Min caminaba a pasos agigantados hacia sus aposentos privados, sintiendo cómo el enojo le abrasaba el pecho. La imagen del viejo consejero Yi desafiándolo en pleno salón real y la humillación pública ante los ministros lo perseguían como una sombra. La impotencia de no conocer con claridad el verdadero paradero del monarca le provocaba una ansiedad voraz que amenazaba con hacerle perder el juicio.
Apenas cruzó el umbral de su residencia, ordenó de inmediato a su eunuco principal convocar una reunión clandestina de urgencia con el Janggun y con todos los eruditos de alto rango que respaldaban su causa. Necesitaba reagrupar a su facción antes de que los rumores en la corte se volvieran incontrolables.
Sin embargo, incapaz de esperar, cometió un acto sin precedentes en el protocolo de la corte: se dirigió directamente hacia el palacio interior, irrumpiendo en los aposentos de la soberana sin previo aviso ni solicitud formal.
En ese momento, la Reina se encontraba almorzando serenamente en compañía de su pequeño hijo, el Príncipe Heredero. Cuando la Sanggung anunció de manera apresurada la presencia del consejero Min, la soberana no pudo ocultar un destello de desconcierto en su mirada ante semejante falta de etiqueta.
Min ingresó al recinto y ofreció un saludo inclinado pero tenso. El niño, asustado por la pesada energía del hombre, se pegó al costado de su madre buscando protección.
—Su Majestad… lamento la intromisión sin haber solicitado una audiencia previa, pero necesitamos hablar de asuntos urgentes que pertenecen al destino del reino —declaró Min con la voz alterada y la respiración aún agitada.
La Reina lo observó en silencio durante un breve segundo, midiendo la desesperación en el rostro de su tío.
—Para que oséis presentaros de esta manera en los aposentos reales —respondió ella con frialdad impecable—, asumo que las noticias no son buenas.
—Me temo que no lo son, Su Majestad —contestó Min apretando los puños dentro de sus mangas.
Manteniendo el control absoluto de la situación, la Reina se giró hacia una de sus damas de compañía y le ordenó llevarse al pequeño príncipe hacia su palacio asignado. Acto seguido, indicó a su Sanggung principal que desocupara por completo el recinto y guardara la puerta exterior, prohibiendo el paso a cualquier persona bajo pena de castigo severo.
Antes de que el pequeño fuera retirado, la Reina posó una mano cálida sobre el hombro del niño y le dedicó una mirada llena de una determinación silenciosa:
—Nos veremos pronto, mi niño. No te saltes tus comidas y sé un príncipe obediente con tus tutores.
El pequeño heredero, haciendo una reverencia en silencio y bajando la cabeza, abandonó los aposentos escoltado por las damas. Tan pronto como la pesada puerta de madera se cerró tras ellos, el silencio reinó en la habitación, dejando a solas a los dos conspiradores.
—¿Qué motivo causa semejante agitación para romper el protocolo, tío? —inquirió la Reina con serenidad, rompiendo la tensión del recinto.
—Debemos ejecutar la siguiente fase sin más dilación —declaró Min, dando un paso al frente con tono firme—. El Janggun ha desplegado a toda la Guardia Real en patrullaje continuo y búsqueda encubierta para rastrear el paradero del soberano. Esta misma noche he convocado una junta militar secreta para coordinar la filtración de las tropas mercenarias por las puertas perimetrales de la capital y, simultáneamente, oficializar el decreto de fallecimiento del monarca.
La Reina escuchaba en absoluto silencio, tomando sorbos pausados de su té mientras procesaba cada movimiento táctico expuesto por el consejero. Al apurar la última gota, dejó la taza con una delicadeza helada sobre la mesa de madera.
—Por más que los vientos se agiten y las hojas de los árboles caigan —dijo con voz pausada y penetrante—, aún no le ha llegado el momento al tronco de quebrarse. Si la estructura principal permanece firme… ¿por qué una simple turbulencia debería sumir al estratega en el pánico?
Min frunció el ceño, conteniendo su impaciencia ante la calma de su sobrina.
—Su Majestad… ¿qué proponéis entonces que hagamos?
—Cancelad la incursión armada nocturna. Mañana al alba, convocad una asamblea extraordinaria en el Sajeongjeon exigiendo la asistencia obligatoria de todas las facciones, incluidos el Daesagan y su padre —ordenó la Reina, sosteniéndole la mirada con frialdad impecable—. Durante la sesión, enviaré desde el palacio interior un edicto formal con el sello real. En él se estipulará que, dada la convalecencia de Su Majestad, el Príncipe Heredero asumirá la regencia inmediata del trono bajo la tutela de la corona.
Min inclinó lentamente la cabeza. Cuando volvió a levantarla, la ansiedad había desaparecido de su rostro. En sus ojos solo quedaba una certeza: el reino ya había comenzado a cambiar de dueño.
Min guardó silencio por un instante. La jugada no requería un derramamiento de sangre prematuro en las calles, sino una toma del poder legal e institucional que obligaría a las demás facciones a inclinarse ante un decreto revestido de la autoridad de la corona.
—¿Y si el consejero Yi se opone públicamente? —preguntó al fin—. Esa placa real le ha devuelto una influencia que muchos creíamos enterrada con su retiro. Hoy consiguió sembrar dudas entre los ministros sin presentar una sola acusación directa.
La Reina deslizó la mirada hacia el asiento que había ocupado su hijo momentos antes. Sobre la mesa permanecía intacto un pequeño cuenco de arroz, abandonado por el niño al ser retirado apresuradamente.
—Entonces permitiremos que hable.
Min levantó el rostro, desconcertado.
—¿Permitirlo?
—Los hombres prudentes resultan difíciles de condenar mientras guardan silencio —explicó ella—. Pero incluso el hombre más respetado puede convertirse en traidor cuando se le obliga a elegir públicamente entre obedecer a la corona o desafiarla. Mañana, el consejero Yi deberá inclinarse ante el decreto… o revelar delante de toda la corte que ya no reconoce la autoridad del sello real.
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Editado: 04.08.2026