Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 61: El Baduk Y El Daesagan

Kang-dae también andaba en el mercado esa mañana. Acompañado por su soldado de confianza, buscaba algunos suministros alimenticios y los últimos detalles para el Sandaenori. Desde que lo dieron por muerto, mezclarse entre la multitud con ese aspecto descuidado era su día a día, pero el destino a veces es caprichoso. En un descuido, el Bujang chocó de frente con Haneul, haciendo que las monedas que llevaba en la mano salieran volando y se desparramaran por el suelo.

Haneul, sin tener idea de quién era el hombre andrajoso con el que había tropezado, comenzó a pedir disculpas de inmediato y se agachó para ayudar a recoger el dinero. Unos pasos atrás, Jun-ho se quedó completamente inmóvil. El aire se le congeló en los pulmones al reconocer a Kang-dae y a su soldado; el pánico de que todo el plan se viniera abajo en un segundo lo obligó a guardar un silencio sepulcral.

Mientras Haneul seguía distraída juntando las monedas, su cabello alborotado le caía sobre la cara, cubriéndole los ojos. Fue en ese instante de cercanía cuando Kang-dae la examinó bien y se dio cuenta de que era ella. El corazón del guerrero dio un vuelco. Haneul, ajena a la tensión, estiró la mano para entregarle las monedas, pero al hacerlo, su mirada se topó con la enorme cicatriz que asomaba por el pecho del hombre. Al percatarse de que ella la miraba, Kang-dae se reacomodó la ropa rota con brusquedad, le arrebató las monedas de las manos y se dio la vuelta para marcharse a paso veloz. Antes de desaparecer entre la gente, él y Jun-ho cruzaron una mirada de muerte, un pacto silencioso de que el secreto debía mantenerse a toda costa.

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Jun-ho reaccionó rápido. Tomó a Haneul de la mano, la ayudó a levantarse y, sin suplicar explicaciones, tiró de ella para seguir caminando en dirección contraria. Haneul miró hacia atrás por encima del hombro; el físico de ese hombre le había parecido extrañamente familiar, aunque jamás cruzó por su mente la posibilidad de tener al Bujang nuevamente frente a ella.

—Qué hombre tan extraño —dijo Haneul, mirando a Jun-ho—. Me disculpé y ni siquiera me respondió. Ese señor no tiene modales.

Jun-ho, con el semblante completamente serio y el corazón latiéndole a mil por hora, se quedó callado. El peso de lo que acababa de pasar lo había dejado mudo. Haneul lo notó de inmediato, deteniendo el paso para mirarlo a la cara.

—¿Te pasa algo? ¿Ya no estás disfrutando estar aquí? Si quieres, nos vamos…

—No, no es nada, se me pasará —replicó él, forzando una sonrisa para no preocuparla—. No te preocupes. ¿Qué quieres hacer ahora?

Haneul no tardó en distraerse de nuevo. Al ver a un grupo de personas amontonadas jugando Baduk, los ojos se le iluminaron. Se olvidó por completo del incidente, agarró la mano del Daesagan con fuerza y salió corriendo, arrastrándolo consigo para colarse entre el círculo de espectadores que miraban el tablero.

Haneul, que tenía un gran conocimiento sobre el juego, le susurraba a Jun-ho todos los movimientos antes de que estos ocurrieran. Con solo mirar el tablero de Baduk, sabía analizar cada jugada y la estrategia que los oponentes usaban. En un momento de la partida, uno de los jugadores hizo trampa y Haneul señaló el error inmediatamente, atrayendo las miradas de todos los espectadores que rodeaban la mesa.

—¡Hey, tú! ¡Estás haciendo trampa! —gritó ella, haciendo que todos se voltearan—. Qué ingrato eres, ¿cómo osas engañar a tu oponente? —reclamó, señalando el tablero con cara enojada.

El jugador que había cometido la falta la miró con desprecio y le soltó:

—¿Quieres hacerlo tú en lugar del anciano?

Jun-ho, indignado por la forma en que el hombre le habló, dio un paso al frente colocándose justo delante de Haneul para protegerla.

—Yo lo haré —sentenció con firmeza—. Y no le vuelvas a hablar así a una señorita.

El tramposo soltó una sonrisa burlona y arqueó una ceja.

—¿Qué? ¿Acaso eres su novio?

Haneul se sonrojó al instante, pero antes de que pudiera decir algo, Jun-ho respondió con total seguridad:

—Aún no lo soy.

La multitud empezó a balbucear y a murmurar entre risas y sorpresas, mientras Haneul, con la cara completamente roja de la pena, no sabía ni dónde esconderse del pudor.

Jun-ho se sentó frente al tablero, acomodando su túnica con la parsimonia de quien se prepara para un debate en la corte. Necesitaba esa partida; era la vía perfecta para desahogar la tensión acumulada tras el impactante encuentro con Kang-dae y, al mismo tiempo, recuperar el control de una cita que se le estaba escapando de las manos. Quería impresionarla.

La partida rápida comenzó, y desde el primer movimiento, Jun-ho demostró una astucia implacable. No jugaba como un aficionado; aplicaba la misma estrategia política con la que lidiaba en el palacio, arrinconando las piezas de su oponente con bloqueos calculados y trampas silenciosas. Cada vez que colocaba una piedra negra sobre la madera con un golpe seco y firme, levantaba la vista buscando la mirada de Haneul, buscando en sus ojos la aprobación de sus movimientos. Ella, contenida por la sorpresa y la timidez tras el comentario anterior, seguía el juego con atención absoluta, leyendo la genialidad detrás de cada jugada de Jun-ho.

Al final de la tarde, el juego terminó. Y Jun-ho ganó la partida, vengando no solo su dignidad sino la de Haneul. Alrededor de ellos se volvió ligero y cálido. Haneul, rompiendo la formalidad, comenzó a burlarse abiertamente de la extrema seriedad que él ponía al jugar, imitándole el ceño fruncido y la postura rígida, pero antes de eso se lanzó hacia él en medio de todos alegrándose por haber ganado y burlándose del otro oponente. El Daesagan solo miraba el celaje de la joven y sonreía al verla feliz. Al escuchar sus ocurrencias, hizo que Jun-ho se relajara por completo, logrando olvidar por un momento el susto del choque con el Bujang.




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