Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 65: Contrabando real

Al llegar el atardecer, por las grandes puertas del palacio irrumpió la comitiva del festival. Kang-dae y su soldado avanzaron con paso firme, mezclándose perfectamente entre la marea de músicos, danzarines y cargadores. Con las máscaras puestas y las ropas ceremoniales que Haneul había confeccionado, lograron pasar por completo desapercibidos entre la multitud que llenaba los patios exteriores. Sin embargo, con lo que ellos no contaban en absoluto era con que el Señor Min les tenía preparada una sorpresa en el momento menos pensado.

Caminando por los patios del palacio bajo el peso de su disfraz, Kang-dae no pudo evitar observar las estructuras de piedra y los estandartes reales. El entorno le despertó una oleada de nostalgia, trayendo a su mente los viejos recuerdos de sus entrenamientos, de aquellos años de sacrificio cuando se preparaba con honor para convertirse en el Bujang.

De repente, el hilo de sus pensamientos se cortó abruptamente. Una persona que caminaba apurada en dirección contraria chocó contra él, rozando con fuerza el hombro de ambos. El desconocido llevaba el rostro cubierto y vestía ropas completamente blancas de pies a cabeza. Durante un breve e intenso segundo, ambos cruzaron miradas.

Kang-dae se quedó perplejo al ver esa mirada. Había algo en la fijeza y la forma de sus pupilas que le resultó escalofriantemente conocida.

«¿En dónde he visto esos ojos?», se preguntó a sí mismo, sintiendo un vuelco en el estómago.

La persona vestida de blanco hizo una reverencia rápida como disculpa por su distracción y, sin decir una sola palabra, siguió de largo perdiéndose entre el gentío. Kang-dae, sumergido por completo en el impacto de esa mirada, se quedó inmóvil en medio del patio mientras los tambores del Sandaenori empezaban a resonar a lo lejos.

«¿A dónde he visto esos ojos?», se repitió, forzando a su memoria a buscar en el pasado.

Y de repente, como un relámpago en mitad de la noche, el recuerdo más amargo de su vida lo golpeó con fuerza. Se vio a sí mismo en el suelo, ensangrentado, justo en el instante en que el soldado del pañuelo azul le había enterrado la espada en el pecho para darlo por muerto. Eran los mismos ojos. Los ojos de su verdugo.

Kang-dae frunció el semblante, apretando los dientes con una furia silenciosa al recordarlo. Clavó la vista hacia la dirección por la que el hombre de blanco se había escabullido.

—¿Será él? —se dijo a sí mismo en un susurro cargado de odio—. ¿Qué hace aquí?

Olvidando por un instante el protocolo de los danzarines, Kang-dae dio media vuelta y se fue caminando a paso rápido hacia la misma dirección en la que se había marchado aquel extraño.

Kang-dae apresuró el paso entre el gentío. Al divisar a su soldado entre los músicos, le hizo una seña militar, corta y tajante, ordenándole que lo siguiera. Ambos comenzaron a trotar, esquivando los puestos del festival y adentrándose en los corredores secundarios del palacio. Sus pisadas apresuradas apresuraban el ritmo a medida que se acercaban al patio trasero, justo donde desembocaba la salida del pasadizo secreto que conectaba directamente con los aposentos del rey.

Desde lejos, agazapados tras una columna de madera, divisaron el objetivo: una carreta de transporte pesado tirada por dos caballos, cargada con enormes bultos de ropa destinados a la lavandería real. Dos hombres la custodiaban. Uno de ellos, el que sostenía las riendas, era el hombre del pañuelo azul.

La mente de Kang-dae, entrenada para la estrategia y el combate, conectó las piezas de inmediato. Algo estaba profundamente mal. En Joseon, las tareas de la lavandería real estaban reservadas exclusivamente para los esclavos públicos (nobi) y las sirvientas de bajo rango; era impensable y humillante que un oficial militar o un esbirro de confianza del Señor Min vistiera el cáñamo basto de los plebeyos para escoltar ropa sucia. No era una simple tarea de limpieza; era un contrabando.

La rabia y la adrenalina endurecieron las facciones de Kang-dae. Se volvió hacia su subordinado y, con una voz que cortaba como el acero, dictó la orden:

—Ve por los caballos. Tenemos que alcanzarlos antes de que crucen las puertas de la capital.

Kang-dae no esperó a que llegaran los caballos. Se lanzó a correr a pie con todas sus fuerzas, persiguiendo las ruedas de la carreta que se alejaba. El aire le quemaba los pulmones. Segundos después, el suelo vibró: su soldado apareció de la nada cabalgando a toda velocidad y trayendo el caballo de Kang-dae de la rienda. Sin frenar un solo segundo, Kang-dae saltó hacia el animal en movimiento, agarró la silla y, de un tirón violento, montó y tomó el control de las riendas sin perder el impulso.

En la carreta, el cómplice del asesino miró hacia atrás y el pánico se le notó en la cara.

—¡Nos caen encima! —gritó, desesperado.

El hombre del pañuelo azul giró la cabeza. Al ver que Kang-dae les pisaba los talones, maldijo entre dientes y azotó con crueldad a sus caballos. Los animales dieron un tirón brutal que casi volcó la carreta, la cual empezó a dar saltos peligrosos contra las rocas y las raíces del camino.

Iban demasiado rápido. Con cada golpe, los bultos de ropa salían volando por los aires. De pronto, un fardo pesado se cayó y, entre las sábanas revueltas, aparecieron los pies descalzos de un hombre que no se movía. Era el Rey.

Kang-dae y su soldado se miraron fijamente. Ya no había tiempo para ir detrás de ellos.

—¡Córtales el paso! —rugió Kang-dae.

Los dos espolearon a sus caballos. Los animales salieron desbocados y se metieron de lleno entre los árboles del bosque. Las ramas les golpeaban la cara, pero ninguno frenó. Era una carrera mortal. Obligando a los caballos a dar el máximo, bajaron en diagonal por la colina para encontrarlos justo de frente, listos para chocar contra la carreta y frenarla a la fuerza.

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