Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 62: Antes del Sandaenori

Jun-ho le dio las instrucciones específicas de los diseños que quería a Haneul para confeccionar los trajes que llevarían el Bujang y su soldado, mientras él, a solo unos pasos, estudiaba detenidamente los mapas que Kang-dae le había dado. El silencio de la habitación solo se rompía por el roce de la aguja contra la tela.

Haneul por fin hizo la pregunta que tanto le rondaba en la cabeza; dejando de coser la tela por un instante, levantó la mirada y dijo:

—¿Dónde será celebrado el Sandaenori?

Jun-ho dejó de mirar los mapas de inmediato. Sabía que había llegado el momento y que la respuesta tenía que ser la verdad. La miró fijamente y le dijo:

—Es una distracción para poder sacar al rey de sus aposentos.

Haneul definitivamente dejó de hacer lo que estaba haciendo. Soltó la tela y exclamó, con los ojos abiertos de par en par:

—¿Acaso estás loco? ¿Cómo osas decir algo así en estos momentos?

—Calma, Haneul, te explicaré todo —le pidió él, intentando apaciguar su angustia.

Ella volvió a alzar la voz, sintiendo que el suelo se le movía bajo los pies:

—¡No seré parte de esto! Ya tengo demasiados problemas con lo de mi padre… ¡Eso que quieres hacer es un suicidio!

—¡Escucha lo que tengo que decir! —gritó él con firmeza, obligándola a detenerse.

Haneul frunció el rostro, cruzándose de brazos, pero se quedó callada, concediéndole el beneficio de la duda. Jun-ho aprovechó el silencio para explicarle a detalle todo lo que estaba pasando en la corte, la corrupción implacable y el peligro inminente, aunque omitió cuidadosamente la parte de que el Bujang estaba vivo.

Ella escuchó atentamente cada palabra. Conforme él hablaba, la rabia de Haneul se fue transformando en una fría comprensión; entendió que para quitarle el poder al Señor Min esa era la mejor estrategia. Aunque sumamente arriesgada, era la única manera real de que su padre fuera liberado con vida.

—El Sandaenori es lo único que nos ayudará a distraer a la corte y a los soldados mientras el rey esté postrado en cama —continuó Jun-ho, bajando la voz—. Se celebrará en los patios exteriores del palacio con el propósito de “limpiar el aire” y espantar al espíritu de la enfermedad. Nadie podrá negarse a un ritual de sanación. Mientras todos miren el espectáculo, dos personas de nuestra entera confianza usarán estos trajes; no solo para mezclarse entre los danzarines, sino para entrar a los aposentos del rey y extraerlo.

Haneul lo miró fijamente, con el corazón latiéndole aprisa.

—¿Y quién será ese que entrará y lo extraerá? —preguntó.

—Lo sabrás después —respondió él de forma tajante—. Por ahora, solo concéntrate en hacer tu mejor trabajo con los trajes, porque esto será celebrado en tres días.

—¿En tres días? —exclamó ella, horrorizada por el poco tiempo que tenían.

—Sí, Haneul —concluyó Jun-ho, volviendo la mirada hacia los mapas—. El reloj ya empezó a correr.

Luego de esa noche, hubo una última reunión donde todos se reunirían una noche antes del Sandaenori para verificar que todo estuviera bien y entregar los trajes y la máscara que usaría Kang-dae. El Bujang no quiso hablar de cómo haría para sacar al rey de sus aposentos; quiso dejar todo en secreto, ya que aún no creía del todo en los que estaban ahí. A pesar de que ellos no contaban en plenitud con la lealtad de él, tanto el Consejero Yi como su hijo, el Daesagan, sí confiaban en él.

Esa noche, el viejo consejero decidió no decirle a ninguno de los aliados dónde estaría escondido el rey, pues dentro de sí él también quería saber si todos los que decían apoyarlo estaban a favor de lo que se planeaba hacer. Cuando le preguntaron por último dónde sería llevado el rey, él se paró y, dando unos pasos de lado a lado, les dijo…

Con una calma fingida y la voz ligeramente rasposa, el Consejero Yi pronunció las palabras:

—Quiero que recuerden que el viento del norte es frío, pero las campanas de madera al atardecer siempre traen calma al espíritu.

Los aliados en la mesa se miraron entre sí, algunos confundidos y otros asumiendo que solo era el lamento poético y resignado de un viejo funcionario que buscaba consuelo en la filosofía tradicional ante la crisis del reino.

Sin embargo, el Daesagan se tensó imperceptiblemente. Sus ojos se encontraron con los de su padre por una fracción de segundo. Como jefe de los censores, su cerebro conectó las piezas de inmediato: el “viento del norte” soplaba directo de las escarpadas cumbres del monte Bukhansan, y las “campanas de madera” (moktak) eran el sonido inconfundible de los rituales de los monjes.

Su padre no estaba recitando un poema ante los aliados. Le acababa de entregar, solo a él, el mapa hacia el escondite del Rey: el templo budista oculto en la montaña del norte.

Ahora que el Daesagan tiene la clave, Haneul y su sirvienta van en camino a cuidarlo, y el Sandaenori se celebrará en apenas una noche……….¿Qué pasará?




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