Al cruzar las grandes puertas del palacio, el Daesagan y su padre, el viejo consejero Yi, fueron guiados por los sirvientes reales hasta las mesas oficiales que les correspondían por su alto rango. Sus asientos estaban situados justo enfrente de la mesa del señor Min, quien sostenía una taza de licor, tomando pequeños sorbos con la postura arrogante de quien cree tener el control absoluto del palacio y del golpe de Estado. El consejero Yi, sabiendo perfectamente que los hombres de negro ya habían frustrado el plan de Min, se sentó con el rostro serio y severo, sin mostrar la más mínima señal de triunfo; en la corte, revelar las emociones antes de tiempo equivalía a la muerte.
Mientras los danzarines del Sandaenori ejecutaban sus rituales en los patios iluminados por antorchas, en algún lugar del bosque oscuro el silencio se rompía con el galope violento y las respiraciones agitadas de los jinetes que cabalgaban a romper de espanto hacia el muelle secreto.
Por otro lado, en el muelle, Haneul y su momjong seguían esperando en la penumbra. Uno de los guardias corrió a darle aviso al oficial encargado de la embarcación:
—Señor, se divisan antorchas a lo lejos. Se acercan a gran velocidad.
El oficial ordenó de inmediato a Haneul y a su sirvienta que se ocultaran en el camarote interior; debían asegurar el perímetro y verificar que no se tratara de las tropas traidoras del Señor Min. Después de unos minutos de tensa espera, el eco de unos cascos frenando en seco retumbó en la madera del muelle, seguido de una voz desgarradora:
—¡El rey necesita atención médica de inmediato!
Al escuchar esas palabras, Haneul dio dos pasos hacia atrás en el barco, con el corazón acelerado. Afuera, la misma voz volvió a resonar con una autoridad implacable y militar:
—Ayuden a bajarlo con extremo cuidado. ¡Muévanse!
El oficial a cargo del barco hizo una reverencia rápida y respondió al instante:
—¡Sí, general Bujang! Como usted ordene.
Al oír ese título, Haneul ignoró las órdenes de seguridad y salió de prisa al revés de la embarcación. Desde una distancia corta, sus ojos se abrieron con fijeza al recortar la silueta del hombre que lideraba a los soldados. Era Kang-dae. Su corazón se llenó de una alegría desbordante, pero sus pies se quedaron completamente congelados en la cubierta. No podía moverse. Una marea de emociones la golpeó: era una mezcla violenta de incredulidad, felicidad y shock. Su momjong, que subió corriendo detrás de ella, se tapó la boca, ahogando un grito de total sorpresa al ver al Bujang vivo y de pie en ese lugar.
El oficial de la embarcación, apurado por la urgencia de la situación, les gritó con severidad:
—¡Entren ya y preparen los aposentos para Su Majestad!
Haneul seguía paralizada, con los ojos empañados en lágrimas, mirando al hombre que creía muerto. Fue entonces cuando Kang-dae, con la armadura sucia de lodo y sangre, desvió su mirada dura hacia ella. No hubo alivio en sus ojos, ni reconocimiento, solo la fría rigidez de un comandante en mitad de una guerra.
—¿Acaso no escuchaste? —le rugió Kang-dae con voz cortante—. Vamos a trasladar al rey ahora mismo. Todo tiene que estar listo. Muévete.
La momjong la tomó firmemente por los hombros, temblando, y le suplicó en un susurro:
—Señorita, por favor, entremos.
Haneul se dejó arrastrar hacia el interior del camarote, completamente en shock. No podía creer la forma en que él la había mirado: con una frialdad absoluta, como si jamás la hubiera visto en su vida, tratándola como si fuera una simple sirvienta más al servicio de la corona.
Él, junto a los soldados de confianza del consejero Yi, entró con paso firme a la cabina que habían improvisado para resguardar al Rey. De inmediato, la momjong tomó unos paños limpios y comenzó a limpiar al monarca, retirando con cuidado el lodo de los caminos que le había salpicado el rostro durante la huida.
Mientras tanto, en una esquina del camarote, Haneul preparaba a toda prisa una infusión de hierbas medicinales para estabilizar al soberano. Sus manos temblaban levemente; su mente seguía atrapada en un estado de total incredulidad al ver que el Bujang se encontraba en el mismo espacio que ella, a solo unos pasos de distancia.
Sin embargo, Kang-dae no mostró la menor debilidad. Con la mano apoyada en la empuñadura de su espada y la mirada endurecida, supervisaba cada movimiento de las mujeres y de sus propios guardias sin pestañear. Mantenía una distancia estrictamente profesional y rígida, aparentando que no le importaba en absoluto que ella estuviera ahí, completamente enfocado en asegurar la supervivencia del Rey y el éxito de la misión militar.
El agua del río comenzó a golpear con más fuerza el casco de la embarcación, anunciando que se adentraban en la corriente principal. Mientras las dos mujeres trabajaban en silencio para salvar la vida del monarca, Kang-dae permaneció como una estatua de piedra junto a la entrada, vigilando el pasillo con la espada lista. En esa habitación improvisada, el Rey luchaba por su vida, mientras que entre el Bujang y Haneul se levantaba un muro de hielo que ninguno de los dos estaba listo para romper.
La noche cayó sobre el río, devorando los últimos vestigios de la luz del día.
Dentro de la embarcación, el silencio reemplazó el estruendo de las espadas.
Solo la respiración entrecortada del Rey rompía aquella calma.
Haneul alzó con cuidado el cuenco de medicina hasta los labios de Su Majestad, obligando a sus manos temblorosas a mantenerse firmes.
Pero, por más que lo intentaba…
Sus ojos la traicionaban.
Una y otra vez, se desviaban hacia Kang-dae.
Él permanecía inmóvil junto a la puerta.
Vigilando.
Protegiendo.
Sin volver la mirada hacia ella ni una sola vez.
Ni una sola.
Era como si ella hubiera dejado de existir.
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Editado: 07.07.2026