Como era de esperarse, uno de los eruditos que formaba parte del plan ya había sido interceptado varias noches antes. El oficial del pañuelo azul había sido alertado por sus espías sobre los encuentros clandestinos de un grupo de literatos yangban que no comulgaban con el rumbo que el Señor Min le estaba imponiendo al reino. Al enterarse, el Señor Min ordenó buscar minuciosamente entre los sospechosos a alguien que tuviera una deuda de honor, un secreto oscuro o un punto débil que pudieran usar para doblegarlo. Como siempre, el Señor Min tenía ojos y oídos en cada rincón fuera de palacio.
Efectivamente, encontraron su presa: uno de los eruditos de la facción había abusado de su poder oficial para confiscar ilegalmente las tierras de unos indefensos campesinos. Tras ser llevado en secreto ante el Señor Min, el erudito fue acorralado con un ultimátum implacable: si no revelaba cada detalle de las conspiraciones del viejo Consejero Yi, de su hijo el Daesagan y de los demás aliados, él sería ejecutado públicamente por extorsión y deshonrado, mientras que su esposa y sus hijos serían condenados a la esclavitud perpetua.
Aterrorizado por la ruina de su linaje, el erudito confesó todo el plan del asalto al palacio, aunque omitió el detalle más crucial: que el Bujang Kang-dae seguía con vida, Por esta razón, cuando el Consejero Yi propuso realizar el Sandaenori como un ritual de sanación en la corte, el Señor Min no se opuso en lo absoluto; al contrario, permitió que el plan siguiera su curso, sabiendo exactamente dónde y cuándo mordería el anzuelo su presa.
A la mañana siguiente, el Daesagan mandó llamar a Haneul a sus aposentos privados. Cuando ella entró, no encontró al hombre que la miraba con complicidad en secreto; en su lugar, Jun-ho vestía sus ropas oficiales de censor real y se mantenía rígido, con las manos ocultas tras la espalda.
Sin preámbulos ni saludos cordiales, su voz cortó el aire de la habitación de forma mandatoria, con una dureza que Haneul jamás le había escuchado.
—Tanto tú como tu momjong tienen una misión crucial a partir de este momento —dictaminó él, mirándola desde arriba—. No solo van a ocultar al rey; tienen la responsabilidad absoluta de atender su enfermedad. No confiamos en nadie más que en ti para esto, y espero que entiendas la gravedad de lo que se te está encomendando. Cada medicina, cada paño de agua, debe ser administrado con absoluta discreción. Si fallas, no solo colapsará el reino, sino que la vida de tu padre terminará antes del anochecer.
Haneul se quedó gélida. Noto que Jun-ho estaba completamente diferente. Sus palabras eran órdenes estrictas, frías, dictadas como si no la conociera de nada, como si fuera una subordinada cualquiera y no la mujer por la que arriesgaba la vida. Su mirada era dura, impenetrable, despojada de cualquier rastro de afecto.
Incapaz de contener la confusión que le apretaba el pecho, Haneul dio unos pasos hacia el frente, acortando la distancia formal que él intentaba imponer, y lo interrumpió:
—¿Estás bien? —preguntó en un susurro, buscando al Jun-ho de siempre detrás de esa máscara de piedra.
Él se quedó en silencio por unos segundos. Su mandíbula se tensó y sus ojos chispearon, pero no cedió. Dio un paso atrás, ensanchando la distancia entre ambos, y la fulminó con la mirada.
—No estás prestando atención a lo que te estoy ordenando —sentenció con una frialdad cortante—. ¿Cómo osas interrumpirme mientras dicto las disposiciones del Estado?
Haneul, sintiendo el golpe de la humillación pública y el peso de su posición como Daesagan, sintió que las mejillas le ardían de vergüenza. Recordando la estricta jerarquía que los separaba, bajó la cabeza de inmediato, curvando su torso en una reverencia sumisa.
—Discúlpeme, señor Daesagan —dijo, con la voz apagada—. No fue mi intención faltar al respeto.
Al verla así, con el rostro oculto y el cuerpo encorvado en una muestra de sumisión ante él, el semblante rígido de Jun-ho decayó por una fracción de segundo; una sombra de dolor cruzó sus ojos al verse obligado a tratarla de esa manera. Sin embargo, recuperó su compostura real rápidamente, endureciendo las facciones antes de que ella levantara la vista.
—Asegúrate de que no vuelva a repetirse —continuó él, implacable—. Los caballos estarán listos en la salida trasera antes del mediodía. Tu momjong llevará las provisiones médicas camufladas. Te sugiero que guardes tus energías para el viaje a la montaña y dejes las preguntas innecesarias de lado.
Jun-ho siguió dándole instrucciones milimétricas de lo que ella y su sirvienta tenían que hacer al llegar a la embarcación y su trayectoria al templo, detallando horarios y señales de emergencia. Haneul asentía mecánicamente, pero en su mente la tormenta era otra. Mientras escuchaba aquella voz monótona y oficial, se preguntaba una y otra vez el porqué de su cambio tan repentino hacia ella. ¿Qué había pasado esa noche para que el hombre que la contemplaba con tanta delicadeza se transformara en un superior tan despiadado?
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Editado: 12.06.2026