Mientras el verdadero Rey permanecía oculto lejos de la capital, el Palacio Real seguía respirando una mentira cuidadosamente construida. Tras sus muros, las reuniones clandestinas de la facción Min se multiplicaban cada noche. Sin embargo, el consejero Min Seok-ryeon mantenía a sus propios aliados a oscuras: no se atrevía a revelarles el vergonzoso secreto de que el monarca había sido arrebatado de sus manos.
Lo que más atormentaba a Min era la falta de certeza. Aunque sospechaba de las facciones rivales, no tenía una sola prueba directa que señalara a la familia Yi como la responsable del rescate en el bosque. Esa incertidumbre lo volvía aún más peligroso y desconfiado.
Para asegurar el control de la capital sin depender exclusivamente de los mandos militares de la corte, Min continuaba financiando en secreto y favoreciendo a tropas de mercenarios extranjeros. Eran hombres implacables, ajenos a las leyes de Joseon, acuartelados a las afueras de la ciudad esperando una sola orden para actuar. Esta decisión provocaba un descontento silencioso entre los propios generales de la guardia, pero ninguno se atrevía a cuestionar los movimientos del poderoso consejero.
Una tarde, Min envió a su eunuco personal hasta el palacio interior con una solicitud formal dirigida a los aposentos de la soberana, pidiendo una audiencia privada para visitarla al día siguiente.
Al recibir la misiva, La Reina leyó la misiva sin alterar la expresión.Con la serenidad y frialdad que la caracterizaban, autorizó de inmediato que Min se presentara en sus aposentos durante la tarde siguiente. Cuando el eunuco regresó con la respuesta afirmativa, Min Seok-ryeon tomó la noticia como la confirmación de que la alianza táctica iniciada en el patio oriental marchaba sobre ruedas y que la soberana estaba lista para dar el siguiente paso en el tablero.
La tarde del día siguiente se presentó fresca y sombría; el crudo invierno ya se estaba adentrando en la capital. Dentro de los aposentos de la soberana, el ambiente era cálido y apacible; en el aire flotaba el vapor reconfortante del té de pino recientemente servido. La brisa helada que se filtraba por los marcos de madera de la ventana traía consigo el olor penetrante de la tierra fría y de los extensos bosques de pinos que rodeaban el palacio, liberando un aroma resinoso más intenso con la sequedad del ambiente.
El consejero Min llegó hasta el palacio interior secundado por su eunuco personal y su séquito de ancianos ministros, quienes aguardaron en la terraza exterior. La Sanggung principal de la Reina anunció la llegada del consejero, y la soberana otorgó permiso para su ingreso.
Min cruzó el umbral y, tras ofrecer los saludos formales correspondientes a la etiqueta real acompañados de una reverencia solemne, esperó la indicación de la consorte.
—Tome asiento, consejero Min —indicó la Reina con gesto sereno.
—¿Cómo se encuentra en esta tarde, Mi Reina? —inquirió Min, acomodando las pesadas mangas de su túnica sobre el cojín de seda.
—Me encuentro muy bien —replicó ella, manteniendo la espalda recta y una expresión imperturbable.
—Me alegra comprobar que goza de tan excelente salud —dijo Min, clavando sus ojos en los de ella—. El reino necesita estabilidad en estos momentos.
—¿A qué se debe esta visita, consejero Min? —preguntó la soberana, prescindiendo de los rodeos cortesanos.
Min guardó silencio por un breve segundo, observando el rostro joven pero implacable de la mujer frente a él, y pronunció con voz grave:
—Durante años pensé que el palacio había debilitado tu corazón.
La Reina no apartó la mirada ni un solo milímetro.
—Durante años fingí que así era.
Una sonrisa sutil pero cargada de complicidad apareció en el rostro del consejero.
—Entonces aún recuerdas quién te entregó esa corona.
Ella dejó la taza de té sobre la mesa con una delicadeza absoluta.
—Nunca lo olvidé… tío.
Al escuchar la confirmación directa, el consejero Min dibujó una sonrisa malévola. Sosteniendo la mirada de su sobrina, tomó un sorbo de té y respondió en un susurro cargado de ambición:
—Me alegro, sobrina, de que aún recuerdes por qué hoy estás ahí, sentada como la soberana de este reino.
El Rey no aparece y la familia Yi empieza a actuar con demasiada cautela.
—La familia Yi no es estúpida, tío —respondió la Reina con serenidad, entrelazando sus manos dentro de las mangas de su jeogori—. Sospechan algo, pero no tienen el control del palacio interior. Mientras yo mantenga los sellos reales en mi poder, cualquier orden que salga de estas paredes es la ley de Joseon. ¿Qué planeas hacer con los hombres que tienes acuartelados fuera de la ciudad?
Min sonrió con frialdad al ver lo bien informada que estaba.
—Entrarán al anochecer… pero no ondeando estandartes extranjeros —respondió Min, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. Vestirán los colores de la guardia de la capital. Cuando la ciudad duerma, tomaremos las cuatro puertas principales y rodearemos el Consejo Real.
La Reina escuchó con calma, inclinando levemente la cabeza mientras observaba las volutas de vapor que aún salían de la tetera. La frialdad en su rostro no era la de una joven asustada por el estruendo de la guerra, sino la de una estratega que calculaba el costo de cada gota de sangre.
—Un despliegue de fuerza tan vulgar solo avivará las sospechas de las facciones del sur —dijo ella, con una voz suave, casi melodiosa, pero afilada como una cuchilla de plata—. Si ocupas la ciudad con mercenarios disfrazados sin una causa legítima, el Gran Consejo declarará un estado de traición. No necesitamos un baño de sangre en los pasillos de mármol, tío; necesitamos la ilusión de la legalidad.
Min enarcó una ceja, sorprendido por la agudeza política de su sobrina.
—¿Qué propones entonces? —inquirió él, inclinándose hacia adelante.
—Mañana al alba, emitiré un decreto con el sello real —explicó la Reina, sosteniéndole la mirada con una serenidad aplastante—. Declararé que la salud de Su Majestad ha sufrido una recaída irreversible debido a su enfermedad del aliento, y que se encuentra bajo aislamiento estricto por orden médica en la villa real. Simultáneamente, firmaré el edicto que nombra a mi hijo, el joven Príncipe Heredero, como el único y legítimo sucesor al Trono de Joseon.
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Editado: 04.08.2026