A mitad de la noche, un soldado se acercó sigilosamente al Señor Min. Inclinando el torso en una profunda y discreta reverencia, le dio un comunicado breve y directo sobre el fracaso en el traslado del Rey. Min bajó la cabeza durante un largo rato, asimilando la noticia en silencio. Al levantar la vista, clavó una mirada fija y cargada de sospecha sobre el consejero Yi Seong-jae, quien se encontraba justo enfrente. El viejo consejero, mostrando su frialdad política, disimuló a la perfección y actuó como si no pasara nada, manteniendo el rostro imperturbable.
Tras unos minutos de tensa calma, el Señor Min se levantó de la mesa ceremonial y se retiró del palacio sin levantar sospechas. Se dirigió de inmediato a la choza oculta en la periferia de la capital, el lugar donde acostumbraba a reunirse en secreto con el soldado del pañuelo azul.
Durante el encuentro, el asesino del pañuelo azul le explicó minuciosamente la emboscada en el bosque y cómo les habían arrebatado el cuerpo del monarca. Al escuchar los detalles, el señor Min enfureció de una manera brutal. Perdiendo por completo su habitual compostura confuciana, arrebató la espada de las manos del Janggun (el general) que lo escoltaba, la empuñó con fuerza y, sin mediar palabra, apuñaló con saña al sirviente que había acompañado al soldado del pañuelo azul en la carreta de lavandería.
El hombre cayó muerto al instante sobre la tierra. Los pocos oficiales y guardias que se encontraban dentro de la choza quedaron completamente perplejos ante la sangrienta acción del consejero Min; en todos sus años de servicio, jamás lo habían visto matar a alguien con sus propias manos ni mostrar un nivel de enojo tan salvaje y descontrolado.
Min rugió con desprecio, con los ojos inyectados en sangre:
—¡¿Sabes a dónde se dirigieron?!
El asesino, manteniendo la compostura a pesar de la tensión, contestó con sequedad:
—No, mi señor.
—¡Eres un inútil! —Gritó Min de nuevo, dando un paso al frente—. ¡Debería matarte aquí mismo! ¡Dame una sola razón para no cortarte la cabeza ahora mismo!
El soldado del pañuelo azul, con un tono de voz frío y calmado, replicó sin inmutarse:
—Hay algo más que debe saber. El Bujang está vivo. Y mandó a decir que venía por usted.
El semblante del Señor Min cayó de inmediato; la rabia se transformó en un frío desconcierto. El silencio inundó la choza mientras él y el Janggun se miraban mutuamente, estupefactos.
—¡Pero tú dijiste que lo habías matado! —exclamó el Janggun, perdiendo los papeles y dando un paso hacia el asesino.
El Señor Min, con la voz entrecortada por la incredulidad, exigió una explicación:
—¿Cómo que está vivo? ¿Acaso no aseguraste que su cuerpo estaba enterrado junto al de sus hombres?
El del pañuelo azul permaneció de pie, con la espalda recta, como si no le tuviera miedo a nada ni a nadie en esa habitación. Miró de frente a su amo y respondió:
—Mi señor, no sé qué pasó. Yo mismo lo vi morir. No sé cómo es que sigue respirando.
El Janggun golpeó la mesa con el puño, analizando la gravedad militar del asunto:
—Si sobrevivió… ¿dónde estuvo todo este tiempo? ¿Estará conspirando en las sombras junto a la familia Yi?
—No lo sé, mi señor —respondió el soldado del pañuelo azul sin apartar la vista—. Si hubiera una explicación… yo también quisiera conocerla.
Esa misma noche al concluir el Sandaenori, las últimas antorchas comenzaron a extinguirse y los nobles abandonaron el palacio en una lenta procesión de palanquines. Entre ellos marchaban el Daesagan y su padre, el antiguo consejero Yi Seong-jae.
Ninguno habló.
No era necesario.
Ambos comprendían que aquella noche no habían salvado únicamente a un rey.
Habían encendido una guerra.
Yi Seong-jae mantenía la vista fija en la oscuridad del camino. Conocía demasiado bien a Min Seok-ryeon para creer que aceptaría semejante humillación. Un hombre como él jamás reaccionaba con miedo.
Reaccionaba con poder.
Y el poder, cuando se veía acorralado, siempre buscaba sangre.
El anciano cerró los ojos por un instante.
El verdadero peligro nunca había sido sacar al Rey del palacio.
El verdadero peligro comenzaría cuando Min descubriera que el trono había quedado vacío.
Sin el soberano ocupando su lugar, bastaría una sola sesión del consejo para proclamar que el reino no podía permanecer sin gobierno. Bastaría una acusación de incapacidad, unas cuantas voluntades compradas y la apariencia de legalidad para que Min reclamara el control absoluto de la corte.
No necesitaba una corona.
Solo necesitaba tiempo.
Y al amanecer, el tiempo jugaría a su favor.
Pero esa posibilidad también formaba parte del plan de Yi.
Rescatar al monarca había sido apenas el primer movimiento.
Fue el primer movimiento.
Al arrebatarle al Rey, habían obligado a Min a abandonar la paciencia que lo había mantenido invencible durante tantos años. A partir de ese momento, cada decisión que tomara estaría dictada por la urgencia, y la urgencia era el único enemigo capaz de derrotar a un hombre acostumbrado a controlar cada pieza del tablero.
Yi Seong-jae permitió que una leve sonrisa cruzara su rostro.
Por primera vez en mucho tiempo…
Min Seok-ryeon ya no estaba jugando la partida.
Estaba reaccionando a ella.
Y los hombres que reaccionaban…
También cometían errores.
La lámpara de aceite era lo único que se movía dentro del pabellón.
Frente a ella, Min Seok-ryeon permanecía inmóvil. La llama titilaba, proyectando su sombra larga y severa contra las paredes de papel. Esa quietud absoluta y sepulcral desconcertaba por completo a sus propios aliados; cualquiera habría esperado que gritara o destrozara el mobiliario tras la noticia de que el Bujang estaba vivo, pero Min ya había recuperado su máscara de hielo.
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Editado: 07.07.2026