Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 68: La última pieza del tablero

La noche en el palacio interior era silenciosa. El eunuco llegó hasta las puertas de los aposentos reales, donde la Sanggung principal (la dama de corte de mayor rango) lo detuvo con una mirada severa, custodiando la privacidad de la soberana. El eunuco se inclinó y le entregó el mensaje de palabra, con total solemnidad.

Minutos después, la Sanggung principal entró al aposento iluminado por velas y se arrodilló ante la Reina, quien leía un libro de seda.

—Mi Reina —anunció la dama de corte, bajando la cabeza—. El consejero Min, ha enviado un mensaje urgente. — El consejero Min ha solicitado un desayuno privado con Su Majestad al amanecer. Dice que es un asunto de vital importancia para la estabilidad del clan y del Trono.

La Reina detuvo el movimiento de sus manos. Su rostro permaneció completamente sereno, sin un solo gesto de sorpresa o preocupación ante una petición tan inusual a esas horas de la madrugada. Miró fijamente la llama de la vela y, con una voz suave pero extrañamente firme y fría para su edad, respondió:

—Dile que ahí estaré. Que preparen todo para el amanecer.

La Sanggung hizo una profunda reverencia y se retiró de la habitación. Al quedarse sola en la penumbra, la joven reina dejó el peine sobre el tocador de madera y miró hacia la ventana que daba a los patios oscuros del palacio. Sabía perfectamente que la hora de mover la pieza final del tablero había llegado.

Mientras tanto, la noche seguía transcurriendo en la capital. En la residencia del Daesagan, las pesadas puertas principales de madera se abrieron de par en par para permitir el ingreso del palanquín en el que viajaban Jun-ho y su padre, el viejo consejero Yi.

Al descender, ambos nobles se dirigieron a paso firme e inmediato hacia los aposentos privados de Jun-ho. Una vez allí, se encerraron a puerta cerrada, manteniéndose a la expectativa y esperando con urgencia noticias sobre el paradero de Kang-dae y el rescate del monarca. A pesar de la gravedad de la situación, los rostros de ambos hombres transmitían una aparente tranquilidad; ordenaron a los sirvientes que sirvieran té caliente, conscientes de que la noche sería larga, fría y decisiva.

Por la reacción contenida pero evidentemente desencajada que el Señor Min había mostrado durante el Sandaenori, padre e hijo tenían la certeza absoluta de que el plan de contingencia había funcionado y que el cuerpo del Rey ya no estaba en manos de los traidores. Sin embargo, la tensión silenciosa comenzó a apoderarse de la habitación con el paso de las horas: aún no les llegaba ninguna confirmación oficial ni el reporte del soldado de confianza del consejero Yi, el oficial que estaba encargado de ejecutar la estrategia militar en el bosque en caso de que todo saliera mal. El silencio de la noche se volvía cada vez más denso mientras esperaban la señal que confirmara que el Rey estaba a salvo.

Al rayar el alba, después de una larga noche de incertidumbre, llegó finalmente el emisario con la noticia que tanto esperaban: la operación había sido un éxito y la embarcación ya había zarpado rumbo al muelle seguro fuera de la capital. Jun-ho y su padre compartieron un gesto de profunda satisfacción, un breve respiro en medio de la guerra silenciosa, y se retiraron a sus respectivos aposentos para descansar un par de horas antes de tener que presentarse en la corte.

Mientras tanto, a bordo del barco, la lucha por mantener con vida al monarca continuaba. El pulso del Rey seguía siendo débil y no recobraba la vitalidad; tanto Haneul como su momjong hacían todo lo humanamente posible, aplicando paños y administrando tónicos medicinales para estabilizarlo antes de llegar al destino acordado.

En ese reducido espacio, la tensión aumentaba con cada minuto que pasaba. Kang-dae, actuando con la implacable rigidez de un subgeneral de la guardia real, daba órdenes directas y supervisaba el perímetro sin concederle a Haneul una sola tregua, ni una mirada de afecto. Ella, en silencio, continuaba preguntándose qué clase de infierno habría vivido en aquella emboscada para que su carácter cambiara de una forma tan radical.

No era solo su actitud lo que se había endurecido, sino también su aspecto físico. El cuerpo de Kang-dae se veía más robusto y curtido por las batallas; llevaba el cabello más largo y desaliñado, apartándose por completo del pulcro moño recogido y el sombrero oficial que caracterizaban a un Bujang respetado de la corte. Tenía el aspecto de un guerrero que había regresado de la misma muerte. Sin embargo, a pesar de su frialdad y de la cicatriz de la guerra en su mirada, Haneul lo seguía mirando con los mismos ojos de amor de siempre.

Mientras tanto, en el palacio real, los primeros rayos del sol comenzaban a teñir de oro los tejados de madera, anunciando un amanecer cargado de conspiraciones silenciosas. Los sirvientes de la corte ya se movían con prisa por los pasillos exteriores, agilizando los preparativos para el desayuno privado entre el consejero Min Seok-ryeon y la reina en el patio oriental.

Dentro de sus aposentos, la joven soberana se mantenía de pie con una rectitud impecable, vistiendo el porte majestuoso que le otorgaba la corona. Su Sanggung principal y las damas de honor de menor rango se movían a su alrededor con movimientos coreografiados, ayudándola a vestirse. Con extrema delicadeza, ajustaban el jeogori de seda fina y extendían los pesados pliegues de su chima carmesí, el color exclusivo de la consorte real.

Mientras las manos expertas de las sirvientas trenzaban su cabello y colocaban los ornamentos reales, la reina conversaba con su dama principal sobre poesías antiguas y literatura clásica. Para las mujeres de la alta sociedad, la erudición era un arma tan letal como el acero, y la Reina la dominaba a la perfección.

A pesar de su juventud, la inteligencia de la soberana y su profunda pasión por la lírica habían cautivado por completo al Rey desde el momento de su unión matrimonial. Aunque la diferencia de edad entre ambos era considerable, en la intimidad de los aposentos reales esa brecha se desvanecía por completo; ambos se complementaban en un vínculo intelectual y afectivo que pocos matrimonios políticos de Joseon lograban alcanzar.




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