Mientras tanto, la barca que transportaba al monarca herido reducía su velocidad al aproximarse a la orilla del río, preparándose para encallar en un muelle viejo y oculto por la maleza. El agua golpeaba suavemente las maderas del casco mientras los soldados de confianza del consejero Yi maniobraban las cuerdas con movimientos rápidos y silenciosos, evitando hacer cualquier ruido que pudiera alertar a los espías de la capital.
Desde la cubierta, recortado contra la niebla de la mañana y el espeso paisaje forestal, ya se podía divisar la silueta del templo budista escondido entre las laderas de la montaña. Las estructuras de madera oscura y los tejados curvos se camuflaban perfectamente entre los árboles, ofreciendo el lugar sagrado y apartado que necesitaban con urgencia; el único rincón del reino donde el Rey recibiría atención médica oculta, lejos de los médicos reales de la corte que respondían al clan Min.
A bordo, la tensión seguía a flor de piel. El esfuerzo por mover el cuerpo del soberano requirió de una coordinación absoluta. Kang-dae, asumiendo el mando con la frialdad militar que lo caracterizaba, ordenó a dos de sus hombres que prepararan una litera de madera para cargar al monarca. Durante todo el proceso, el silencio entre el Bujang y Haneul se mantuvo como una línea invisible pero asfixiante que amenazaba con romperse con cada roce accidental. Ella se aseguraba de que la cabeza del Rey estuviera protegida, mientras Kang-dae sostenía la estructura con sus manos firmes y curtidas, ignorando deliberadamente la mirada cargada de preguntas de la joven.
En la orilla, un par de monjes vestidos con túnicas grises de algodón ya los esperaban en absoluto secreto. Al ver descender la litera con el cuerpo debilitado del soberano, los monjes inclinaron sus cabezas en una profunda reverencia de respeto, conscientes del enorme peso político y el peligro de muerte que acababa de entrar a sus tierras sagradas. Sin perder tiempo, guiaron al grupo por un sendero empinado de piedra hacia los pabellones traseros del templo, donde ya tenían preparados braseros con fuego, paños limpios y hierbas de la montaña para reanimar el débil pulso del monarca.
Muy lejos de allí, en la capital, la realidad se vivía de otra manera. En sus aposentos privados, el Daesagan no lograba encontrar la paz. Más allá de la inmensa preocupación por el estado crítico del monarca o del peligro de muerte que corría su propia familia si el golpe de Estado de Min prosperaba, la mente de Jun-ho estaba atrapada en un solo pensamiento: el encuentro entre Haneul y Kang-dae.
La idea de que ellos dos estuvieran juntos en el mismo barco, compartiendo el mismo espacio después de tanto tiempo, lo atormentaba sin tregua.
Fueron tantas sus dudas y el desgaste de la larga noche, que al apoyar finalmente la cabeza sobre la almohada, el cansancio lo venció y lo arrastró a un sueño profundo. Pero no hubo descanso en él. En su mente se proyectó una visión desgarradora: contempló el reencuentro de Haneul y Kang-dae, un instante cargado de un romanticismo tan puro y devastador que para Jun-ho se convirtió en una auténtica pesadilla.
El dolor de verlos juntos en su mente fue tan insoportable y aterrador que se despertó de golpe, agitado, con la respiración entrecortada y el pecho oprimido por los celos. Al mirar a su alrededor, desorientado en la penumbra de sus aposentos, se dio cuenta de que había dormido durante horas; las sombras se habían alargado y el atardecer ya se estaba asomando por la ventana. El tiempo corría en su contra.
Al cabo de varios días, la calma tensa en la capital continuaba. El consejero Yi se encontraba en sus aposentos privados compartiendo una mesa de té con su hijo, el Daesagan, cuando uno de sus guardias de mayor confianza entró en silencio a la habitación. El hombre se inclinó y le entregó un sobre sellado. Al ver la marca de cera, el viejo consejero entendió de inmediato que se trataba de noticias directas desde el templo budista en la montaña sobre la salud del soberano.
El consejero rompió el sello y leyó el papel en silencio. Al notar la sombra de preocupación en el rostro de su padre, Jun-ho preguntó:
—Padre… ¿todo está bien?
—El monarca aún sigue en estado crítico —replicó el anciano, doblando la carta despacio—. Los monjes y médicos no han podido hacer que su pulso recobre la fuerza.
—¿Solo eso dice el mensaje, padre? —insistió el Daesagan, incapaz de disimular la inquietud en su mirada.
—Sí —respondió su padre, clavando una mirada perspicaz en su hijo—. ¿Por qué la pregunta? ¿Acaso estabas esperando saber algo más?
Jun-ho bajó la cabeza de inmediato, sintiendo el peso de la mirada de su padre y temiendo que sus celos respecto a Haneul y Kang-dae quedaran al descubierto.
El viejo Yi, que conocía la mente y el corazón de su hijo mejor que nadie, sabía perfectamente que el joven estaba profundamente enamorado de Haneul. Con una leve sonrisa sabia, el consejero acomodó su túnica y propuso:
—Solicitaremos a la corte una reunión con el padre de Haneul para coordinar los siguientes pasos de la facción. Una vez que hayamos resuelto ese asunto político en la capital, deberás marchar tú mismo hacia las montañas para verificar personalmente el estado de salud del Rey… ya que mi avanzada edad no me permite realizar un viaje tan largo.
Al escuchar aquellas palabras, los ojos del Daesagan se iluminaron con una mezcla de sorpresa y alivio. Saber que pronto tendría la oportunidad de ir al templo y reencontrarse con Haneul le devolvió el aire al pecho. Su padre, al presenciar la reacción tan evidente de su hijo, sonrió para sus adentros con serenidad y volvió a dar un sorbo pausado a su taza de té.
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Editado: 04.08.2026