En las lejanas montañas del norte, la niebla descendía densa sobre las laderas. Haneul se encontraba sentada frente a la quietud helada de una laguna, buscando un instante de tregua para el peso de su alma. El invierno, implacable y despiadado, se hallaba ya a las puertas de la montaña; el viento cortante se deslizaba con fuerza sobre la superficie del agua, arrastrando una marea de aire gélido que calaba hasta los huesos.
A lo lejos, al otro lado de la laguna, alcanzó a divisar la silueta de un hombre robusto. Empuñaba una espada pesada y cortaba el aire helado con movimientos precisos, ejecutando formas militares en la soledad de la orilla. Sin la fuerza suficiente para esforzar la vista y averiguar de quién se trataba, Haneul apartó la mirada con indiferencia, sintiendo que el mundo a su alrededor perdía paulatinamente el color.
Su momjong, consciente de la debilidad de su señora y de la agresividad del clima, se acercó a paso firme y colocó suavemente sobre los hombros de Haneul un pesado durumagi de lana.
—Mi señora, ¿qué hace aquí afuera? El aire es demasiado traicionero hoy —murmuró la sirvienta con voz quebrada por la preocupación.
Haneul exhaló un suspiro largo, un vapor blanco que se disipó al instante en la atmósfera helada.
—¿Cómo estará mi padre…? —murmuró con la voz rota por la nostalgia—. Han pasado tantas lunas y no he vuelto a saber nada de él. ¿Estará el Daesagan atendiendo sus asuntos en la capital?
La momjong, dejando entrever una profunda tristeza en la mirada, apretó las manos frente a su regazo.
—Yo también extraño mucho al señor Han, mi señora…
Haneul volvió a clavar la vista en las aguas oscuras y cristalinas, sintiendo cómo la melancolía la consumía por completo.
—El Cheomseongdae era todo lo que conocía —dijo, con una resignación desgarradora—. Creía que fuera de las estrellas y de sus muros no existía nada más. Hoy me encuentro atrapada en tierras ajenas, ignorando si mi padre aún respira… y todo por haber dedicado mi vida a lo que amaba.
Volteó despacio la cabeza hacia la orilla opuesta, observando la figura distante del soldado que continuaba entrenando en medio del frío.
—Debí haber nacido varón —susurró, dejando correr una lágrima helada por su mejilla—. Así mi padre no estaría sufriendo hoy, o quizás… si ya no estuviera en este mundo, nada de esto habría ocurrido. Mírame: hoy no soy más que una fugitiva. Soy cómplice del secuestro de un rey y soy despreciada por aquel que una vez prometió guardar mi secreto.
Miró fijamente a su fiel momjong, con los ojos apagados por el dolor:
—La vida está dirigida por aquellos que acechan con maldad en las sombras… y sostenida por manos invisibles que nunca podrán ser reveladas. Esta no es la vida que yo escogí.
Sin previo aviso, Haneul se despojó del durumagi y avanzó con paso firme e hipnótico hacia la orilla.
—¡Mi señora! ¡No! —gritó la momjong con desesperación al verla adentrarse en la laguna.
El agua gélida comenzó a empapar el dobladillo de su chima, subiendo rápidamente por sus piernas hasta alcanzar su cintura. Al otro lado de la laguna, el soldado detuvo bruscamente la espada al escuchar los gritos desgarradores de la sirvienta. Al erguirse, vio la figura de la joven sumergiéndose intencionadamente en el agua helada.
—¡Apártese del agua! ¡Salga de ahí! —gritó el hombre con voz de mando, echando a correr desesperadamente alrededor de la laguna.
Sin embargo, Haneul no escuchó las advertencias. El frío entumeció su cuerpo en cuestión de segundos, privándola de la fuerza para resistir. Cerró los ojos, dejándose llevar por la corriente hacia la penumbra del fondo, mientras las aguas oscuras del norte se cerraban por completo sobre ella.
El impacto del agua helada le cortó la respiración a Kang-dae apenas se arrojó a la laguna. El frío era tan despiadado que se sentía como miles de agujas clavándose en su piel, pero el terror de ver desaparecer a Haneul eclipsó cualquier dolor físico. Con brazadas violentas y desesperadas, cortó la superficie oscura hasta que divisó, sumergida entre las sombras del fondo, la silueta pálida de la joven.
Buceó sin dudarlo. Sus dedos rodearon con firmeza la cintura de Haneul y, luchando contra el peso de las telas empapadas, la impulsó hacia la superficie.
Al romper la línea del agua, la arrastró torpemente hacia la orilla de piedra. La momjong, que corría entre sollozos y gritos de auxilio, se arrojó sobre la hierba congelada para ayudarlo a sacarla por completo.
—¡Mi señora! ¡Por favor, despierte! —suplicaba la momjong, cubriéndose el rostro deshecho en lágrimas.
Haneul yacía inerte sobre la hierba endurecida por la escarcha. Su rostro había adquirido una palidez espectral y sus labios comenzaban a teñirse de azul. Kang-dae acercó dos dedos temblorosos bajo su nariz, buscando un aliento que no logró sentir.
—¡Haneul! —la llamó, sacudiéndola suavemente por los hombros—. ¡Abre los ojos!
No obtuvo respuesta.
La momjong cayó de rodillas junto a ellos, deshecha en sollozos.
—¡Mi señora! ¡Por favor, despierte!
Kang-dae la volvió de costado y apartó con los dedos los mechones empapados que cubrían su rostro. Después, recordando vagamente lo que había visto hacer a los médicos militares con hombres rescatados de los ríos, la inclinó hacia delante y presionó con fuerza entre sus omóplatos.
Nada.
Volvió a hacerlo, esta vez con mayor desesperación.
—¡Respira! —rugió—. ¡Haneul, respira!
Una pequeña cantidad de agua escapó de los labios de la joven, pero su cuerpo continuó inmóvil. La muralla de frialdad que Kang-dae había levantado durante los últimos días se derrumbó en un solo instante. Ya no existían el rencor, el protocolo ni las palabras que habían quedado sin pronunciar. Solo el terror feroz de perderla.
La tendió nuevamente boca arriba y apoyó una mano sobre la parte alta de su abdomen, presionando con cuidado, como si pudiera obligar a sus pulmones a recordar cómo recibir el aire.
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Editado: 04.08.2026