Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 65: El regreso del fantasma

Mientras tanto, el Daesagan ya se encontraba en su residencia en el barrio de Bukchon. Allí, en la privacidad de su habitación, ultimaba los últimos detalles de su atuendo oficial antes de salir hacia el Sandaenori.

En el aposento de huéspedes de esa misma casa estaba su padre, el viejo consejero Yi. El anciano descansaba de su visita y se encontraba pensativo, analizando la grave crisis que sacudía al reino y todo lo que iba a pasar en los días venideros. Él era un funcionario de mucha edad; llevaba décadas sirviendo al gobierno y, aunque ya se había retirado de sus funciones públicas, conocía el palacio mejor que nadie. Desde niño había crecido entre esos muros al lado de su propio padre, quien también sirvió a la corte real y solía hablar delante de él sobre los oscuros secretos y movimientos del poder.

Por su larga experiencia, el viejo Yi sabía perfectamente cómo funcionaba la corrupción en Joseon. Sabía bien que era muy fácil para un erudito o un magistrado corromperse y cometer actos ilícitos fuera de la corte para enriquecerse. Mientras tanto, hombres ambiciosos como el Señor Min se dedicaban a observar minuciosamente a esos funcionarios corrompidos por sus propios deseos, acumulando pruebas de sus delitos para chantajearlos y usarlos luego en su contra. Así era como se ganaban las guerras políticas en la capital: destruyendo reputaciones y comprando lealtades.

El plan que él junto a su hijo el Daesagan había diseñado ya estaba en marcha. El viejo consejero sabía perfectamente que se podían presentar dificultades graves en el camino y que un solo error significaría la ejecución de toda su familia por traición. Sin embargo, tener a Kang-dae de su lado le daba una seguridad implacable. Con un guerrero de ese nivel manejando las espadas, sabía que no habría nadie en el reino que pudiera detenerlos.

Ambos, padre e hijo, se encontraron en el patio principal de la residencia para emprender el camino hacia el palacio. En ese momento, llegó corriendo uno de sus soldados de confianza. El hombre se detuvo en seco y, dando una reverencia pronta y respetuosa, habló con voz baja pero agitada:

—Mi señor, pasó tal cual usted me había anticipado.

El Daesagan volteó hacia su padre con el ceño fruncido y le preguntó:

—Padre, ¿qué pasa?

El viejo consejero Yi ignoró por un segundo la pregunta de su hijo. Mirando fijamente a su soldado, le cuestionó con severidad:

—¿Dónde están los demás?

—Mi señor, están apostados en el lugar que usted ordenó, listos para actuar —respondió el soldado sin levantar la cabeza.

El consejero volteó entonces a ver a su hijo. Su rostro no mostraba miedo, sino la frialdad de quien ya esperaba ese golpe.

—Ven —le dijo al Daesagan—. En el camino te explico.

El soldado se quitó de enfrente de inmediato, haciéndose a un lado para abrirles paso. Sin perder un solo segundo, ambos nobles se dirigieron a paso firme hacia el palanquín que los esperaba en la entrada para salir directo al palacio.

Kang-dae y su soldado frenaron de golpe, atravesando sus caballos en mitad del camino, justo enfrente de la carreta. El impacto de los cascos contra la tierra levantó una densa nube de polvo. A través de los agujeros de la máscara, los ojos de Kang-dae se clavaron de inmediato en el asesino del pañuelo azul.

—¡Hey, tú! —rugió Kang-dae, con una voz que hizo eco entre los árboles—. ¿Qué crees que estás haciendo?

El hombre del pañuelo azul tensó las riendas. Al escuchar ese tono de mando, un escalofrío le recorrió la espalda y pensó para sí mismo: «¿En dónde he escuchado esa voz antes?». Sin embargo, ocultando su confusión, replicó en voz alta con prepotencia:

—¡Quítense del camino! Tenemos órdenes estrictas de llevar esta carga a su destino. No se metan en asuntos de la corte.

Kang-dae no respondió con palabras. Desmontó del caballo con la agilidad de un felino, pisando firme sobre el lodo.

—No irás a ningún lado —sentenció, dando un paso al frente—. Debí imaginarme que Min planearía una bajeza como esta.

Con las manos cerca de la cintura, Kang-dae soltó una risa sarcástica, fría y cortante, que heló la sangre de sus enemigos.

—De aquí ninguno de los dos se va vivo. Yo tomaré esa carga, cueste lo que cueste.

En un movimiento milimétrico y limpio, Kang-dae desenvainó su espada. El acero brilló bajo la luz del atardecer. La empuñó con una furia contenida, listo para matar. Mientras el acompañante del asesino analizaba desesperadamente el entorno buscando una ruta de escape para la carreta, el crujido de las ramas secas rompió el aire.

Se escucharon pasos agitados. Decenas de ellos.

En cuestión de segundos, los alrededores del bosque se llenaron de hombres armados, vestidos completamente de negro y con los rostros cubiertos. La sorpresa fue general. Tanto el grupo del pañuelo azul como Kang-dae y su soldado se pusieron en guardia, desconcertados. Ninguno de los dos bandos sabía quiénes eran esos intrusos ni qué hacían allí.

Entonces, un jinete apareció al galope entre la maleza. El hombre que comandaba a los vestidos de negro miró directamente a Kang-dae y, sin mediar palabra, hizo una seña militar con la mano. Una orden muda. Al instante, sus hombres entendieron la señal y se lanzaron al ataque con las espadas empuñadas, corriendo directo hacia la carreta.

—¡Defiende los caballos! —bramó el del pañuelo azul a su cómplice, saltando de la carreta mientras desenvainaba su arma para repeler el asalto.

Kang-dae aprovechó el caos. Corrió con velocidad hacia la parte trasera de la carreta para quitar el bulto de ropa y rescatar al hombre oculto, pero el asesino del pañuelo azul le cortó el paso de un tajo directo al cuello. Las espadas chocaron con un estruendo metálico que hizo saltar chispas. Ambos hombres se trenzaron en una feroz batalla de fuerza, destreza y poder, midiendo sus aceros en un duelo a muerte.




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