Las fiebres de Haneul continuaban sin cesar. Los días transcurrían en un letargo sombrío y la joven seguía sin recobrar el conocimiento, atrapada entre la vida y la muerte.
Kang-dae no se despegaba de su lado ni por un instante. Atizaba el fuego bajo el suelo del ondol para mantener la estancia cálida y sujetaba las manos heladas de Haneul contra su propio pecho, intentando transmitirle desesperadamente su calor corporal. Ya no era solo el monarca quien luchaba por su vida en los pabellones traseros del templo; Haneul también se estaba quedando sin ese débil pulso que la ataba a este mundo.
Los delirios de la joven se volvieron cada vez más intensos y peligrosos. En medio de la fiebre, balbuceaba pasajes oscuros sobre su vida en el Cheomseongdae, nombres de la corte y secretos de las estrellas. Por eso, Kang-dae prohibió estrictamente la entrada a cualquier guardia o sirviente. Nadie más que él —y la fiel momjong— tenía permitido cruzar el umbral. Él mismo cambiaba los paños de agua tibia sobre su frente, encontrando en cada cuidado una forma de aliviar la devoradora culpa de haber sido despiadado con ella.
En medio de una noche particularmente fría, el murmullo de Haneul se volvió un leve suspiro.
—Kang… dae… —susurró con la voz rota.
Al escuchar su nombre en labios de la joven, el Bujang se inclinó de inmediato sobre ella. Se acercó tanto que la respiración pausada y tibia de Haneul rozaba su oído.
—¿Qué dices, Haneul? —preguntó él con el corazón desbocado por la preocupación.
Ella volvió a mover los labios apenas unos milímetros, pronunciando su nombre sílaba a sílaba, como si fuera el único ancla que le quedaba para no perderse en las sombras:
—Ka… ng… dae…
Él envolvió la mano de la joven con la suya y, rozando con sus dedos la mejilla ardiente de Haneul, respondió en un susurro cargado de devoción:
—Aquí estoy, Haneul. No me he ido.
Sin embargo, tan pronto como las palabras salieron de su boca, una punzada de amargura le atravesó el pecho. Contempló el rostro exhausto de la joven y, confundido por el tormento que llevaba dentro, se dijo en silencio:
«¿Por qué no nombras al Daesagan? Él es quien debería estar aquí velando por ti, no yo. Él sí pertenece a tu mundo. Tu corazón ahora le pertenece a él… Es un error que sea yo quien sostenga tu mano en este lecho.»
La sombra del Daesagan Jun-ho se erigía entre ellos como un muro insuperable de deber y rango noble. Kang-dae sabía que, a los ojos de la ley de Joseon y de la sociedad, él no era más que un soldado encargado de protegerla, mientras que el joven señor Yi representaba el futuro que ella merecía.
Pero el recuerdo punzante que llevaba días carcomiéndolo volvió a emerger con fuerza. La imagen de Haneul caminando junto al Daesagan por las calles del mercado, sonriendo con soltura, iluminada por el bullicio de la tarde, perturbó su mente una vez más.
Con un suspiro pesado, apretó la mano de la joven por última vez antes de obligarse a soltarla despacio. Se quedó arrodillado en la penumbra, con la mirada puesta en sus propias manos temblorosas y los ojos empañados por lágrimas que jamás se habría permitido derramar frente a sus hombres.
Con la voz quebrada y el peso de una verdad que había ocultado durante demasiado tiempo, Kang-dae habló en un susurro, convencido de que aquellas palabras jamás serían escuchadas.
—Nunca debí dejar que te acercaras tanto a mí.
Bajó la mirada hacia las manos entrelazadas.
—Habría sido más fácil… si aquella primera noche jamás nos hubiéramos encontrado.
Una sonrisa cansada, apenas perceptible, cruzó fugazmente su rostro.
—Pensé que solo eras una muchacha imprudente… una más de las muchas personas que uno conoce durante un viaje y luego olvida con el paso del tiempo.
Guardó silencio unos instantes.
—Pero nunca te olvidé.
Apretó con cuidado la mano de Haneul entre las suyas.
—Siempre aparecías otra vez… discutiendo conmigo, contradiciéndome, desafiando todo lo que decía. Nunca obedecías una sola orden… y, aun así, cada vez que te marchabas, me descubría esperando volver a verte.
Sus ojos permanecieron fijos en el rostro inmóvil de la joven.
—Durante mucho tiempo intenté convencerme de que aquello no era más que una ilusión. Me repetía que un soldado como yo jamás debía mirar a una mujer como tú. Tú pertenecías a un mundo al que yo nunca podría entrar.
Hizo una pausa.
—Después apareció el Daesagan.
Solo pronunciar aquel título pareció dolerle.
—Lo vi caminar a tu lado… y comprendí que él podía ofrecerte todo aquello que yo jamás tendría.
Nombre.
Posición.
Un futuro que yo jamás podría darte.
Desvió la mirada.
—Sentí celos.
La confesión escapó de sus labios con una sencillez casi brutal.
—Celos como jamás había sentido por nadie.
Cerró los ojos un instante.
—Por eso empecé a alejarte. No porque hubiera dejado de quererte…
Su voz terminó por quebrarse.
—…sino porque cuanto más cerca estabas de mí, más imposible me resultaba renunciar a ti.
Permaneció en silencio durante un largo rato antes de volver a hablar.
—Y ahora estás aquí…
Levantó lentamente la mano de Haneul hasta apoyar la frente sobre ella.
—Luchando por respirar…
Una lágrima cayó sobre los dedos inmóviles de la joven.
—Fui a batallas donde jamás tuve miedo de morir… pero sí tuve miedo de no volver a encontrarte.
Apretó los párpados, como si aquella admisión le hubiera arrancado la última defensa que aún conservaba.
—Si despiertas… no volveré a apartarte de mi lado por orgullo.
Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo apenas audible.
—Si este es el castigo por haberte amado en silencio… lo aceptaré.
Apenas las últimas palabras de su confesión se extinguieron en la penumbra, el sonido apresurado de unos pasos sobre las maderas del corredor quebró el silencio que envolvía el aposento.
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Editado: 19.08.2026