En las primeras horas de la mañana, mientras la brisa helada anunciaba un día sombrío en la capital, el Daesagan se terminaba de vestir en sus aposentos para asistir a la reunión extraordinaria en el palacio real. La convocatoria había sido enviada por Min en nombre del monarca para debatirse el inestable estado del reino. Justo cuando el joven se disponía a salir, el viejo consejero Yi, ya ataviado con sus ostentosas túnicas oficiales de la corte, le informó a su hijo que lo acompañaría. Jun-ho, sorprendido pero lleno de respeto, se limitó a inclinar la cabeza en una solemne reverencia.
Durante el trayecto hacia el palacio interior, el silencio entre padre e hijo fue absoluto. No necesitaban palabras; ambos sabían que caminaban directamente hacia la boca del lobo.
Al llegar al Sajeongjeon, la atmósfera dentro del salón era sofocante. Los ministros, eruditos y altos funcionarios de las diversas facciones ya se encontraban alineados en estricto orden de rango a ambos lados del recinto.
El inmenso salón permanecía en un silencio reverencial. Sobre la plataforma elevada, el trono del dragón dorado permanecía vacío, cubierto por la sombra de su gran dosel de seda. Ningún funcionario se atrevía siquiera a levantar la vista hacia él.
Entonces, el sonido seco y pesado de unos pasos rompió la calma. No era el Rey quien cruzaba las anchas puertas del palacio. Era el consejero Min Seok-ryeon, caminando con una ínfula de grandeza desbordante. Sin llegar a ocuparlo, Min se detuvo apenas un escalón por debajo del trono real. Aquel pequeño gesto, arrogante y calculado, bastó para recordar a todos los presentes quién pretendía gobernar realmente los destinos de Joseon.
Murmullos de indignación comenzaron a correr entre los eruditos y consejeros de las facciones opositoras. Min, clavando una mirada severa sobre la corte, alzó la voz para imponer orden:
—¡Silencio! Su Majestad el Rey me ha pedido personalmente que los convoque en este lugar.
La afirmación provocó una nueva oleada de bisbeos entre los ministros. En medio de la multitud, el consejero Yi y su hijo se cruzaron una breve mirada impregnada de sonrisas contenidas; la desfachatez de la mentira de Min resultaba casi cómica para quienes conocían la verdad.
Elevando aún más el tono, Min exclamó con autoridad implacable:
—El monarca se encuentra en sus aposentos privados. Por estrictas órdenes del médico real, Su Majestad no puede presentarse ante ustedes el día de hoy, por lo que me ha delegado la responsabilidad de atender todas y cada una de las necesidades de este reino.
En ese instante, una carcajada sonora y profunda retumbó en la inmensidad del Sajeongjeon.
El eco de la risa hizo que cada ministro y guardia dentro del salón volteara de inmediato hacia el origen del atrevimiento. Min, quien no se había percatado de la presencia del anciano entre la multitud de cortesanos, apretó los puños y bramó lleno de ira:
—¡¿Quién se atreve a reírse ante un mandato directo del Rey?!
El viejo consejero Yi no se detuvo; continuó riendo con serenidad mientras daba varios pasos al frente, saliendo de la fila de oficiales. Con la frente en alto y una postura inquebrantable, proclamó con voz firme:
—«El Cielo no abandona a un reino por una sola injusticia, sino por la costumbre de tolerarlas». Cuando los ministros buscan su propio beneficio antes que el bienestar del pueblo, el Mandato del Cielo comienza a desvanecerse. Entonces, un hombre recto debe levantarse, aunque permanezca solo, para limpiar el palacio antes de que la corrupción consuma el reino entero.»
Min, desencajado al ver al anciano en el palacio real, dio un paso abajo en el estrado:
—¡¿Qué hace usted aquí?! ¡Usted ya no pertenece a esta corte!
El viejo consejero dio un último paso hacia el centro del salón. Con una calma exasperante, realizó una pausada reverencia protocolaria antes de sacar de entre las mangas de su túnica una placa real grabada.
—Aquí tengo la placa otorgada por la mismísima mano del Rey cuando me llamó del retiro y solicitó mis consejos para velar por los verdaderos intereses de esta nación. Pues bien sabido es que…
Las malas hierbas no cubren el jardín en una sola noche; crecen porque el jardinero apartó la mirada. Cuando las raíces de la corrupción abrazan el palacio, hasta las piedras olvidan la rectitud. No es el viento quien destruye el reino, sino las manos que callan mientras el veneno florece. Alguien deberá empuñar la azada de la justicia, arrancar las malas hierbas de raíz y devolver la luz al patio donde el dragón gobierna.
Min apretó la mandíbula, sintiendo cómo la sangre se le agolpaba en el rostro.
—¿Qué pretendes decir con eso? —Escupió Min con veneno—. ¿Insinúas acaso que este reino está siendo corrompido y que el Rey te nombró a ti para descubrirlo?
El viejo Yi dibujó una sonrisa irónica. Se giró despacio sobre sus talones, encarando a toda la asamblea de ministros que escuchaba en un silencio sepulcral.
—Muchos de los presentes ya saben que Su Majestad solicitó formalmente mis servicios —dijo el anciano, paseando la mirada por el recinto—. Pero… ¿cómo podría cumplir mi deber si no me presento a estas reuniones? Varios de ustedes ya me han visto caminar por los pasillos del palacio; otros incluso tuvieron la cortesía de compartir una taza de té en mis aposentos…
El viejo Yi volvió a girarse suavemente, encarando cara a cara a un Min paralizado por la furia.
—Dígame, consejero Min… ¿cuándo tendrá usted el honor de invitar a tomar una taza de té a este viejo servidor, a quien el Rey encomendó asistirlo mientras recupera la salud?
Min frunció el rostro en una mueca de humillación y rabia contenida. Sabiéndose acorralado y sin argumentos legales frente al peso de la placa real y la mirada juzgadora de toda la corte, apretó los dientes y sentenció:
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Editado: 04.08.2026