Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 64: Camino a la embarcación

Mientras Haneul desaparecía al otro lado de la puerta, Jun-ho permaneció exactamente donde ella lo había dejado.

En silencio.

Inmóvil.

Escuchando cómo el eco de sus pasos se iba perdiendo poco a poco por el corredor.

Solo cuando estuvo completamente seguro de que ya no podía oírla se permitió respirar.

La máscara cayó primero.

Después, el Daesagan.

Y lo único que quedó fue un hombre cansado, solo en una habitación demasiado grande.

Lentamente, su mirada se desvió hacia los trajes cuidadosamente doblados sobre la mesa.

Los mismos que Haneul había cosido con sus propias manos.

Los mismos que estaban destinados a devolver a Kang-dae a su vida.

Durante un largo momento permaneció observándolos.

Sin moverse.

Sin apartar la vista.

Entonces dejó escapar una breve risa.

Amarga.

Vacía.

Desprovista de toda alegría.

—Así que esta es la forma en que el destino ha decidido recompensarme.

Su voz apenas fue un susurro.

Había pasado meses protegiéndola.

Protegiendo a su padre.

Arriesgándolo todo por su felicidad.

Y ahora…

Sería él quien le devolvería al hombre que ella había llorado.

Al hombre que jamás había dejado de amar.

Jun-ho bajó la mirada.

Porque la verdad era tan simple como cruel.

Cuando Haneul viera a Kang-dae con vida…

Nada volvería a ser igual.

Quizá lo perdonaría por haberle ocultado la verdad.

Quizá no.

Pero había una cosa de la que estaba completamente seguro.

La forma en que ella lo miraba ahora desaparecería para siempre.

Afuera, más allá de los muros del palacio, los preparativos para el Sandaenori continuaban.

El reino se encontraba al borde del caos.

El rey esperaba ser rescatado.

Y en algún lugar de las montañas…

Kang-dae afilaba su espada para la noche que se acercaba.

Ignorando que antes del próximo amanecer…

Volvería a encontrarse cara a cara con la mujer que todavía lo creía muerto.

Y Jun-ho…

El hombre que la había protegido una y otra vez.

El hombre que había aprendido a amarla en silencio.

Se vería obligado a observar cómo el destino se la arrebataba frente a sus propios ojos.

Haneul le pidió a su momjong que buscara lo necesario para ambas y, sin decirle nada a las demás sirvientas (sibi), que solo empacara algunos trajes sencillos y las mejores hierbas medicinales. La momjong, sin hacer preguntas, se retiró de los aposentos de la señorita Han.

Al subir la mañana, el eunuco del Daesagan se dirigió a los aposentos de la señorita a avisarle que ya todo estaba listo afuera y que las esperaban. Ella se dirigió a las afueras de la casa y ahí se encontró con su momjong y los soldados que la escoltarían.

Mirando hacia todos lados como el que espera a alguien, su momjong le preguntó:

—¿Pasa algo, señorita?

—No —le contestó ella de golpe. Luego, se dirigió al eunuco y le preguntó por el Daesagan: ¿Dónde está tu señor? ¿No vendrá a dar las últimas órdenes?

El eunuco contestó con una reverencia:

—Señorita, todo lo que él me ha dicho ya se lo transmití a usted. ¿Acaso está esperando otra orden más?

—¡No! —replicó ella, disimulando el fastidio—. ¿Sabes si él se tardará mucho en salir?

—¿Salir? —preguntó el eunuco, confundido.

—Sí —dijo ella—, a venir a despedirse.

—No, lo siento, señorita. El joven Daesagan está muy ocupado en otras cosas. Solo me dijo que la escoltara hacia los patios delanteros y me percatara de que todo estuviera en su lugar para su largo viaje.

Haneul apretó los puños ocultos bajo sus largas mangas y murmuró para sí misma:

—¿Qué le pasa a Jun-ho? ¿Por qué habría cambiado de repente? ¡Ingrato! ¡Mal educado!

El eunuco no escuchó a la perfección lo que ella dijo y le preguntó:

—¿Dijo algo, señorita?

Ella se quedó callada, fulminándolo con la mirada, y se subió al gama (el palanquín noble) junto a su momjong, que venía detrás de ella cuidando los bultos.

Mientras tanto, el Daesagan, que observaba oculto desde uno de los pasillos superiores todo lo que pasaba abajo, esperó a que el carruaje avanzara. Solo cuando el palanquín cruzó las puertas de la propiedad, se acercó al eunuco que regresaba de los patios.

—¿Qué tanto hablabas con ella? —le preguntó Jun-ho, manteniendo su rostro serio, aunque por dentro la ansiedad lo carcomía.

—Ella preguntó por usted, joven amo —dijo el eunuco—. Y le respondí exactamente lo que usted me ordenó decir.

—¿Y ella te replicó algo? —Quiso saber Jun-ho, buscando alguna señal, algún rastro de lo que ella sentía.

—No, joven —contestó el siervo—. Solo se montó en silencio.

Jun-ho no dijo nada más. Dio media vuelta y regresó a sus aposentos con el corazón más pesado que nunca, sabiendo que el desprecio de Haneul en ese momento era el precio que tenía que pagar para mantenerla a salvo.

Horas después, al llegar a la embarcación que las transportaría en secreto, los soldados montaron con rapidez todas las pertenencias tanto de Haneul como las de su momjong. Otro soldado, con semblante serio y reservado, las dirigió de inmediato hacia los camarotes interiores donde tenían que quedarse ocultas. La momjong miraba de reojo el movimiento de los hombres armados y los bultos de hierbas medicinales; aún no sabía absolutamente nada de lo que estaba pasando, pero el ambiente era tan tenso y solemne que ni siquiera se atrevió a preguntar.

Mientras tanto, en un punto clandestino, Kang-dae se alistaba minuciosamente, revisando su arma y preparándose mentalmente para la infiltración.

Al mismo tiempo, los patios exteriores de los palacios reales bullían con una actividad frenética. Los oficiales y sirvientes organizaban a contrarreloj los escenarios y las estructuras para el Sandaenori. Todos los implicados hacían sus respectivas tareas en un silencio cargado de nerviosismo: los músicos afinaban los instrumentos, los danzarines ensayaban los pasos rituales de purificación y los guardias reforzaban los perímetros.




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