Mientras tanto, en el Sajeongjeon, las autoridades del palacio estaban reunidas de emergencia. Como era costumbre, los ministros y consejeros de cada grupo ocupaban sus puestos ordenados según su importancia, en medio de una gran tensión.
El silencio se rompió cuando el consejero Min cruzó las pesadas puertas. Caminó con paso firme hasta detenerse justo debajo del trono real. Sacando de entre las mangas de su túnica un rollo de seda sellado con la marca oficial de la Reina, alzó la voz para dar el anuncio:
—¡Recibid la voluntad de la Corona! Ante la prolongada convalecencia de Su Majestad y por mandato del palacio interior y bajo descanso estricto en sus aposentos, la Reina ha emitido un decreto. Por orden suya, se establece que el Príncipe Heredero tomará el mando del reino mientras el monarca se recupera.
Min abrió el pergamino, mostrando a todos el sello impreso en tinta roja. Entre las filas de ministros, las reacciones no se hicieron esperar: los aliados del clan Min sonreían en silencio, mientras que los ministros de la oposición empezaron a murmurar llenos de molestia.
Uno de los consejeros principales dio un paso al frente, mostrando su claro descontento:
—¡Esto no tiene sentido! —exclamó el ministro—. ¿Cómo es posible que el futuro del reino quede en manos de un niño que ni siquiera ha crecido? ¡Un pequeño no puede gobernar un país!
Las protestas aumentaron en todo el salón. Ante el desorden, Min echó los hombros hacia atrás con firmeza y, con una voz potente que apagó todos los gritos, declaró:
—¿Acaso dudan de las leyes de nuestro reino? La tradición dicta que, cuando el heredero es muy joven, la Reina gobernará a su lado desde el palacio. ¿Acaso dudan del buen corazón y de la sabiduría de la Reina para guiar al Príncipe en los asuntos del país? ¿O están diciendo que los maestros del palacio no han educado bien al niño para dirigir esta nación? ¡Quien se oponga a este decreto no solo rechaza la firma de la Reina, sino también el respeto a la familia real y las leyes de Joseon!
El salón volvió a quedar en absoluto silencio. Con este argumento, Min había dejado sin palabras a sus enemigos, pues cualquiera que llevara la contraria quedaría como un traidor ante el reino.
Justo cuando Min creía haber silenciado al recinto, el viejo consejero Yi dio un paso al frente. Con un gesto pausado pero firme, alzó ante todos la placa de mandato otorgada por el monarca.
—¡Un momento, consejero Min! —resonó la voz del viejo Yi en todo el salón—. El sello de la Reina posee un valor sagrado en este palacio, pero la placa que sostengo en mis manos emana de la voz directa de Su Majestad. Antes de entregar el trono a un heredero en edad de juego y declarar la regencia, exijo que el Consejo Real envíe a tres ministros y al médico jefe a los aposentos del Rey para confirmar de viva voz su voluntad.
Los ministros de la facción del sur y los eruditos leales al viejo Yi alzaron la voz de inmediato en respaldo a la propuesta.
—¡El consejero Yi tiene razón! —gritó uno de ellos—. ¡Ningún decreto puede estar por encima de la palabra viva de nuestro Soberano!
Min apretó los puños con rabia. Aunque tenía el pergamino de la Reina, no podía negarse a la verificación sin admitir implícitamente que el Rey no estaba en sus aposentos.
—Se hará la verificación formal antes de la investidura —escupió Min, forzado a ceder para no perder la compostura política—. Tienen tres días. Si para entonces no hay objeción del monarca, la regencia será proclamada sin más demoras.
Todos salieron del Sajeongjeon comentando con asombro lo sucedido. El consejero Yi y su hijo permanecieron al final, esperando a que el salón se vaciara para quedar a solas con Min.
—¿Qué pensará el Rey de todo lo que está haciendo, consejero Min? —preguntó el viejo Yi con voz pausada.
El anciano comenzó a caminar despacio en círculos alrededor de Min, observándolo con una calma calculadora.
—Resulta fascinante contemplar el cielo —continuó el viejo Yi—. El Sol gobierna el día con su propia fuerza, mientras que la Luna reina en la noche. A simple vista, parecen astros independientes que realizan la misma función de iluminar nuestro mundo… Pero solo unos pocos comprenden la verdadera naturaleza de los cielos: la Luna no posee luz propia; brilla únicamente porque refleja la luz candente del Sol que la sostiene en las sombras.
Min frunció el ceño, sintiendo la tensión en el ambiente.
—¿Qué insinúa, viejo consejero Yi? —escupió con frialdad.
El viejo Yi se detuvo justo frente a él y dibujo una sonrisa sutil.
—Me pregunto… ¿quién le debe el brillo a quién en esta conspiración? ¿Es su sobrina la Reina quien brilla gracias a la luz de su tío, o es usted quien intenta gobernar el reino reflejando el poder de la corona que ella lleva puesta?
Al escuchar la palabra «sobrina», la sangre de Min se heló por completo. Sus ojos se abrieron de par en par, paralizado por la sorpresa y el pavor de descubrir que el viejo consejero Yi conocía su secreto mejor guardado y la alianza de sangre que lo unía a la reina.
Pero el pánico en el rostro de Min duró apenas un instante antes de transformarse en una furia ciega y desesperada.
Con una seña sutil de su mano, las sombras de los pasillos del Sajeongjeon cobraron vida. Guardias reales leales a la facción de Min y mercenarios encubiertos cerraron de golpe las pesadas puertas de madera, bloqueando las salidas. Las espadas se desenvainaron con un eco metálico y frío que resonó en todo el salón. Las hojas de acero rodearon de inmediato los cuellos del viejo Yi y de su hijo.
—Los muertos no cuentan secretos, consejero —susurró Min, acercándose con una furia ciega y desesperada y la vena de la sien latiéndole violentamente—. Aunque lo sepa, nunca saldrá de este palacio para contarlo. Esta noche, usted y su hijo morirán por «alta traición».
Lejos de temblar, el viejo Yi ni siquiera parpadeó ante el filo de la espada pegado a su garganta. Miró a Min a los ojos con una frialdad implacable y dio un paso hacia él, obligando al guardia a mantener la espada firme.
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Editado: 19.08.2026