha de cabello que sobresalían y tomándola la puso en su lugar y le elogio binyeo de jade que tenia puesto, ella con timidez bajo su semblante y le dijo esto me lo regalo mi padre la ultima vez que salimos al mercado el joven Jun-ho sosteniendo la quijada de ella le dijo me gustaría regalarte otro, y ella exclamo no gracias esta bien y el le volvió a decir yo insisto vamos al mercado y escogeremos uno hermoso para ti y ella asentó su cabeza y le dijo que si. en ese momento la cena fue anunciada y entraron y pusieron la comida en las mesas ella quedo sorprendida a l ver toda la comida que había y le pregunto esperamos a alguien mas joven? el dijo no. y toda esta comida es solo para nosotros? el respondió si, acaso hay algo que no te guste? lo puedo mandar quitar o es que quieres algo mas ella moviendo con rapides sus manos le dijo no joven así esta bien. Durante la cena todo estaba en silencio, él no sabía cómo decirle lo que estaban planeando y menos no sabía si decirle que el bujang estaba vivo, ya que cada día más sentía una atracción física hacia ella.

De repente, para romper el hielo, Jun-ho soltó una pregunta que no venía al caso:

—¿Sabes coser?

Haneul, que todavía intentaba procesar lo que acababa de pasar entre ellos, dejó caer los palillos sobre la mesa con un golpe seco. Lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—Sí… ¿por qué lo preguntas ahora?

—Necesito que me ayudes con unos trajes y unas máscaras —dijo él, recuperando su tono de mando.

Haneul frunció el ceño, indignada por la aparente ligereza del joven.

—¿Máscaras? ¿Cómo puedes estar pensando en fiestas cuando el mundo se está cayendo a pedazos?

—¿Y cuánto tiempo más piensas quedarte ahí sentada guardando luto? —le soltó él, cruzándose de brazos.

—¿Quién ha dicho que yo esté de luto? —replicó ella de inmediato, picada en su orgullo.

Jun-ho la miró con una media sonrisa, como si la hubiera atrapado en su propia red.

—Entonces, ¿me vas a ayudar o no?

Haneul no pudo evitarlo y soltó una carcajada de pura ironía. No podía creer que ese hombre pasara de consolarla a pedirle labores de costura en un segundo.

—Está bien, te ayudaré —cedió ella, negando con la cabeza.

—Mañana iremos al mercado a buscar las mejores telas —sentenció Jun-ho, satisfecho—. Te esperaré cuando raye el alba para que vayamos juntos a buscar lo que necesito. Prepárate, porque lo que vamos a confeccionar no es para una simple danza; es para el movimiento más importante de nuestras vidas.

A la mañana siguiente, Haneul esperaba en el patio delantero mientras los primeros rayos del sol comenzaban a asomarse. Estaba distraída observando el vuelo de las aves, sumergida en sus pensamientos, cuando Jun-ho apareció. Él se detuvo unos pasos detrás de ella, guardando silencio por unos segundos mientras la contemplaba, pero ella rompió la calma sin siquiera girarse.

—Llegas tarde, Daesagan —dijo ella con naturalidad.

Jun-ho se sorprendió; no esperaba que ella notara su presencia tan rápido sin haber hecho el menor ruido. Dio unos pasos para ponerse a su lado y soltó un comentario para recuperar el terreno:

—¿Siempre eres así de puntual para las citas?

Haneul giró la cabeza rápidamente, captada por la palabra.

—¿Cita? —replicó ella, parpadeando confundida.

—¿Eso dije? —respondió él, fingiendo una cara de total sorpresa, aunque con un brillo de travesura en los ojos.

Haneul sintió cómo el calor le subía a las mejillas, poniéndose roja de pura vergüenza ante la implicación de sus palabras.

—¿Puedes repetir lo que dijiste? —le exigió, tratando de mantener la compostura.

Jun-ho, en lugar de responder, simplemente le dio la espalda con una sonrisa contenida y empezó a caminar hacia la salida.

—Vámonos antes de que sea tarde —se limitó a decir, dejando a Haneul con la palabra en la boca y obligándola a apresurar el paso para alcanzarlo.

Jun-ho tenía cada movimiento fríamente calculado; su verdadera intención no era simplemente buscar los materiales para el Sandaenori, sino lograr tener una cita real con ella. Al bajar del ssanggyo, él le sostuvo la mano con firmeza. Haneul intentó zafarse con una mirada de desconcierto, pero él apretó su agarre, acercándola a su costado.

—Disimula —le susurró, mientras ocultaba una sonrisa de satisfacción—. Hoy somos una pareja común que vino a comprar telas. Debemos pasar desapercibidos, pues no sabemos quién pueda estar observándonos entre la multitud.

Bajo la excusa del espionaje y la seguridad, el Daesagan se permitía el placer de actuar como si ella fuera su pareja. En el fondo de su corazón, Jun-ho sabía que este día de relativa paz podría ser su última oportunidad de estar así de cerca de ella. Sabía que, una vez que el plan avanzara y ella descubriera que Kang-dae estaba vivo, todo cambiaría para siempre. Por ello, decidió aferrarse a ese paseo por el mercado como si fuera el tesoro más valioso de su estrategia.

Entre la búsqueda de las telas y las paradas constantes para curiosear, el mercado se convirtió en su propio mundo. Disfrutaban de un día espléndido, moviéndose entre los puestos como si fueran una pareja real. Muchas personas se giraban a mirarlos, y no era por sus ropas, ya que vestían prendas sencillas para pasar desapercibidos, sino por la energía que desprendían. Haneul radiaba una luz distinta; sus risas constantes, sus carreras por los pasillos estrechos y su sentido del humor hacían que Jun-ho se preguntara de dónde había salido una mujer así. Nunca había visto tantas virtudes combinadas en una sola persona.




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